Misericordia

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Atrapados en mortal nebulosa, ella escuchó los gritos de angustia. Otra vez, aquel monstruo onírico aparecía sumergido en el océano de tinta azul. Una vez más, la implacable pesadilla aniquilaba el descanso de Khuyana obligándola a dejar la suave litera de algas y estrellas de mar.

Alzar el vuelo, escabullirse, nadar lo más lejos de allí era lo único que le devolvía la paz interior. Las tortugas verdes y las mantarrayas moteadas, sus amigas incondicionales, la reconfortarían con sus apacibles movimientos en la fragilidad del agua. Sí, era una milagrosa medicina.

Cuando sentía que el dolor se marchaba muy lejos, ella quedó presa del asombro al distinguir una ballena de tamaño inimaginable que descendía y descendía con los ojos cerrados, en las sombrías aguas del Atlántico Norte.

Su curiosidad le ganó la partida y al acercarse un poco más a la criatura marina, advirtió que había caído en un grave error. En realidad se trataba de la nave más grandiosa y atemorizante que jamás había visto en su vida. Aquel trasatlántico era nueve veces el tamaño del animal más grande de la Tierra y no muy lejos, merodeaba un feroz ogro de hielo.

Un pez con traje azul y plateado le murmuró a Khuyana que el monumental témpano hirió de muerte al barco, asestándole un profundo corte en la proa.  Los brillantes ojos de la joven sirena fueron mudos testigos de cómo cientos de humanos se aferraban con desesperación a la vida, mientras que otros cuerpos vencidos por la gélida temperatura navegaban inertes a la deriva.

Khuyana, tiritando de pánico, pensó que lo mejor era regresar con su abuela en Ñawpa Ilacta, la ciudad sagrada que descansaba en el lecho marino.  En eso, sintió que algo golpeó su cola de escamas verdes y plateadas. Muy temerosa, giró sobre sí y vio a una humana pequeña que flotaba como una marioneta rota trazando un camino de burbujas. Su rostro era tan blanco como el despiadado iceberg.

La hija del mar no dudó en seguirla y se desplazó con movimientos ondulatorios. Al alcanzarla, ella extendió los brazos, rodeando el pecho de la criatura terrestre que era tan liviana como una cajita de perlas blancas. Cuando cruzó el enorme arco de piedra de marfil que señalaba la entrada de la ciudad, los habitantes formados por sirenas y tritones, clavaron la vista en el extraño ser que ella acunaba con mucha ternura en sus brazos.

Nadó hasta la plaza central y sobre una banca de piedra pómez, colocó a la humana con mucha suavidad,  dejándola boca arriba. Sin perder tiempo, Khuyana se dirigió al templo y en sus largos pasadizos, buscó a los sabios doctores. Como toda nativa de Ñawpa Illacta, ella recurrió a su capacidad extrasensorial para imponer su presencia.

—¡Ayuda, necesito ayuda! —gritó.

—¡Guarda silencio! ¡Estás en lugar sagrado! —le reprendió con dureza un aprendiz de barba rala.

Uno de los galenos, que llevaba un manto de color verde jade cruzado al pecho, dejó su labor para ver lo que pasaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó al escuchar el griterío.

Con la mirada llena de compasión en su carita de luna, Khuyana le rogó que la siguiera. Rodeaban a la infante, muchos pobladores que habían abandonado sus actividades diarias para saber en qué acabaría el asunto. La presencia de humanos en la ciudad no era signo de buen augurio.

—Está muerta —sentenció él apenas la vio.

—¡Pero usted puede devolverle la vida!

—Eso es imposible… Yo me encargaré —afirmó y colocando una mano en su hombro, musitó— Regresa a tu hogar, Khuyana.

El corazón de la joven se oscureció de tristeza e impotencia. De retorno a casa, su abuela que también abrigaba compasión por los humanos aunque estos dañaban el mar, le repetía que ya no podía hacerse nada por la infante.

