Ninfa diabólica

Quedaba en éxtasis al contemplar las naves de piel que se hundían en remolinos de sangre. Era el divino
espectáculo que ofrecía la muerte en una mente extraviada. Horas más tarde, el conde de Wedford colmaría de vino los cráneos de sus acérrimos enemigos para embriagarse con vigorosas cortesanas.

Ser el autor intelectual de crímenes sumergidos en océanos de tinta carmesí no fue suficiente para llenar el enorme
vacío de una vida miserable. Pero no siempre ocurrió así.

En otros tiempos, las inexpugnables paredes del castillo eran invitadas silenciosas de jubilosas fiestas y opíparos banquetes, donde la carne de jabalí o cerdo macerada con especias y adornada con laurel y romero, era uno de los platos predilectos de los comensales, así como los pasteles de frutos secos. Donde los miembros de la corte no solo danzaban al compás de la música sino que disfrutaban de la presencia de talentosos bailarines
y enigmáticos trovadores. Inolvidables reuniones donde además se admiraba la belleza singular y el carisma inagotable de la condesa Isabella. Hasta el aciago día que ella desapareció de la bulliciosa
corte.

Algunos decían que se había marchado al reino más lejano atraída por una nueva ilusión. Otros, que ella había caído en el abismo de la demencia y por eso, su esposo ordenó que sea encerrada
en la torre más alta del palacio.

Muy pronto, el tema se convirtió en un peligroso tabú. El aristócrata había advertido que todo aquel que hablara sobre el particular, perteneciera a la nobleza o fuese un simple aldeano, le sería arrancada la lengua con tenazas ardientes, decapitado en la ciudadela y el resto de su cuerpo serviría para alimentar a sus mastines hambrientos: Caín y Abel.

Cuando los caminos eran cubiertos por las hojas secas de los árboles, una trágica noticia llegó a los oídos del conde. Su primo hermano, el barón de Durham había sido muerto en las gélidas aguas del lago tenebroso por una ninfa diabólica llamada Rusalka.
Una cólera desenfrenada se apoderó de su pecho. Clavando con fiereza una daga en la mesa del gran salón, el caballero juró venganza.

A todo galope, él abandonó el castillo de color gris ceniza. Se internó en el bosque de los árboles torcidos hasta detenerse en una rústica cabaña coronada de espesa bruma. Tocó la puerta y una suave voz lo invitó a pasar.

Cerró la entrada de un portazo y antes de pronunciar palabra alguna, sus pupilas de aguamarina disparaban saetas envenenadas.

—Escucha Morgana. Necesito de tus servicios. Serás bien recompensada —dijo, mientras apoyaba la pierna derecha sobre un vetusto banco—. ¡Quiero desaparecer a Rusalka! —gritó y de un puntapié derribó al mueble
que voló por los aires.

—Mi Señor, ella es el espíritu de una mujer que vaga en la tierra —contestó sin inmutarse la bruja de mechones plateados—. Pero todo es posible.
Atravesando la habitación con la lentitud de sus años, ella abrió un viejo baúl. El crujir de las bisagras estremeció el lugar. En sus manos apareció un puñal que mostraba en su mango, una daga enterrada en una escalofriante calavera.

—Durante seis noches de luna llena, acérquese a ella. No olvide que Rusalka es una dama. Bríndele su amistad o una pizca de afecto. —sugirió—. En la séptima noche, hunda esta daga mágica en su pecho.

Como es de esperarse, el conde de Wedford abrió los ojos de forma desmesurada. La suspicacia se debía a que la ninfa diabólica era un alma en pena.

—Mi Señor, ¿alguna vez le he fallado? —preguntó la anciana con una profunda tristeza dibujada en las pupilas y en el aire quedó dispersa la respuesta del noble. Este le arrojó una mirada asesina. Gruñó como un demonio herido y entregó a la hechicera más poderosa del condado, dos bolsas
con monedas doradas. Le prometió que el resto del pago lo tendría cuando
hubiese acabado con la criatura maligna.

La primera noche de luna llena, el aristócrata acudió al estanque fúnebre con un grupo de guardias. El silencio solo era roto por los aullidos de lobos grises y el chirriar de las lechuzas. Las ramas puntiagudas y desnudas de los árboles eran feroces brazos de seres fantasmales. La densa bruma era una inseparable compañía.

Detrás de los arbustos espinosos, él advirtió una extraña figura. El largo cabello de la ninfa diabólica semejaba el follaje húmedo que deja la intensa y reciente lluvia, mientras que una descolorida túnica hecha jirones cubría su cuerpo cristalino.

El conde oía caer las pisadas de sus botas negras en la hierba. Al sentir su presencia, ella giró sobre sí. De sus labios agrietados escaparon mariposas de papel y de sus garras mortales nacieron tulipanes púrpuras.
Ella no lo hechizó con su canto de sirena ni lo arrastró para ahogarlo en las aguas azules. Ella no podía hacerle daño. Todavía no.

Osado como ninguno, el noble de capa más oscura que la noche acortó la distancia para contemplar sus ojos de nieve y la palidez de su rostro.
—Soy el conde de Wedford… Mi castillo está a un kilómetro de distancia —dijo con una voz casi apagada, sintiendo en su agitado corazón que la conocía de antes. Lo que resultaba imposible, absurdo, utópico.

Las visitas a la criatura del lago tenebroso se repitieron. Cada mes, cada treinta días, cada cielo matizado de brea con luna de metal. Era un romance bendecido por las sombras. El conde de Wedford y la ninfa maligna formaban una pareja sui géneris. Solo faltaba una cita de ultratumba, pero la impaciencia lo derrotó.

Aquella noche era huérfana de luna llena, pero las estrellas titilaban en el oscuro manto. Con la sangre hirviendo en sus venas, el noble montó su corcel y entre sus ropas, escondió el puñal mágico. Al llegar a su destino, tuvo un mal presentimiento, pero dejó ir a su caballo. El conde se había quedado solo. Sus ojos de jade pasearon por todo el verde paisaje con olor a mortuorio.

Detrás de él oyó el eco de pisadas casi
imperceptibles. Por instinto su mano buscó el cuchillo para asestar el golpe final.
Cuando volteó sus pupilas se debilitaron. Perdió el color de sus mejillas. Las piernas flaquearon. Dio un grito ahogado.

