Ninfa diabólica

Quedaba en éxtasis al contemplar las naves de piel que se hundían en remolinos de sangre. Era el divino
espectáculo que ofrecía la muerte en una mente extraviada. Horas más tarde, el conde de Wedford colmaría de vino los cráneos de sus acérrimos enemigos para embriagarse con vigorosas cortesanas.

Ser el autor intelectual de crímenes sumergidos en océanos de tinta carmesí no fue suficiente para llenar el enorme
vacío de una vida miserable. Pero no siempre ocurrió así.

En otros tiempos, las inexpugnables paredes del castillo eran invitadas silenciosas de jubilosas fiestas y opíparos banquetes, donde la carne de jabalí o cerdo macerada con especias y adornada con laurel y romero, era uno de los platos predilectos de los comensales, así como los pasteles de frutos secos. Donde los miembros de la corte no solo danzaban al compás de la música sino que disfrutaban de la presencia de talentosos bailarines
y enigmáticos trovadores. Inolvidables reuniones donde además se admiraba la belleza singular y el carisma inagotable de la condesa Isabella. Hasta el aciago día que ella desapareció de la bulliciosa
corte.

Algunos decían que se había marchado al reino más lejano atraída por una nueva ilusión. Otros, que ella había caído en el abismo de la demencia y por eso, su esposo ordenó que sea encerrada
en la torre más alta del palacio.

Muy pronto, el tema se convirtió en un peligroso tabú. El aristócrata había advertido que todo aquel que hablara sobre el particular, perteneciera a la nobleza o fuese un simple aldeano, le sería arrancada la lengua con tenazas ardientes, decapitado en la ciudadela y el resto de su cuerpo serviría para alimentar a sus mastines hambrientos: Caín y Abel.

Cuando los caminos eran cubiertos por las hojas secas de los árboles, una trágica noticia llegó a los oídos del conde. Su primo hermano, el barón de Durham había sido muerto en las gélidas aguas del lago tenebroso por una ninfa diabólica llamada Rusalka.
Una cólera desenfrenada se apoderó de su pecho. Clavando con fiereza una daga en la mesa del gran salón, el caballero juró venganza.

A todo galope, él abandonó el castillo de color gris ceniza. Se internó en el bosque de los árboles torcidos hasta detenerse en una rústica cabaña coronada de espesa bruma. Tocó la puerta y una suave voz lo invitó a pasar.

Cerró la entrada de un portazo y antes de pronunciar palabra alguna, sus pupilas de aguamarina disparaban saetas envenenadas.

—Escucha Morgana. Necesito de tus servicios. Serás bien recompensada —dijo, mientras apoyaba la pierna derecha sobre un vetusto banco—. ¡Quiero desaparecer a Rusalka! —gritó y de un puntapié derribó al mueble
que voló por los aires.

—Mi Señor, ella es el espíritu de una mujer que vaga en la tierra —contestó sin inmutarse la bruja de mechones plateados—. Pero todo es posible.
Atravesando la habitación con la lentitud de sus años, ella abrió un viejo baúl. El crujir de las bisagras estremeció el lugar. En sus manos apareció un puñal que mostraba en su mango, una daga enterrada en una escalofriante calavera.

—Durante seis noches de luna llena, acérquese a ella. No olvide que Rusalka es una dama. Bríndele su amistad o una pizca de afecto. —sugirió—. En la séptima noche, hunda esta daga mágica en su pecho.

Como es de esperarse, el conde de Wedford abrió los ojos de forma desmesurada. La suspicacia se debía a que la ninfa diabólica era un alma en pena.

—Mi Señor, ¿alguna vez le he fallado? —preguntó la anciana con una profunda tristeza dibujada en las pupilas y en el aire quedó dispersa la respuesta del noble. Este le arrojó una mirada asesina. Gruñó como un demonio herido y entregó a la hechicera más poderosa del condado, dos bolsas
con monedas doradas. Le prometió que el resto del pago lo tendría cuando
hubiese acabado con la criatura maligna.

La primera noche de luna llena, el aristócrata acudió al estanque fúnebre con un grupo de guardias. El silencio solo era roto por los aullidos de lobos grises y el chirriar de las lechuzas. Las ramas puntiagudas y desnudas de los árboles eran feroces brazos de seres fantasmales. La densa bruma era una inseparable compañía.

Detrás de los arbustos espinosos, él advirtió una extraña figura. El largo cabello de la ninfa diabólica semejaba el follaje húmedo que deja la intensa y reciente lluvia, mientras que una descolorida túnica hecha jirones cubría su cuerpo cristalino.

El conde oía caer las pisadas de sus botas negras en la hierba. Al sentir su presencia, ella giró sobre sí. De sus labios agrietados escaparon mariposas de papel y de sus garras mortales nacieron tulipanes púrpuras.
Ella no lo hechizó con su canto de sirena ni lo arrastró para ahogarlo en las aguas azules. Ella no podía hacerle daño. Todavía no.