—Resignación, mi niña —dijo Nayarak, mientras acariciaba el largo cabello verdoso de la nieta, coronado por una tiara con estrellas de mar. El tiempo se encargaría de cicatrizar las heridas del alma y del cuerpo.

***

Una mañana, tras asistir a sus clases en la academia Killari, la sirena regresaba a casa cuando al pasar cerca del templo vio a una pequeña muy parecida a la que rescató.  Aquella escuchaba muy atenta los discursos de los doctores. Su melena era rizada y misteriosa como la profundidad del manto azul; y lo más importante, desplegaba olas de alegría.

Khuyana pensó equivocarse, sin embargo esperó a que los adultos se marcharan y la dejaran sola. Entonces, ella se le acercó.

—Nunca te había visto  —dijo Khuyana con una marcada timidez.

—Hace poco llegué a la ciudad. Vengo de una tierra muy lejana.

Sin cansancio, la joven sirena agitó la cola de felicidad, haciendo brotar una infinidad de burbujas. Algo le gritaba en su corazón que la humana que llevó a Ñawpa Ilacta era aquella niña.

—Mi nombre es Khuyana.

—Yo soy Illari.

Y ese fue el comienzo de una gran amistad que no era vista con buenos ojos por parte de Hakan, el médico novato. Y fue precisamente este envidioso tritón que urdió un malévolo plan para que Illari sintiese un profundo odio hacia Khuyana.

Poco tiempo después, a la pequeña le fue revelado que sus recuerdos habían sido convertidos en polvo y sus piernas unidas y transformadas en cola de pescado; ahora, ella era capaz de respirar bajo el agua con branquias artificiales… Ella era la pieza clave de un trascendental experimento científico.

La humana renegó de su existencia y acusó a la joven sirena de ser la principal responsable de su desgracia.

—¿Por qué no me dejaste morir junto con los míos? —preguntó  con la cara roja de ira.

—Quería salvarte de la muerte —respondió bajando la mirada.

—Hiciste más mal que bien. ¡Tu gente me ha convertido en un monstruo! —gritó llena de furia.

Khuyana no pudo soportar más los duros reproches y se marchó a casa, derramando lágrimas de perlas.

Durante la noche, Illari planeó su huida. Quería abandonar la ciudad acuática y regresar a la civilización terrestre, al lugar donde pertenecía.  Mostrando una falsa preocupación, Hakan buscó a Khuyana y le contó las intenciones de Ilari. Sin pensarlo dos veces, ella la siguió hasta casi llegar a la superficie.

Para mala suerte, la doncella marina quedó atrapada en las enormes redes de pesca. Mientras más movimientos dibujaba su delgado cuerpo para liberarse, más aprisionada quedaba. Entonces, le suplicó a Illari que le ayudara, pero esta ignoró los ruegos mentales.

Mostrando una actitud maligna, la mitad humana-mitad sirena volteó para arrojarle una mirada de desprecio y se alejó nadando con dirección a Ñawpa Ilacta.

Desesperada y tratando en vano de zafarse de las redes, Khuyana gritaba a través de las aguas, mientras era arrastrada más allá del universo azul: ¡Ilakipaay! ¡Ilakipaay! (¡Misericordia! ¡Misericordia!).

Este relato participa en el  #OrigiReto2019, tiene 1.123 palabras y cumple con el Objetivo#16: Escribe un relato que transcurra al completo bajo el agua. 

Los objetos ocultos son: #27 (El Titanic) y #34 (Una resurrección). 

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

http://plumakatty.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de noviembre:

pegatina2019nov

2 comentarios sobre “Misericordia

  1. Dime si me equivoco, pero tengo una increíble sensación de que has juntado el accidente del Titanic con la fantasía del mundo de las sirenas en el mar. Si es así, me parece una magnífica idea. Sea como sea, me gusta mucho ese conjunto. Además, la idea de que las propias sirenas, a priori tan puras y “naturistas” sean las que experimentan con humanos, es otra brillante idea.
    Me gusta además tu estilo de narración. Mi más sincera enhorabuena.
    ¡Un saludo!

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