Veía a Isabella, su esposa en un tiempo no muy lejano, luciendo aquel vestido de seda azul y el collar de perlas con un
colgante dorado en forma de letra i. Recogía su larga y lisa cabellera en un tocado francés.

Ella era la inocente mujer que él había
estrangulado debido a la calumnia de un hombre despechado: el barón de Durham.

Sin embargo, no satisfecho con matarla, el conde ordenó que sea descuartizada y que sus restos fuesen colocados en el interior de un saco con las más pesadas piedras.
Al final, la bella condesa de ojos almendrados yacía en el fondo del lago. Y así fue como todo empezó. Así nació el apetito de sus ojos y de su mente morbosa por la carne y la sangre humana. ¡El señor del condado era un ser diabólico!

—¡Mi querido Henry! ¡Ven, acércate! —exclamó Isabella, extendiendo una mano con la palma hacia arriba y anticipando un breve diálogo.

—¿Por qué creíste en las palabras del barón? ¡Si era él quien deseaba convertirme en su amante!

—¡Isabella! ¡Mi dulce Isabella!

—Yo siempre te amé… y siempre te amaré hasta el final de los tiempos —respondió ella soltando una sonora carcajada—. Ahora partiremos a nuestro nuevo hogar —enfatizó con una voz que producía más escalofríos que la propia muerte.

En el lugar abrazado por la oscuridad, dos seres de tamaño colosal de pieles grises y rostros tejidos de cicatrices
irrumpieron. Con fuerza sobrenatural, lo sujetaron del cuello y de los brazos.
Lo amordazaron y encadenaron de pies y manos. El conde de Wedford era tan
indefenso como un cordero perdido en la montaña que se alejó del rebaño.

En las quietas aguas azules, el noble fue
sumergido por aquellos engendros. Luchó hasta exhalar el último aliento,
trazando en el combate enormes burbujas. Perdió la batalla. La esquelética dama con guadaña había ganado una vez más.

Entonces, la condesa de inframundo se despojó del traje de seda y adoptó su verdadera identidad. En su lugar apareció una anciana con ojos llenos de melancolía y negro vestido. Era Morgana.

—Ahora descansa en paz, hermana mía —susurró, mientras dejaba una flor de tristeza en el lago sombrío. Y luego, a paso lento, ella se alejó envuelta en la humedad del bosque y el agrio sabor de la venganza.

Un rey sabio llamado Basilio

Detrás de las cortinas blancas, Andrea revoloteaba como una mariposa buscando la salida. Por décima vez, ella se asomó a la ventana del dormitorio. Como todos los días grises, solo los autos rompían el silencio de la calle. Pero Andrea tomó una decisión y bajó a la primera planta.
Escuchaba las pisadas de sus zapatillas blancas en los escalones de madera. Cuando llegó a la puerta, algo la detuvo. Buscó en los bolsillos de su casaca roja con capucha. No encontró el celular, pero sí la billetera rosa.
—¡Caramba! —exclamó, apretando los dientes bajo la mascarilla que le cubría el rostro.
En la sala, su hermanastra Tania trabajaba en la computadora. Por fortuna, ella no advirtió la presencia de Andrea, quien caminó de puntillas hacia el fondo del pasillo. Se dirigió a la habitación que había ocupado su padre. Hacía un año de su partida y la adolescente aún no podía resignarse. Sentía el alma oprimida.
Horas antes, Andrea había estado en esas cuatro paredes leyendo una novela de fantasía. Abrió la puerta y entró. Buscó el aparato sobre el escritorio con restos de polvo, en los infinitos estantes de los libros y en el piso que brillaba como espejo. Desordenó los multicolores cojines del sillón. Lo encontró. Suspiró aliviada. Guardó el celular en el bolsillo de su pantalón, giró sobre sí y caminó hacia la salida.
De pronto, su rostro era de nieve. La puerta estaba cerrada con  llave. ¡Cómo pudo suceder! Golpeó una, dos, tres mil veces. Gritó el nombre de Tania hasta quedar sin voz.

Derrotada, la muchacha se derrumbó en el sillón. Una dulce melodía la sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla del celular. “Andrea, ¿a qué hora vienes a la Casita Covid-19? No pasará nada. Somos jóvenes”, decía el mensaje.
Pensó en su madrastra Jimena que laboraba lejos del hogar. Pensó en su padre Leonardo, un señor de carácter fuerte que inspiraba admiración y sobre todo respeto. Él nunca hubiese caído en un momento de debilidad.
Su triste mirada recorrió la habitación hasta posarse en los libros dispuestos como soldados listos para el combate. Se puso de pie y escogió uno al azar. Al hojearlo, contempló la belleza de sus ilustraciones en blanco y negro. Ellas mostraban bosques fantasmales, grotescos enanos y la imponente fachada de un castillo medieval.

Andrea se detuvo en la imagen de un rey sentado en su trono. Su mirada derramaba melancolía. La joven sintió algo muy extraño. No pudo apartar la vista de la figura del monarca. Poco a poco, sus párpados fueron cerrándose hasta caer en un profundo sueño. Aquel mágico libro se deslizó con suavidad por uno de los brazos del sillón. Silencio.


Abrió los ojos. Acostada de lado, Andrea respiraba el olor de la tierra recién mojada por la lluvia. Las últimas gotas no dejaban de caer.
Ella se levantó con dificultad. Vio que los árboles estaban desnudos y sus ramas eran largas y filosas garras.
Su cuerpo se estremeció más al escuchar el chirriar de las lechuzas. Sin embargo, ella se armó de valor y caminó midiendo cada paso, mirando a su alrededor. <<Tranquila, Andrea, estás soñando y pronto despertarás>>, pensó.
Por accidente, cayó en un enorme hoyo cubierto por hojas secas. No tardaron en aparecer cuatro enanos que usaban tapabocas y portaban arcos, mazas y sogas. Cubrían sus cuerpos rollizos con pieles de lobos grises y llevaban gorros de color negro. Eran cazadores de recompensas.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó la joven.

—Sí, Lavinia. Pronto saldrás de allí y luego, te llevaremos al castillo —respondió uno de ellos.