Osado como ninguno, el noble de capa más oscura que la noche acortó la distancia para contemplar sus ojos de nieve y la palidez de su rostro.
—Soy el conde de Wedford… Mi castillo está a un kilómetro de distancia —dijo con una voz casi apagada, sintiendo en su agitado corazón que la conocía de antes. Lo que resultaba imposible, absurdo, utópico.

Las visitas a la criatura del lago tenebroso se repitieron. Cada mes, cada treinta días, cada cielo matizado de brea con luna de metal. Era un romance bendecido por las sombras. El conde de Wedford y la ninfa maligna formaban una pareja sui géneris. Solo faltaba una cita de ultratumba, pero la impaciencia lo derrotó.

Aquella noche era huérfana de luna llena, pero las estrellas titilaban en el oscuro manto. Con la sangre hirviendo en sus venas, el noble montó su corcel y entre sus ropas, escondió el puñal mágico. Al llegar a su destino, tuvo un mal presentimiento, pero dejó ir a su caballo. El conde se había quedado solo. Sus ojos de jade pasearon por todo el verde paisaje con olor a mortuorio.

Detrás de él oyó el eco de pisadas casi
imperceptibles. Por instinto su mano buscó el cuchillo para asestar el golpe final.
Cuando volteó sus pupilas se debilitaron. Perdió el color de sus mejillas. Las piernas flaquearon. Dio un grito ahogado.

Veía a Isabella, su esposa en un tiempo no muy lejano, luciendo aquel vestido de seda azul y el collar de perlas con un
colgante dorado en forma de letra i. Recogía su larga y lisa cabellera en un tocado francés.

Ella era la inocente mujer que él había
estrangulado debido a la calumnia de un hombre despechado: el barón de Durham.

Sin embargo, no satisfecho con matarla, el conde ordenó que sea descuartizada y que sus restos fuesen colocados en el interior de un saco con las más pesadas piedras.
Al final, la bella condesa de ojos almendrados yacía en el fondo del lago. Y así fue como todo empezó. Así nació el apetito de sus ojos y de su mente morbosa por la carne y la sangre humana. ¡El señor del condado era un ser diabólico!

—¡Mi querido Henry! ¡Ven, acércate! —exclamó Isabella, extendiendo una mano con la palma hacia arriba y anticipando un breve diálogo.

—¿Por qué creíste en las palabras del barón? ¡Si era él quien deseaba convertirme en su amante!

—¡Isabella! ¡Mi dulce Isabella!

—Yo siempre te amé… y siempre te amaré hasta el final de los tiempos —respondió ella soltando una sonora carcajada—. Ahora partiremos a nuestro nuevo hogar —enfatizó con una voz que producía más escalofríos que la propia muerte.

En el lugar abrazado por la oscuridad, dos seres de tamaño colosal de pieles grises y rostros tejidos de cicatrices
irrumpieron. Con fuerza sobrenatural, lo sujetaron del cuello y de los brazos.
Lo amordazaron y encadenaron de pies y manos. El conde de Wedford era tan
indefenso como un cordero perdido en la montaña que se alejó del rebaño.

En las quietas aguas azules, el noble fue
sumergido por aquellos engendros. Luchó hasta exhalar el último aliento,
trazando en el combate enormes burbujas. Perdió la batalla. La esquelética dama con guadaña había ganado una vez más.

Entonces, la condesa de inframundo se despojó del traje de seda y adoptó su verdadera identidad. En su lugar apareció una anciana con ojos llenos de melancolía y negro vestido. Era Morgana.

—Ahora descansa en paz, hermana mía —susurró, mientras dejaba una flor de tristeza en el lago sombrío. Y luego, a paso lento, ella se alejó envuelta en la humedad del bosque y el agrio sabor de la venganza.

Alienígena

La puerta había quedado entreabierta. Mientras Elena veía televisión acostada en su cama, Boris entró al dormitorio de paredes grises. De un salto, el felino de pelaje blanco con manchas color beige aterrizó en la cama para dejar otro regalo: un roedor que permanecía inmóvil. Espantada, la mujer se levantó como un resorte.

—¡Boris, te he dicho que no traigas más animales muertos! —gritó.

El minino mostró sus argumentos con una ráfaga de maullidos. Cuando acabó la ruidosa defensa, él bajó de la cama y abandonó la habitación con total indiferencia.

Elena cambió el edredón por otro limpio, mientras maldecía al díscolo gato que al parecer solo obedecía su instinto cazador.

Varias semanas transcurrieron y la entrega de regalos a domicilio había cesado. Elena respiraba aliviada.

Una tarde de otoño, ella trabajaba en la computadora cuando sintió algo esponjoso en su tobillo. Por unos segundos, apartó la vista de la pantalla y confirmó la presencia de Boris. Le sonrió. La mujer se levantó para encender la impresora y notó que había pisado algo. Bajó la vista. Tuvo que ponerse los lentes, pues creía ver un trozo de madera. Ella se equivocó. Ante sus ojos apareció un dedo índice bañado en sangre. Elena gritó horrorizada.