—Cobraremos lo que nos corresponde—añadió otro, mientras sus ojos brillaban de codicia.
Ella no comprendió lo que hablaban. Le arrojaron una cuerda y le dijeron que la atara fuertemente alrededor de su cintura. Cuando ella estuvo fuera de la trampa, todos se miraron sorprendidos al ver su extraña vestimenta.
—¡Suéltenme! ¡Ustedes se confunden!¡Yo no soy Lavinia! —protestó Andrea, mientras ataban sus manos. Dos enanos, uno trepado en los hombros del otro, le colocaron una mascarilla.
—¡Basta! Hablarás delante del rey Basilio —afirmó el de voz más chillona. Y entonces, emprendieron el camino hacia el castillo de color gris ceniza que descansaba sobre una montaña. En el cielo, las estrellas y la luna pugnaban por adueñarse de la noche más oscura.
                          ***
En el salón principal del castillo se realizó la audiencia. Solo algunos miembros de la corte estuvieron presentes.
Bajo las luces de antorchas humeantes, uno de los enanos hizo una reverencia y tomó la palabra.
—Su Majestad, capturamos a Lavinia en el bosque tenebroso.
Sentado en su trono, el soberano de escasa barba, lucía una corona de oro con piedras de rubíes. Su túnica era larga y dorada y encima de ésta, llevaba varias capas de seda.

Andrea soltó un suspiro. Mantenía la cabeza baja porque a veces ella encontraba la solución de algún problema fijando la vista en el suelo.<<Nada es real. Todo es un mal sueño y en cualquier momento, despertaré>>, pensó.
—Acércate, Lavinia —ordenó el monarca con mascarilla azul.
Andrea obedeció y alzó la mirada. Dio cortos pasos y quedó petrificada. Su corazón saltó de alegría.
—¡Papá! ¡Eres tú! —exclamó emocionada.
—¡Qué insolencia! ¡No olvides que soy el rey! —respondió y frunció el ceño.
—Pero si tú eres mi …
—¡Silencio!
Su voz estalló en cólera y sacudió el lugar como una débil hoja de papel.

—Al no cumplir la cuarentena estipulada por la ley y arriesgar cientos de vidas, quedarás encerrada en la torre más alta del castillo hasta cumplir la mayoría de edad.
—¡Pero padre, solo tengo 14 años! —subrayó la joven.
—No tendrás acceso a libros ni a instrumento alguno de escritura… Y mucho menos a ese invento diabólico llamado internet.
—¡Nooo! ¡Padre, no puedes hacerme esto! ¡Nooo! —imploró ella.
A su turno, los cuatro enanos y los miembros de la corte empezaron a repetir en coro:
—Distanciamiento social… Nueva normalidad…Distanciamiento social…Nueva normalidad… DISTANCIAMIENTO SOCIAL… NUEVA NORMALIDAD… DISTANCIAMIENTO SOCIAL… NUEVA NORMALIDAD…

Aquellas palabras le martillaron las sienes. Sus rostros desfigurados la atormentaban. Ella optó por encogerse como un ovillo de lana en medio del salón.
De repente, la adolescente escuchó una voz que le era familiar.
—¡Andrea! ¡Andrea, despierta!
La joven sintió que la sacudían del brazo. Cuando ella despertó, aún temblaba de pies a cabeza y permanecía hundida en el sillón. Tania la observaba con curiosidad.
—Perdóname. Fui una egoísta. No volveré a intentarlot. Te lo prometo —dijo entre sollozos.
—Olvídalo, niña. Solo tuviste una pesadilla —respondió Tania, mientras le acariciaba sus cortos mechones de cabello—. Escucha, sube a tu dormitorio. Te espera una sorpresa.
Andrea secó sus lágrimas con el pañuelo blanco de su hermanastra. Tania sonrió.
Luego, recuperada del mal momento, la adolescente se dirigió a su habitación. Sobre la mesita de noche, encontró un paquete envuelto en papel de regalo. ¡Qué despistada! ¡Había olvidado que era su cumpleaños!
Muy emocionada, lo abrió. En sus manos tenía un libro titulado “Un rey sabio llamado Basilio”.
Ella quedó desconcertada, pero algo en su interior le decía que no temiera y entonces, su alma sintió paz. Comprendió que las cosas ocurren por alguna razón y siempre uno debe estar dispuesto a hacer un sacrificio.
<<No lo soñé. Realmente sucedió.A pesar de todo, lo volví a ver>>, pensó.
También había una cajita dorada. La destapó y encontró la estatuilla de bronce de un monarca. La puso al lado del portarretratos de su padre.
—Te prometo que seré una buena hija. Te lo prometo.

Jolgorio en Emaus

Día soleado de invierno. Ante la cercanía de extraños, ‘Ringo’, ‘Dulfy’ y sus amigos de pelaje hirsuto agudizan los sentidos. Ruidosos ladridos. Fieros colmillos. Signos inequívocos de absoluta desconfianza que tardan en acallarse en la ciudad de Emaus, donde reina la pobreza extrema y el olvido de un gobierno tras otro.

Las pelucas rizadas, los multicolores trajes y rostros cubiertos de mascarillas con sonrisas dibujadas, contrastan en el asentamiento humano situado en la cima de un cerro que roza el cielo color panza de burro.

Sin querer, ‘Bolita’ con uno de sus largos zapatos ha pisado el inquieto rabo de ‘Dulfy’. Como es natural, el perro de pelo oscuro intenta clavar los dientes en la pantorrilla con calcetín rayado. Sin embargo, ‘Bolita’ hace las paces con él y saca del bolsillo de su pantalón una sabrosa galleta. Crunch, crunch.

Pero el lamento de ‘Dulfy’ ha llamado la atención de Luis, uno de los habitantes en viviendas con paredes de madera y techos de calamina. Desde la puerta, el joven albañil que ha dejado de trabajar por la pandemia, observa a los visitantes inusuales que suben fatigados la empinada escalera de cemento pintada de amarillo.
—Pensé que no venían —dijo Luis acercándose a ellos.
—Lo prometido es deuda, caballero —respondió ‘Tomatito’ en tono muy alegre y recuperando el aliento, agregó—¿Y quiénes son los cumpleañeros? ¿Dónde están que no los veo?

Luis sonrió. Hizo un gesto de espera con ambas manos. Giro sobre si y caminó hacia las otras casas teñidas del verde musgo. Tocó puerta por puerta e intercambió algunas palabras con los ocupantes. Sus rostros se iluminaron de alegría.
Mientras tanto, ‘Bolita’, ‘Tomatito’ y ‘Florcita’ dejaron las grandes bolsas que traían sobre una mesa de madera. Unas contenían víveres de primera necesidad y prendas de vestir; otros, muchos dulces y pequeñas tortas.

‘Florcita’ pidió que le prestaran un balde donde mezcló agua y lejía, usando las cantidades adecuadas. La solución serviría para desinfectar el lugar. Con mucho esmero, sus compañeros ayudaron en la tarea, mientras tarareaban:

Mi novia Julieta vende maletas

Me enamore de su dorado cabello

que termina en dos largas coletas.

Me convierto en un sapo bello

cada vez que le da una rabieta.

Luego, cogieron tizas de colores para dibujar círculos de aproximadamente metro y medio, donde estarían ubicados los pequeños que cumplían años. Con sprays rociaron alcohol en las manos de los asistentes y repartieron cubrebocas.

Los velos de tristeza en los rostros de los niños se dispersaron. Sus ojos irradiaron un brillo especial. Muy pronto, momentos de alegría tocarían sus corazones. La densa neblina y el frío que atraviesa la piel y los huesos tardarian en aparecer.

Los primeros acordes musicales escapaban de un amplificador algo deteriorado, pero que aun resultaba util.
Cogiendo un micrófono, ‘Tomatito’ carraspeo antes de pronunciar las primeras palabras del animado show.
—Niños y niñas de Emaus, ¿¿¿cómo están???

52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto # 10. Esta semana los disfraces son los protagonistas. Tus personajes deben ir disfrazados durante todo el relato.

Medium

—¡Bájate, Luz Marina! ¡Vas a caerte! ¡Niña traviesa! —gritaba mamita al verme en lo alto del pequeño arbusto, mientras comía guayabas que había arrancado con muchas energías. Sin embargo, poco tiempo después yo caería en cama, víctima de la fiebre terciana.

Pasé los primeros años de mi infancia junto a mis abuelos maternos, a quienes nunca llamé por esos nombres. A ella solía decirle ‘mamita’ y a él, ‘papá’. Como todos los hombres en el campo, papá Florencio era parcelero y además, guardián de la huerta.

Crecí entre las paredes de una casita de adobe y barro en la Hacienda La Quebrada que estaba a dos horas de Lima. Los primeros rayos de luz que se filtraban por la ventana y la orquesta sinfónica de gallos con plumas naranjas me hacían abandonar la cama desde muy temprano y luego, desayunaba un pocillo enorme con leche fresca de vaca y panes con gruesas rebanadas de queso. No hay palabras que puedan describir cuánta felicidad había en mi interior en aquella etapa de mi vida. Hasta que el dolor y la tristeza llegaron sin avisar.

Tras sufrir un accidente de auto, mi tío Hernando murió. Sus deseos de estudiar en la capital quedaron truncados. No recuerdo bien si pasaron dos, tres o cuatro semanas cuando ocurrió algo inexplicable.

Mi hermanito Jorge y yo regresabamos a casa, luego de llevar una canasta de frutas frescas a mi madrina María que vivía en un pueblo cercano.

Tocamos la puerta de madera varias veces, pero nadie abría.

—¡Mamita, mamita! —grité y cansada de no obtener respuesta, tomé de la mano a mi hermanito para ir al otro lado de la casa donde había un muro de poca altura.

Como Jorge pesaba menos, le ayudé a subir para que viera si había alguien en el patio y pudiese abrir la puerta principal. Apenas estuvo arriba, su rostro cambió de color.

—¡Bájame, bájame! —suplicó y cuando llegó al suelo, él estalló en lágrimas, cubriéndose los ojos con sus manitas temblorosas. Le pregunté qué había visto, pero él seguía llorando. La curiosidad palpitaba en mis sienes. Entonces, trepe la pared como pude.

En el patio, mi tio Hernando que vestía una mortaja, caminaba de un lado a otro con un cuaderno abierto entre sus manos como acostumbraba hacer antes de rendir un examen escolar. Luego, se sentó en una silla de madera. Parecía cansado.

Confieso que en ningún momento tuve miedo. Al contrario, mi corazón rebosaba de alegría al volver a verlo. Pensé que había regresado al hogar, con los suyos, que había salido victorioso en la obligada batalla contra la muerte, pero cometí un error. Bastó que parpadeara un instante, un solo segundo para que él desaparezca y mi alma se cubriera de luto. Mientras, mi hermanito sentado en el pasto no dejaba de llorar…

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #9: Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia.

Al final del túnel

Lima, 26 de abril de 2020

Bonjour, Marie!

De todo corazón, espero que al recibir esta carta, estés bien de salud al lado de tus padres: mi tía Juliette y mi tío Eric en París.

¡Ay, tengo mucho que contarte y no sé por dónde empezar! Bueno, te diré que recibo clases virtuales, ya que no puedo ir a la escuela por la pandemia. Como tampoco puedo salir a la calle para jugar con mis amigas del barrio o manejar la bici por el parque, juego en el patio de la casa con Toby que ha crecido como un elefante y destroza todo lo que encuentra con sus colmillos de morsa.

Sabes Marie, mamá me está dando clases de francés. Si supieras que es muy difícil dibujar los sombreritos sobre las letras, pero la pronunciación es música para mis oídos.

Sé que estamos en la era del ciberespacio y me has pedido varias veces que use el Facetime para conversar, pero me parece muy frío. No puedo darte un fuerte abrazo ni un beso a través de la pantalla. Por favor, sé paciente conmigo, Marie.

Perdí el celular y Javier no se mueve de la computadora todo el día. Prefiero escribirte. Me gusta ver cómo el lapicero se desliza sobre una hoja de papel y estoy juntando todas estas cartas en una caja vacía de jabones con agradable aroma. Prometo que te las enviaré cuando vuelva a funcionar el servicio postal.

Sabes Marie, tengo pesadillas. Sueño que camino sola en un túnel muy oscuro y siento mucho miedo. En eso, escucho gruñidos y cuando volteo, veo a un animal horrible. Es como un perro muy peludo. Sus ojos son rojos como dos tomates, tiene dientes afilados y garras de león. Yo corro y corro. Despierto muy asustada y es cuando suenan las sirenas de los patrulleros en la calle. Solo atino a esconderme bajo las mantas hasta quedarme dormida.