En la siguiente ocasión, el felino dejó a los pies de su dueña, un ojo humano con los nervios colgantes como hilos y luego, una oreja en descomposición. La mujer decidió que el gato no volvería a entrar en la casa, aunque este se dio las mañas para estar adentro. Pero Boris no era peligroso, pensó. Más bien ella se preguntaba de qué macabro lugar el felino recogía esos órganos y quiénes eran los monstruos y autores de semejantes barbaries.

Una noche de sábado, ella leía un libro en el sofá. Boris estaba acostado cerca de la puerta. Elena no le quitaba la vista de encima. Tras darse un baño gatuno en la alfombra, el felino atravesó la sala, tomó impulso con las piernas traseras y salió por la ventana que estaba abierta. Ella lo siguió. Caminó cerca de un kilómetro de distancia. Sudorosa y cansada, ella advirtió que el gato se detuvo en un paraje solitario para escabullirse detrás de unos matorrales.

Las estrellas habían escapado del cielo y el silencio solo era interrumpido por el canto de los grillos. De pronto, una luz muy intensa la obligó a cubrirse el rostro. El terror se apoderó de su espíritu, pero de manera inexplicable la emoción negativa desapareció. Ella sentía una paz infinita.

Aquel brillante objeto en forma de platillo la atrajo como el imán lo hace con las agujas. Elena flotaba y ascendía como una muñeca de porcelana a la silenciosa nave. Quizás algún día recuerde el tiempo perdido.

#sábadofelino

Contexto: Son los amos del misterio. Una noche de sábado decides seguir a tu mascota y te sorprende y aterra lo que hace y lo que encuentras.

Consigna: Narra desde el momento en que tu curiosidad se despierta hasta que acaba.

El microrrelato tiene 454 palabras y está escrito en tercera persona.

Muchas gracias a Gabriel Martín Cuvillas Perez por crear #sábadofelino

Pueblo chico



Una luminosa mañana de sábado abordé el primer autobús a San Pablo, un pueblo que estaba a tres horas de la ciudad donde vivía. No era un viaje de paseo. La empresa donde trabajaba me nombró administradora de la sucursal en esa localidad. Sí, fue una oferta que no pude rechazar. Además, me mudaría al campo donde el aire no estaba contaminado por la mano del hombre.

En esa localidad vivía Julia, una amiga de la infancia que ya estaba casada. Le llamé por teléfono para contarle la buena nueva y quedó en comunicarse.

Cargada de ilusiones llegué a mi destino. Bajé del vehículo con una liviana maleta y me dirigí al único hotel para alquilar una habitación. Al no haber ninguna disponible, el dueño me sugirió que podría encontrar hospedaje en una casa que estaba al final de la calle y así lo hice.

Allí estaba yo tocando la puerta, pues el timbre no funcionaba. Pasarían unos segundos cuando se asomó un rostro surcado de arrugas y ojos cristalinos como dos diamantes.

—Buenos días. Quisiera rentar un cuarto, por favor —dije.

La anciana me hizo pasar. Dijo llamarse Lucía. Ingresé a una vivienda antigua con techos y pisos de madera que crujían a cada paso. Subimos las escaleras y ella me mostró la habitación. Había un sillón floreado cerca a la ventana de cortinas amarillas y una cama. También tenía baño propio. Ella y yo acordamos el precio del alquiler. Advertí que era una mujer de pocas palabras y le rodeaba un aura misteriosa. Cuando Lucía salió, desempaqué la ropa y luego, tomé un baño.

Horas más tarde, timbró mi celular. Reconocí la voz de Julia que me invitaba a su vivienda. Me pidió que llegara al promediar las siete de la noche. Le dije que allí estaría y colgué.

Yo estaba maquillándome ante un pequeño espejo cuando las luces de la habitación se encendieron y apagaron. Quedé un poco aturdida con el fuerte olor a sahumerio que invadió el cuarto. Bajé para pedirle velas a la señora Lucía, pero no la encontré. Lo que más me llamó la atención fue la infinidad de cruces en la puerta principal. No recordaba haberlas visto al llegar. Sacudí la cabeza y subí otra vez. Pensé en tocar las otras habitaciones, pero me arrepentí. Uno nunca sabe.

Regresé al cuarto y al cruzar el umbral, sentí escalofríos. Me pareció extraño, pues era un verano muy caluroso. Cogí la manta de la cama para abrigarme y escuché el desgarrador llanto de una mujer. Parecía venir de la habitación contigua. Sentí una ligera punzada en el pecho. En eso, las luces parpadearon otra vez. Quise abrir la puerta, pero la manija no giraba hacia ningún lado. ¡Cómo podía ser posible! No pude soportarlo y empecé a respirar en forma agitada. Mis manos temblaban. Sentí que era observada, que alguien más estaba allí. Las luces no dejaban de parpadear.

Recordé que siendo niña, mis primos me asustaban cubiertos de sábanas blancas en el sótano de la casa. Desde entonces tuve fobia a los fantasmas. Nunca lo superé y ahora esto. No, no. ¡No puede estar pasando! Cerré los ojos y apreté los puños. Muy despacio a la velocidad de un caracol terrestre, giré sobre sí y la vi. Una mancha oscura luchaba por salir de la pared. Su olor era nauseabundo. Aumentaba de tamaño y adquirió la forma de una criatura sin cabeza. Desesperada, golpeé la puerta. Quise huir de la sentencia de muerte. Grité hasta quedarme sin voz y rompí en llanto suplicando ayuda. Las luces se apagaron.


#sábadodefobia
Consigna: Narra un sábado donde una fobia alteró las decisiones y vida de tu personaje.

El microrrelato tiene 594 palabras y está escrito en primera persona.

Un rey sabio llamado Basilio

Detrás de las cortinas blancas, Andrea revoloteaba como una mariposa buscando la salida. Por décima vez, ella se asomó a la ventana del dormitorio. Como todos los días grises, solo los autos rompían el silencio de la calle. Pero Andrea tomó una decisión y bajó a la primera planta.
Escuchaba las pisadas de sus zapatillas blancas en los escalones de madera. Cuando llegó a la puerta, algo la detuvo. Buscó en los bolsillos de su casaca roja con capucha. No encontró el celular, pero sí la billetera rosa.
—¡Caramba! —exclamó, apretando los dientes bajo la mascarilla que le cubría el rostro.
En la sala, su hermanastra Tania trabajaba en la computadora. Por fortuna, ella no advirtió la presencia de Andrea, quien caminó de puntillas hacia el fondo del pasillo. Se dirigió a la habitación que había ocupado su padre. Hacía un año de su partida y la adolescente aún no podía resignarse. Sentía el alma oprimida.
Horas antes, Andrea había estado en esas cuatro paredes leyendo una novela de fantasía. Abrió la puerta y entró. Buscó el aparato sobre el escritorio con restos de polvo, en los infinitos estantes de los libros y en el piso que brillaba como espejo. Desordenó los multicolores cojines del sillón. Lo encontró. Suspiró aliviada. Guardó el celular en el bolsillo de su pantalón, giró sobre sí y caminó hacia la salida.
De pronto, su rostro era de nieve. La puerta estaba cerrada con  llave. ¡Cómo pudo suceder! Golpeó una, dos, tres mil veces. Gritó el nombre de Tania hasta quedar sin voz.

Derrotada, la muchacha se derrumbó en el sillón. Una dulce melodía la sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla del celular. “Andrea, ¿a qué hora vienes a la Casita Covid-19? No pasará nada. Somos jóvenes”, decía el mensaje.
Pensó en su madrastra Jimena que laboraba lejos del hogar. Pensó en su padre Leonardo, un señor de carácter fuerte que inspiraba admiración y sobre todo respeto. Él nunca hubiese caído en un momento de debilidad.
Su triste mirada recorrió la habitación hasta posarse en los libros dispuestos como soldados listos para el combate. Se puso de pie y escogió uno al azar. Al hojearlo, contempló la belleza de sus ilustraciones en blanco y negro. Ellas mostraban bosques fantasmales, grotescos enanos y la imponente fachada de un castillo medieval.

Andrea se detuvo en la imagen de un rey sentado en su trono. Su mirada derramaba melancolía. La joven sintió algo muy extraño. No pudo apartar la vista de la figura del monarca. Poco a poco, sus párpados fueron cerrándose hasta caer en un profundo sueño. Aquel mágico libro se deslizó con suavidad por uno de los brazos del sillón. Silencio.


Abrió los ojos. Acostada de lado, Andrea respiraba el olor de la tierra recién mojada por la lluvia. Las últimas gotas no dejaban de caer.
Ella se levantó con dificultad. Vio que los árboles estaban desnudos y sus ramas eran largas y filosas garras.
Su cuerpo se estremeció más al escuchar el chirriar de las lechuzas. Sin embargo, ella se armó de valor y caminó midiendo cada paso, mirando a su alrededor. <<Tranquila, Andrea, estás soñando y pronto despertarás>>, pensó.
Por accidente, cayó en un enorme hoyo cubierto por hojas secas. No tardaron en aparecer cuatro enanos que usaban tapabocas y portaban arcos, mazas y sogas. Cubrían sus cuerpos rollizos con pieles de lobos grises y llevaban gorros de color negro. Eran cazadores de recompensas.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó la joven.

—Sí, Lavinia. Pronto saldrás de allí y luego, te llevaremos al castillo —respondió uno de ellos.