A veces, sin querer, escucho detrás de las puertas. Mamá y Javier discuten. Dicen que los ahorros están acabandose y que es muy probable que yo sea matriculada en un colegio público de Lima. ¡Ay, Marie! Eso significa que ya no volveré a ver a mis amigas ni a mis profesoras… Tampoco volveré a caminar en ese patio tan grande donde estaba la gruta de la Virgen de Fátima…

Cuando me asomo por la ventana, las calles están vacías, calladas y tan tristes como yo y cuando eso pasa, mamá hace que olvide mi pena, diciéndome que le ayude con las tareas de la casa.

Sabes Marie, mañana cumplo 11 años y no habrá fiesta gracias al Coronavirus, pero mamá dice que preparará una torta helada de durazno por mi cumpleaños. No sé cómo hará.

Pero, con o sin pastel, pediré tres deseos con la mirada puesta en el cielo. Uno, que los científicos descubran la vacuna contra el Covid-19. Dos, que todas las personas enfermas recuperen la salud y tres, que acabe la cuarentena para que mamá regrese al trabajo y yo a la escuela, aunque no sea la misma de antes.

Tengo la esperanza que siempre hay una luz bendita al final del túnel por más oscuro que este sea.

Adieu. Prends bien soin de toi, Marie. Calins et bisous.

Ta cousine,

Nicole

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto#38: Tu protagonista escribe cartas a una niña de otro continente. Escribe un relato epistolar con esta correspondencia.

Luna sangrienta

Madrugada de sábado, un pequeño ejército de insomnes arrastra sus almas en calles ataviadas con carteles de neón.
Detrás de un portal aparece la esquelética dama cubierta de misterio que agita en el aire su melena de ébano. Cutis de porcelana, oscura mirada y labios color carmesí.
A paso lento, ella camina en la plaza de Barranco que está rodeada de árboles frondosos y bancas vacías. La iglesia es testigo que observa en secreto.
Al borde de la vereda, un joven solitario está sentado. Dibuja exóticas figuras en el aire con el humo del cigarro.
Ella se le acerca y pregunta qué hora es y así empieza el típico diálogo. La muchacha sonríe, coquetea, insinúa. Domina sus malas artes como toda una experta.
Tomados de la mano como una pareja cariñosa, ellos bajarán los inmensos escalones y cruzarán el puente. Sin prisa ni ansiedad. Cada crujir de madera les devolverá sus pisadas.
Atraídos por sinuosas escaleras, tomarán el camino inundado de bares ruidosos. El alcohol avivará sus sentidos. La hora no sabe de retrasos. Con dulces frases, ella lo guiará a la orilla de la playa.
En ese lugar, la dama quedará desnuda. Su rostro cuarteado mostrará las huellas de los siglos. Ahora, ella es un ser maligno que flota. Su largo cabello es un manto de oscuridad. Imposible escapar. El joven está petrificado.
Afiladas garras cortarán el cuello de la víctima y así, ella saciará su sed incontrolable.
De fondo, se escuchará el rugir de las olas y el silbido del viento. Arriba, la luna sangrienta brillará en todo su esplendor.

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #7 : La fantasía es la protagonista. Esta semana escribe un relato de este género

Traición

#MismoInicioDiferenteFinal

Abrí los ojos en el momento que la alarma sonó: las 8 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía:

“Querida Paola, me gustaría que esta noche cenáramos juntos. Tengo algo muy importante que decirte. Te espero a las 8 p.m. en el restaurante Kala. Por favor, no faltes”.
Ella levantó una ceja. Caminando como una pesada androide, colocó las rosas amarillas en un florero de cristal. Lo dejó en una mesa cerca a la entrada principal. Sintió un extraña brisa y por instinto, cerró los ojos. Cruzó los brazos sobre su pecho y se vio ante el espejo de marco dorado. Ella era una sombra del ayer. Su mirada había perdido esa brillante luz de la que él se enamoró. Suspiró. Desvió la vista.

Entonces, volvió a leer la tarjeta de Dany Alexander, el hermano gemelo de su desaparecido esposo. “Tengo algo muy importante que decirte”, era una frase que despertó su curiosidad de mujer. ¿Qué podría ser? ¿Acaso debería abandonar la casa? ¿Renunciar a todo lo material?

Dio un corto paseo en la amplia sala decorada con pinturas costosas, jarrones de porcelana y cortinas de tul. Recordó que sus suegros nunca aprobaron la unión. La calificaron de ‘cazafortunas’. Cuando conoció a Dany, ella trabajaba como mesera en una cafetería. Empezaron a salir, a conocerse y se enamoraron. Al poco tiempo, sellaron su amor. Sabía que él estaba enfermo y que su vida se apagaría en corto tiempo. El dinero nunca le importó, pero Dany fue precavido. Hizo un testamento en el que ella figuraba como la única heredera de toda la inmensa fortuna.

Paola subió las escaleras. En el frio dormitorio, volvió a verse en el espejo. Lucía más delgada. Hace mucho que no salía a distraerse. Trabajaba en casa sentada frente a la computadora, entre cuatro paredes, en un exilio voluntario.
Minutos más tarde, tomaría una decisión. Esa noche cenaría con su cuñado y resolvería la incógnita.

***

Estacionó el auto rojo. No había mucho tráfico, algo inusual en aquella ciudad salvaje. Bajó del carro y contempló el local público. A medida que se acercaba a él podía escuchar las voces, las risas, los murmullos de la gente.
Ingresó al restaurante y un joven con terno gris se le acercó. Le dio las buenas noches y ella contestó con una débil respuesta.
—Busco a Dany Alexander Lamas.

El muchacho le pidió que la siguiera. Cuando llegaron a la mesa, su cuñado se levantó como un resorte. Le dio un suave beso en la mejilla y retiró la silla para que tome asiento. Ella agradeció en voz baja. Él la miraba extasiado. El vestido azul realzaba su belleza natural y una cadena plateada con dije en forma de letra D adornaba su delgado cuello. Sujetaba su melena castaña en un moño.

—¿Cómo has estado?
—Con el alma hecha pedazos, pero me he refugiado en el trabajo.
—Quizás suene repetitivo, pero la vida continúa, Paola.
—Sí, es la ley de la vida, todo pasa, todos moriremos. ¡Gran consuelo! —contestó con ironía y simulando una sonrisa.