—Cobraremos lo que nos corresponde—añadió otro, mientras sus ojos brillaban de codicia.
Ella no comprendió lo que hablaban. Le arrojaron una cuerda y le dijeron que la atara fuertemente alrededor de su cintura. Cuando ella estuvo fuera de la trampa, todos se miraron sorprendidos al ver su extraña vestimenta.
—¡Suéltenme! ¡Ustedes se confunden!¡Yo no soy Lavinia! —protestó Andrea, mientras ataban sus manos. Dos enanos, uno trepado en los hombros del otro, le colocaron una mascarilla.
—¡Basta! Hablarás delante del rey Basilio —afirmó el de voz más chillona. Y entonces, emprendieron el camino hacia el castillo de color gris ceniza que descansaba sobre una montaña. En el cielo, las estrellas y la luna pugnaban por adueñarse de la noche más oscura.
                          ***
En el salón principal del castillo se realizó la audiencia. Solo algunos miembros de la corte estuvieron presentes.
Bajo las luces de antorchas humeantes, uno de los enanos hizo una reverencia y tomó la palabra.
—Su Majestad, capturamos a Lavinia en el bosque tenebroso.
Sentado en su trono, el soberano de escasa barba, lucía una corona de oro con piedras de rubíes. Su túnica era larga y dorada y encima de ésta, llevaba varias capas de seda.

Andrea soltó un suspiro. Mantenía la cabeza baja porque a veces ella encontraba la solución de algún problema fijando la vista en el suelo.<<Nada es real. Todo es un mal sueño y en cualquier momento, despertaré>>, pensó.
—Acércate, Lavinia —ordenó el monarca con mascarilla azul.
Andrea obedeció y alzó la mirada. Dio cortos pasos y quedó petrificada. Su corazón saltó de alegría.
—¡Papá! ¡Eres tú! —exclamó emocionada.
—¡Qué insolencia! ¡No olvides que soy el rey! —respondió y frunció el ceño.
—Pero si tú eres mi …
—¡Silencio!
Su voz estalló en cólera y sacudió el lugar como una débil hoja de papel.

—Al no cumplir la cuarentena estipulada por la ley y arriesgar cientos de vidas, quedarás encerrada en la torre más alta del castillo hasta cumplir la mayoría de edad.
—¡Pero padre, solo tengo 14 años! —subrayó la joven.
—No tendrás acceso a libros ni a instrumento alguno de escritura… Y mucho menos a ese invento diabólico llamado internet.
—¡Nooo! ¡Padre, no puedes hacerme esto! ¡Nooo! —imploró ella.
A su turno, los cuatro enanos y los miembros de la corte empezaron a repetir en coro:
—Distanciamiento social… Nueva normalidad…Distanciamiento social…Nueva normalidad… DISTANCIAMIENTO SOCIAL… NUEVA NORMALIDAD… DISTANCIAMIENTO SOCIAL… NUEVA NORMALIDAD…

Aquellas palabras le martillaron las sienes. Sus rostros desfigurados la atormentaban. Ella optó por encogerse como un ovillo de lana en medio del salón.
De repente, la adolescente escuchó una voz que le era familiar.
—¡Andrea! ¡Andrea, despierta!
La joven sintió que la sacudían del brazo. Cuando ella despertó, aún temblaba de pies a cabeza y permanecía hundida en el sillón. Tania la observaba con curiosidad.
—Perdóname. Fui una egoísta. No volveré a intentarlot. Te lo prometo —dijo entre sollozos.
—Olvídalo, niña. Solo tuviste una pesadilla —respondió Tania, mientras le acariciaba sus cortos mechones de cabello—. Escucha, sube a tu dormitorio. Te espera una sorpresa.
Andrea secó sus lágrimas con el pañuelo blanco de su hermanastra. Tania sonrió.
Luego, recuperada del mal momento, la adolescente se dirigió a su habitación. Sobre la mesita de noche, encontró un paquete envuelto en papel de regalo. ¡Qué despistada! ¡Había olvidado que era su cumpleaños!
Muy emocionada, lo abrió. En sus manos tenía un libro titulado “Un rey sabio llamado Basilio”.
Ella quedó desconcertada, pero algo en su interior le decía que no temiera y entonces, su alma sintió paz. Comprendió que las cosas ocurren por alguna razón y siempre uno debe estar dispuesto a hacer un sacrificio.
<<No lo soñé. Realmente sucedió.A pesar de todo, lo volví a ver>>, pensó.
También había una cajita dorada. La destapó y encontró la estatuilla de bronce de un monarca. La puso al lado del portarretratos de su padre.
—Te prometo que seré una buena hija. Te lo prometo.

Jolgorio en Emaus

Día soleado de invierno. Ante la cercanía de extraños, ‘Ringo’, ‘Dulfy’ y sus amigos de pelaje hirsuto agudizan los sentidos. Ruidosos ladridos. Fieros colmillos. Signos inequívocos de absoluta desconfianza que tardan en acallarse en la ciudad de Emaus, donde reina la pobreza extrema y el olvido de un gobierno tras otro.

Las pelucas rizadas, los multicolores trajes y rostros cubiertos de mascarillas con sonrisas dibujadas, contrastan en el asentamiento humano situado en la cima de un cerro que roza el cielo color panza de burro.

Sin querer, ‘Bolita’ con uno de sus largos zapatos ha pisado el inquieto rabo de ‘Dulfy’. Como es natural, el perro de pelo oscuro intenta clavar los dientes en la pantorrilla con calcetín rayado. Sin embargo, ‘Bolita’ hace las paces con él y saca del bolsillo de su pantalón una sabrosa galleta. Crunch, crunch.

Pero el lamento de ‘Dulfy’ ha llamado la atención de Luis, uno de los habitantes en viviendas con paredes de madera y techos de calamina. Desde la puerta, el joven albañil que ha dejado de trabajar por la pandemia, observa a los visitantes inusuales que suben fatigados la empinada escalera de cemento pintada de amarillo.
—Pensé que no venían —dijo Luis acercándose a ellos.
—Lo prometido es deuda, caballero —respondió ‘Tomatito’ en tono muy alegre y recuperando el aliento, agregó—¿Y quiénes son los cumpleañeros? ¿Dónde están que no los veo?

Luis sonrió. Hizo un gesto de espera con ambas manos. Giro sobre si y caminó hacia las otras casas teñidas del verde musgo. Tocó puerta por puerta e intercambió algunas palabras con los ocupantes. Sus rostros se iluminaron de alegría.
Mientras tanto, ‘Bolita’, ‘Tomatito’ y ‘Florcita’ dejaron las grandes bolsas que traían sobre una mesa de madera. Unas contenían víveres de primera necesidad y prendas de vestir; otros, muchos dulces y pequeñas tortas.

‘Florcita’ pidió que le prestaran un balde donde mezcló agua y lejía, usando las cantidades adecuadas. La solución serviría para desinfectar el lugar. Con mucho esmero, sus compañeros ayudaron en la tarea, mientras tarareaban:

Mi novia Julieta vende maletas

Me enamore de su dorado cabello

que termina en dos largas coletas.

Me convierto en un sapo bello

cada vez que le da una rabieta.

Luego, cogieron tizas de colores para dibujar círculos de aproximadamente metro y medio, donde estarían ubicados los pequeños que cumplían años. Con sprays rociaron alcohol en las manos de los asistentes y repartieron cubrebocas.

Los velos de tristeza en los rostros de los niños se dispersaron. Sus ojos irradiaron un brillo especial. Muy pronto, momentos de alegría tocarían sus corazones. La densa neblina y el frío que atraviesa la piel y los huesos tardarian en aparecer.

Los primeros acordes musicales escapaban de un amplificador algo deteriorado, pero que aun resultaba util.
Cogiendo un micrófono, ‘Tomatito’ carraspeo antes de pronunciar las primeras palabras del animado show.
—Niños y niñas de Emaus, ¿¿¿cómo están???

52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto # 10. Esta semana los disfraces son los protagonistas. Tus personajes deben ir disfrazados durante todo el relato.

Medium

—¡Bájate, Luz Marina! ¡Vas a caerte! ¡Niña traviesa! —gritaba mamita al verme en lo alto del pequeño arbusto, mientras comía guayabas que había arrancado con muchas energías. Sin embargo, poco tiempo después yo caería en cama, víctima de la fiebre terciana.

Pasé los primeros años de mi infancia junto a mis abuelos maternos, a quienes nunca llamé por esos nombres. A ella solía decirle ‘mamita’ y a él, ‘papá’. Como todos los hombres en el campo, papá Florencio era parcelero y además, guardián de la huerta.

Crecí entre las paredes de una casita de adobe y barro en la Hacienda La Quebrada que estaba a dos horas de Lima. Los primeros rayos de luz que se filtraban por la ventana y la orquesta sinfónica de gallos con plumas naranjas me hacían abandonar la cama desde muy temprano y luego, desayunaba un pocillo enorme con leche fresca de vaca y panes con gruesas rebanadas de queso. No hay palabras que puedan describir cuánta felicidad había en mi interior en aquella etapa de mi vida. Hasta que el dolor y la tristeza llegaron sin avisar.

Tras sufrir un accidente de auto, mi tío Hernando murió. Sus deseos de estudiar en la capital quedaron truncados. No recuerdo bien si pasaron dos, tres o cuatro semanas cuando ocurrió algo inexplicable.

Mi hermanito Jorge y yo regresabamos a casa, luego de llevar una canasta de frutas frescas a mi madrina María que vivía en un pueblo cercano.

Tocamos la puerta de madera varias veces, pero nadie abría.

—¡Mamita, mamita! —grité y cansada de no obtener respuesta, tomé de la mano a mi hermanito para ir al otro lado de la casa donde había un muro de poca altura.

Como Jorge pesaba menos, le ayudé a subir para que viera si había alguien en el patio y pudiese abrir la puerta principal. Apenas estuvo arriba, su rostro cambió de color.