Él la miró apenado y dio un largo sorbo a la copa de vino. Necesitaba valor, pero ella rompió el intermedio.
—¿Qué es eso tan importante que debes decirme? —preguntó a boca de jarro.
—Paola… te amo.
En la mesa, él intentó tocar la mano de su cuñada, pero ella la retiró de inmediato.
—¿Qué? —interrogó asombrada y abriendo los ojos más que de costumbre.
—Te amo desde la primera vez que te vi, pero estabas comprometida con mi hermano. Lo nuestro era imposible.
—No sabes lo que dices —balbuceo.
—Paola, sé que es muy pronto, pero dame una oportunidad. No me cierres las puertas de tu corazón.
—Tú y Dany son idénticos por fuera, pero tan diferentes por dentro… ¡Adiós! —dijo muy ofendida.
Ella abandonó la mesa. Sentía que las mejillas le ardían, la sangre quemaba en sus venas. Su cuñado la siguió.
—¡Paola! —gritó Dany a todo pulmón desde la entrada del restaurante.

Entonces, ella giró sobre sí para verle de lejos, por última vez. De pronto, un auto frenó. El rechinar de las llantas reventaron sus oídos. Paola estuvo a punto de ser embestida por ese vehículo. Temblando de pies a cabeza, ella corrió hacia el estacionamento. Abordó su auto y se alejó de allí a toda velocidad.

De regreso a casa, lo primero que hizo fue buscar una maleta en su habitación. Empacó lo necesario. Cuando giró sobre sí, volvió a verse en el espejo. Era otra mujer. ¿Por qué había de negarlo? Bajó las escaleras y antes de abandonar, musito: “Adiós, Dany. Eres parte de mi pasado, pero siempre vivirás en mi corazón”.

La puerta de aquella casa se cerró. Una nueva vida estaba a punto de comenzar.

Azul profundo

Loretta admiraba el azul profundo del mar y escuchaba las olas romper contra las rocas. Sabía lo afortunada que era de contar con oportunidades como ésta, pero algo faltaba en su vida y ella sabía perfectamente qué era.

Mientras escuchaba el sonido de las olas reventar contra las rocas, Loretta solo pudo pensar en una cosa: su agridulce romance con las letras volvía a estar en crisis.

Como toda escritora, debía terminar la historia de amor que había dejado inconclusa varias semanas atrás. Sabía de antemano que los lectores estaban ansiosos por devorar cada palabra, cada línea, cada párrafo hilado con la escurridiza inspiración y la más discreta ternura. Aquel relato impregnado de música sería capaz de atravesar sólidas armaduras.

Pero ahí estaba otra vez esa vocecilla en el oído que era semejante al insoportable zumbido de un mosquito que le repetía hasta el cansancio: “Tú no eres lo suficiente buena con el proceso creativo, eres huérfana de talento, eres una impostora; tarde o temprano la gente lo advertirá y tus quince minutos de fama se irán como la lluvia de arena dentro de un reloj”.

Por su mente pasaron las borrosas imágenes de una adolescente introvertida y algo subida de peso que no le ponía límites a su imaginación. Sentada en un rincón, tomaba el instrumento mágico entre los dedos para dar vida a personajes de cristal en hojas sueltas de papel. En ese entonces, no compartía sus historias con nadie. Ni siquiera con las más íntimas amigas. Vergüenza, timidez, pudor. ¿Quién sabe?

Luego, ella siguió la carrera de letras. Se ahogaba en mares de teoría, el mundo de la práctica la rescataba. Maestros contradictorios. Aulas sin alma, calles atestadas de violencia. Bienvenida a la boca del lobo. Ser mujer es difícil en el universo machista.

A pesar de los años, el sueño de tejer historias de ficción no se marchito (aunque la cruenta realidad supera muchas veces la menospreciada ficción). Loretta era bendecida con un trabajo estable, la salud de hierro y un amante eventual que tocaba su puerta.
Ahora, ella regresa al presente. Escucha con atención la sabiduría del mar en olas que llegan y se alejan, siempre constante, insistiendo aunque se gane varios moretones contra las rocas.

Sin embargo, conozcamos a la protagonista de la historia sin acabar: Vivian Mora es la dama que ha caído en las travesuras del amor y con más exactitud, en la mirada prodigiosa de un caballero. Pero no es de aquella que convierte en piedra a cuerpos desprevenidos o que provoca dolores de cabeza por ataques psíquicos. No, no es el caso.
Es la mirada que te hace renacer y que te hace sentir la vida de otro color. Esto solo lo sabe un alma enamorada.

Loretta recurre al valioso material que dejaron sus vivencias. Sí, esta tarde acabaría el escrito. Se lo prometió a Maru y por extensión a Alicia. No podía silenciar lo que su corazón quería gritar y ya no era posible esconder. ¿Por qué no aceptarlo? Loretta también estaba hechizada. El amor llega cuando menos lo imaginas y aunque suene trillado, siempre es así.

Tres deseos

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Recuerdo que la tarde gris de un sábado, visité la casa de la adorable tía Betty. Tras una animada conversación en los jardines entré a la silenciosa biblioteca; no solo buscaba un libro para nutrir la mente: quería olvidar. Horas antes, mi noviazgo de cuatro años había naufragado en profundas aguas y yo era renuente en ahogarme junto con el capitán de mi corazón.

Lo cierto es que, detrás de una fila de antiquísimos libros descubrí una singular botella. “Buen lugar para ocultarla”, pensé. Sabía que a espaldas de todos, la tía Betty empinaba el codo en lagunas de vino tinto.

Capturado en las manos, mis ojos acariciaron el exterior del recipiente oscuro y liviano. Era largo y su estrecho cuello terminaba en una base muy abultada.  Un tapón coronaba la boca. Al parecer, la superficie mostraba frases escritas en una extraña lengua.

Nadie me creería, pero la botella empezó a sacudirse por sí sola. Por accidente, la destapé soltándola en el acto como si quemara y cayó como una pesada bala de atletismo. Quise salir de aquella habitación, pero estas piernas flacuchas no respondían las órdenes de mi cerebro. Tampoco podía gritar. Sentí un enorme vacío en el pecho.

La botella expulsó gigantescas olas de vapor, pero estas cedieron ante la presencia de un hombre alto y fornido de piel canela. Grandes y oscuras pupilas destacaban en su rostro de abundante barba. Su indumentaria era de estilo árabe y un turbante de cálidos tonos cubría su cabeza. Nunca olvidaré el armonioso tintineo de las cadenas plateadas que lucía en el cuello y en las muñecas, así como las sortijas, algunas con rubíes, en cada dedo de sus manos.