—¡Bájame, bájame! —suplicó y cuando llegó al suelo, él estalló en lágrimas, cubriéndose los ojos con sus manitas temblorosas. Le pregunté qué había visto, pero él seguía llorando. La curiosidad palpitaba en mis sienes. Entonces, trepe la pared como pude.

En el patio, mi tio Hernando que vestía una mortaja, caminaba de un lado a otro con un cuaderno abierto entre sus manos como acostumbraba hacer antes de rendir un examen escolar. Luego, se sentó en una silla de madera. Parecía cansado.

Confieso que en ningún momento tuve miedo. Al contrario, mi corazón rebosaba de alegría al volver a verlo. Pensé que había regresado al hogar, con los suyos, que había salido victorioso en la obligada batalla contra la muerte, pero cometí un error. Bastó que parpadeara un instante, un solo segundo para que él desaparezca y mi alma se cubriera de luto. Mientras, mi hermanito sentado en el pasto no dejaba de llorar…

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #9: Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia.

Al final del túnel

Lima, 26 de abril de 2020

Bonjour, Marie!

De todo corazón, espero que al recibir esta carta, estés bien de salud al lado de tus padres: mi tía Juliette y mi tío Eric en París.

¡Ay, tengo mucho que contarte y no sé por dónde empezar! Bueno, te diré que recibo clases virtuales, ya que no puedo ir a la escuela por la pandemia. Como tampoco puedo salir a la calle para jugar con mis amigas del barrio o manejar la bici por el parque, juego en el patio de la casa con Toby que ha crecido como un elefante y destroza todo lo que encuentra con sus colmillos de morsa.

Sabes Marie, mamá me está dando clases de francés. Si supieras que es muy difícil dibujar los sombreritos sobre las letras, pero la pronunciación es música para mis oídos.

Sé que estamos en la era del ciberespacio y me has pedido varias veces que use el Facetime para conversar, pero me parece muy frío. No puedo darte un fuerte abrazo ni un beso a través de la pantalla. Por favor, sé paciente conmigo, Marie.

Perdí el celular y Javier no se mueve de la computadora todo el día. Prefiero escribirte. Me gusta ver cómo el lapicero se desliza sobre una hoja de papel y estoy juntando todas estas cartas en una caja vacía de jabones con agradable aroma. Prometo que te las enviaré cuando vuelva a funcionar el servicio postal.

Sabes Marie, tengo pesadillas. Sueño que camino sola en un túnel muy oscuro y siento mucho miedo. En eso, escucho gruñidos y cuando volteo, veo a un animal horrible. Es como un perro muy peludo. Sus ojos son rojos como dos tomates, tiene dientes afilados y garras de león. Yo corro y corro. Despierto muy asustada y es cuando suenan las sirenas de los patrulleros en la calle. Solo atino a esconderme bajo las mantas hasta quedarme dormida.

A veces, sin querer, escucho detrás de las puertas. Mamá y Javier discuten. Dicen que los ahorros están acabandose y que es muy probable que yo sea matriculada en un colegio público de Lima. ¡Ay, Marie! Eso significa que ya no volveré a ver a mis amigas ni a mis profesoras… Tampoco volveré a caminar en ese patio tan grande donde estaba la gruta de la Virgen de Fátima…

Cuando me asomo por la ventana, las calles están vacías, calladas y tan tristes como yo y cuando eso pasa, mamá hace que olvide mi pena, diciéndome que le ayude con las tareas de la casa.

Sabes Marie, mañana cumplo 11 años y no habrá fiesta gracias al Coronavirus, pero mamá dice que preparará una torta helada de durazno por mi cumpleaños. No sé cómo hará.

Pero, con o sin pastel, pediré tres deseos con la mirada puesta en el cielo. Uno, que los científicos descubran la vacuna contra el Covid-19. Dos, que todas las personas enfermas recuperen la salud y tres, que acabe la cuarentena para que mamá regrese al trabajo y yo a la escuela, aunque no sea la misma de antes.

Tengo la esperanza que siempre hay una luz bendita al final del túnel por más oscuro que este sea.

Adieu. Prends bien soin de toi, Marie. Calins et bisous.

Ta cousine,

Nicole

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto#38: Tu protagonista escribe cartas a una niña de otro continente. Escribe un relato epistolar con esta correspondencia.

Visita inesperada

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La montaña de piel granate acogió el tropical abrazo del astro rey. Cansada de la jungla de cemento, Iliana vivía sola en una humilde cabaña, alimentándose de los regalos de la madre tierra y de Blanca, su inseparable cabrita. Pero esa mañana, la cálida luz huyó despavorida ante el arribo de la oscuridad. La colina fue sacudida de pies a cabeza como una marioneta de trapo. Iliana cayó en el pasto húmedo. Con mucha dificultad, levantó la mirada y contempló aterrada, una legión infinita de seres grises tan altos como los rascacielos de Manhattan. Dolorosas punzadas le atravesaron el pecho. Derrotada, cerró sus ojos pardos. Los apacibles días de soledad habían expirado.