Hincando una rodilla en la alfombra, él bajo la cabeza e hizo una reverencia con las manos.

—Señora, le agradezco por haberme liberado y como muestra de ello, le concederé tres deseos —dijo con una potente voz.

—¿Eres… eres un genio?  —pregunté muy sorprendida.

—Usted lo ha dicho, pero puede llamarme Djinn.

Pensé que protagonizaba un maravilloso sueño o era victima de algún efecto secundario de los mil y un medicamentos que aliviaban mi tediosa enfermedad.

—Bien, en ese caso… Primero, quiero ser asexual y segundo, deseo estar sola en el lugar más alejado de la civilización. El tercer pedido lo guardaré bajo la manga.

—Sus deseos serán cumplidos, señora bonita.

No sé cuánto tiempo pasó, pero la habitación entera quedó envuelta por una densa niebla. Sin embargo, lo último que recuerdo fue aquella mirada de ébano: inalterable y misteriosa y el agradable aroma de lavandas recién cortadas.

***

Sobre una inmensa sábana de arena, dormía como un angelito, pero las ruidosas voces de los animales exóticos me trajeron de vuelta a la realidad. La brisa marina era una delicia para todos mis sentidos.

Con lentitud, me incorporé y estire cada extremidad del cuerpo. Djinn había cumplido mi segundo deseo en aquel lugar paradisíaco de color verde esperanza que pronto empecé a explorar. En el camino, me topé con una solitaria choza de madera, cubierta con abundantes hojas de palmeras.  Muy ilusionada, ingresé a mi nuevo hogar.

Luego, me dediqué a recolectar algunas frutas para saciar el hambre. Entre escalones de piedras y brillantes cascadas, por primera vez la vi. Era una niña de ojos grandes y muy tristes. Podría tener entre ocho y 10 años. Vestía blusa y pantalón de tela ligera. Estaba descalza y en sus pequeñas manos, aprisionaba algo. Pensé que el lugar estaba deshabitado.

—No deberías autoexiliarte del mundo. La tía Betty te extraña mucho y Alexander no deja de pensarte —dijo ella quebrando el silencio.

Parpadeé. No esperaba escuchar semejantes noticias. ¿De dónde me conocía? Con los dedos, peiné mi cabello desordenado por la brisa marina.

—Niña, ¿quién eres? ¿Dónde están tus padres?

—Yo soy tu pasado y ellos están con Dios —respondió  con la fortaleza de la resignación.

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De pronto, el suelo empezó a sacudirse y junto con él, la exuberante vegetación. Alcé la vista y divise un volcán, cuyo cráter expulsaba columnas de humo blanco. Muy temerosa, la pequeña huyó con sus ágiles pies y se internó en el bosque tropical, pero antes dejó caer algo. Lo recogí. Era una foto vieja. En ella, aparecía un adulto al lado de una niña. Esta esbozaba una sonrisa, mientras montaba el caballito de un carrusel… Ese señor era mi padre… y esa niña… era yo.

—¡No puede ser! —exclame con gran asombro.

***

Los temblores no tenían cuándo acabar. Ya me estaba acostumbrando a los movimientos sísmicos de la isla volcánica y no le daba mucha importancia. Dicen que los genios son muy bromistas y llegué a la conclusión que Djinn era uno de ellos al haberme traído a este lugar.

Si el gigante de tierra y lava ardiente despertaba, invocaría al hombre de piel aceitunada. Quedaba pendiente un tercer deseo. Quizás viajaría a otra isla menos agitada. Sin embargo, la última sacudida tuvo mayor intensidad y ocurrió cuando los primeros rayos del sol bañaron la playa. Abandoné la choza y una vez afuera sentí que mi cabeza era bañada por la lluvia de cenizas y barro.

Entonces, ella salió de la espesa vegetación. Corrió hacia mí y se enredó en mi cintura.

—Por favor, llámalo. ¡No quiero morir en esta isla!  ¡El volcán va a erupcionar! —suplicó ella, muy nerviosa y a punto de quebrarse.

Yo solo atinaba a abrazarla para que se calmara, mientras observaba en silencio cómo el gigante rugía y despertaba tras un largo y pesado sueño.

—¡Djinn! ¡Djinn, ayúdanos! ¡Ven pronto! —gritó ella, apartándose  de mí. En un abrir y cerrar de ojos, él apareció, sacudiendo las joyas que llevaba consigo. Un insoportable olor a gas comenzaba a invadir mis fosas nasales y con ello, la tos se apoderó de mí.

—Djinn, ¡coff! ¡coff! te pido que la pongas a salvo. ¡coff! ¡coff! Es mi último deseo.

—Pero señora…  —respondió.

—No, no te dejaré aquí. ¡Vendrás conmigo! —gritó ella, jalándome con vigor de las manos.

De pronto, nos cubrieron las sombras de enormes bloques de piedra que cayeron desde lo más alto…

El relato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 1.011 palabras y cumple el objetivo número 15: Cuenta una historia que suceda en una isla deshabitada.

Tiene los siguientes objetos ocultos: Número 16 (una persona asexual) y número 23 (una foto vieja o Polaroid).

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

http://plumakatty.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de diciembre: 

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Misericordia

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Atrapados en mortal nebulosa, ella escuchó los gritos de angustia. Otra vez, aquel monstruo onírico aparecía sumergido en el océano de tinta azul. Una vez más, la implacable pesadilla aniquilaba el descanso de Khuyana obligándola a dejar la suave litera de algas y estrellas de mar.

Alzar el vuelo, escabullirse, nadar lo más lejos de allí era lo único que le devolvía la paz interior. Las tortugas verdes y las mantarrayas moteadas, sus amigas incondicionales, la reconfortarían con sus apacibles movimientos en la fragilidad del agua. Sí, era una milagrosa medicina.

Cuando sentía que el dolor se marchaba muy lejos, ella quedó presa del asombro al distinguir una ballena de tamaño inimaginable que descendía y descendía con los ojos cerrados, en las sombrías aguas del Atlántico Norte.

Su curiosidad le ganó la partida y al acercarse un poco más a la criatura marina, advirtió que había caído en un grave error. En realidad se trataba de la nave más grandiosa y atemorizante que jamás había visto en su vida. Aquel trasatlántico era nueve veces el tamaño del animal más grande de la Tierra y no muy lejos, merodeaba un feroz ogro de hielo.

Un pez con traje azul y plateado le murmuró a Khuyana que el monumental témpano hirió de muerte al barco, asestándole un profundo corte en la proa.  Los brillantes ojos de la joven sirena fueron mudos testigos de cómo cientos de humanos se aferraban con desesperación a la vida, mientras que otros cuerpos vencidos por la gélida temperatura navegaban inertes a la deriva.

Khuyana, tiritando de pánico, pensó que lo mejor era regresar con su abuela en Ñawpa Ilacta, la ciudad sagrada que descansaba en el lecho marino.  En eso, sintió que algo golpeó su cola de escamas verdes y plateadas. Muy temerosa, giró sobre sí y vio a una humana pequeña que flotaba como una marioneta rota trazando un camino de burbujas. Su rostro era tan blanco como el despiadado iceberg.

La hija del mar no dudó en seguirla y se desplazó con movimientos ondulatorios. Al alcanzarla, ella extendió los brazos, rodeando el pecho de la criatura terrestre que era tan liviana como una cajita de perlas blancas. Cuando cruzó el enorme arco de piedra de marfil que señalaba la entrada de la ciudad, los habitantes formados por sirenas y tritones, clavaron la vista en el extraño ser que ella acunaba con mucha ternura en sus brazos.

Nadó hasta la plaza central y sobre una banca de piedra pómez, colocó a la humana con mucha suavidad,  dejándola boca arriba. Sin perder tiempo, Khuyana se dirigió al templo y en sus largos pasadizos, buscó a los sabios doctores. Como toda nativa de Ñawpa Illacta, ella recurrió a su capacidad extrasensorial para imponer su presencia.

—¡Ayuda, necesito ayuda! —gritó.

—¡Guarda silencio! ¡Estás en lugar sagrado! —le reprendió con dureza un aprendiz de barba rala.

Uno de los galenos, que llevaba un manto de color verde jade cruzado al pecho, dejó su labor para ver lo que pasaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó al escuchar el griterío.

Con la mirada llena de compasión en su carita de luna, Khuyana le rogó que la siguiera. Rodeaban a la infante, muchos pobladores que habían abandonado sus actividades diarias para saber en qué acabaría el asunto. La presencia de humanos en la ciudad no era signo de buen augurio.

—Está muerta —sentenció él apenas la vio.

—¡Pero usted puede devolverle la vida!

—Eso es imposible… Yo me encargaré —afirmó y colocando una mano en su hombro, musitó— Regresa a tu hogar, Khuyana.

El corazón de la joven se oscureció de tristeza e impotencia. De retorno a casa, su abuela que también abrigaba compasión por los humanos aunque estos dañaban el mar, le repetía que ya no podía hacerse nada por la infante.

—Resignación, mi niña —dijo Nayarak, mientras acariciaba el largo cabello verdoso de la nieta, coronado por una tiara con estrellas de mar. El tiempo se encargaría de cicatrizar las heridas del alma y del cuerpo.

***

Una mañana, tras asistir a sus clases en la academia Killari, la sirena regresaba a casa cuando al pasar cerca del templo vio a una pequeña muy parecida a la que rescató.  Aquella escuchaba muy atenta los discursos de los doctores. Su melena era rizada y misteriosa como la profundidad del manto azul; y lo más importante, desplegaba olas de alegría.

Khuyana pensó equivocarse, sin embargo esperó a que los adultos se marcharan y la dejaran sola. Entonces, ella se le acercó.

—Nunca te había visto  —dijo Khuyana con una marcada timidez.

—Hace poco llegué a la ciudad. Vengo de una tierra muy lejana.

Sin cansancio, la joven sirena agitó la cola de felicidad, haciendo brotar una infinidad de burbujas. Algo le gritaba en su corazón que la humana que llevó a Ñawpa Ilacta era aquella niña.

—Mi nombre es Khuyana.

—Yo soy Illari.

Y ese fue el comienzo de una gran amistad que no era vista con buenos ojos por parte de Hakan, el médico novato. Y fue precisamente este envidioso tritón que urdió un malévolo plan para que Illari sintiese un profundo odio hacia Khuyana.

Poco tiempo después, a la pequeña le fue revelado que sus recuerdos habían sido convertidos en polvo y sus piernas unidas y transformadas en cola de pescado; ahora, ella era capaz de respirar bajo el agua con branquias artificiales… Ella era la pieza clave de un trascendental experimento científico.

La humana renegó de su existencia y acusó a la joven sirena de ser la principal responsable de su desgracia.

—¿Por qué no me dejaste morir junto con los míos? —preguntó  con la cara roja de ira.

—Quería salvarte de la muerte —respondió bajando la mirada.

—Hiciste más mal que bien. ¡Tu gente me ha convertido en un monstruo! —gritó llena de furia.

Khuyana no pudo soportar más los duros reproches y se marchó a casa, derramando lágrimas de perlas.

Durante la noche, Illari planeó su huida. Quería abandonar la ciudad acuática y regresar a la civilización terrestre, al lugar donde pertenecía.  Mostrando una falsa preocupación, Hakan buscó a Khuyana y le contó las intenciones de Ilari. Sin pensarlo dos veces, ella la siguió hasta casi llegar a la superficie.

Para mala suerte, la doncella marina quedó atrapada en las enormes redes de pesca. Mientras más movimientos dibujaba su delgado cuerpo para liberarse, más aprisionada quedaba. Entonces, le suplicó a Illari que le ayudara, pero esta ignoró los ruegos mentales.

Mostrando una actitud maligna, la mitad humana-mitad sirena volteó para arrojarle una mirada de desprecio y se alejó nadando con dirección a Ñawpa Ilacta.

Desesperada y tratando en vano de zafarse de las redes, Khuyana gritaba a través de las aguas, mientras era arrastrada más allá del universo azul: ¡Ilakipaay! ¡Ilakipaay! (¡Misericordia! ¡Misericordia!).

Este relato participa en el  #OrigiReto2019, tiene 1.123 palabras y cumple con el Objetivo#16: Escribe un relato que transcurra al completo bajo el agua. 

Los objetos ocultos son: #27 (El Titanic) y #34 (Una resurrección). 

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

http://plumakatty.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de noviembre:

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