El microrrelato anterior tiene 113 palabras y forma parte del Evento de Abril organizado por @Musajue #OrigiReto 2020.

Condiciones de @Inestremul

1. Lugar de montaña 😌

2. Que haga un día soleado. 😌

3. Que haya diversión.

Mis condiciones:

1. Que ocurra durante una cuarentena.

2. Que se produzca una invasión alienígena. 😌

  • 3. Que la protagonista sea una mujer que viva sola. 😌

Luna sangrienta

Madrugada de sábado, un pequeño ejército de insomnes arrastra sus almas en calles ataviadas con carteles de neón.
Detrás de un portal aparece la esquelética dama cubierta de misterio que agita en el aire su melena de ébano. Cutis de porcelana, oscura mirada y labios color carmesí.
A paso lento, ella camina en la plaza de Barranco que está rodeada de árboles frondosos y bancas vacías. La iglesia es testigo que observa en secreto.
Al borde de la vereda, un joven solitario está sentado. Dibuja exóticas figuras en el aire con el humo del cigarro.
Ella se le acerca y pregunta qué hora es y así empieza el típico diálogo. La muchacha sonríe, coquetea, insinúa. Domina sus malas artes como toda una experta.
Tomados de la mano como una pareja cariñosa, ellos bajarán los inmensos escalones y cruzarán el puente. Sin prisa ni ansiedad. Cada crujir de madera les devolverá sus pisadas.
Atraídos por sinuosas escaleras, tomarán el camino inundado de bares ruidosos. El alcohol avivará sus sentidos. La hora no sabe de retrasos. Con dulces frases, ella lo guiará a la orilla de la playa.
En ese lugar, la dama quedará desnuda. Su rostro cuarteado mostrará las huellas de los siglos. Ahora, ella es un ser maligno que flota. Su largo cabello es un manto de oscuridad. Imposible escapar. El joven está petrificado.
Afiladas garras cortarán el cuello de la víctima y así, ella saciará su sed incontrolable.
De fondo, se escuchará el rugir de las olas y el silbido del viento. Arriba, la luna sangrienta brillará en todo su esplendor.

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #7 : La fantasía es la protagonista. Esta semana escribe un relato de este género

Traición

#MismoInicioDiferenteFinal

Abrí los ojos en el momento que la alarma sonó: las 8 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía:

“Querida Paola, me gustaría que esta noche cenáramos juntos. Tengo algo muy importante que decirte. Te espero a las 8 p.m. en el restaurante Kala. Por favor, no faltes”.
Ella levantó una ceja. Caminando como una pesada androide, colocó las rosas amarillas en un florero de cristal. Lo dejó en una mesa cerca a la entrada principal. Sintió un extraña brisa y por instinto, cerró los ojos. Cruzó los brazos sobre su pecho y se vio ante el espejo de marco dorado. Ella era una sombra del ayer. Su mirada había perdido esa brillante luz de la que él se enamoró. Suspiró. Desvió la vista.

Entonces, volvió a leer la tarjeta de Dany Alexander, el hermano gemelo de su desaparecido esposo. “Tengo algo muy importante que decirte”, era una frase que despertó su curiosidad de mujer. ¿Qué podría ser? ¿Acaso debería abandonar la casa? ¿Renunciar a todo lo material?

Dio un corto paseo en la amplia sala decorada con pinturas costosas, jarrones de porcelana y cortinas de tul. Recordó que sus suegros nunca aprobaron la unión. La calificaron de ‘cazafortunas’. Cuando conoció a Dany, ella trabajaba como mesera en una cafetería. Empezaron a salir, a conocerse y se enamoraron. Al poco tiempo, sellaron su amor. Sabía que él estaba enfermo y que su vida se apagaría en corto tiempo. El dinero nunca le importó, pero Dany fue precavido. Hizo un testamento en el que ella figuraba como la única heredera de toda la inmensa fortuna.

Paola subió las escaleras. En el frio dormitorio, volvió a verse en el espejo. Lucía más delgada. Hace mucho que no salía a distraerse. Trabajaba en casa sentada frente a la computadora, entre cuatro paredes, en un exilio voluntario.
Minutos más tarde, tomaría una decisión. Esa noche cenaría con su cuñado y resolvería la incógnita.

***

Estacionó el auto rojo. No había mucho tráfico, algo inusual en aquella ciudad salvaje. Bajó del carro y contempló el local público. A medida que se acercaba a él podía escuchar las voces, las risas, los murmullos de la gente.
Ingresó al restaurante y un joven con terno gris se le acercó. Le dio las buenas noches y ella contestó con una débil respuesta.
—Busco a Dany Alexander Lamas.

El muchacho le pidió que la siguiera. Cuando llegaron a la mesa, su cuñado se levantó como un resorte. Le dio un suave beso en la mejilla y retiró la silla para que tome asiento. Ella agradeció en voz baja. Él la miraba extasiado. El vestido azul realzaba su belleza natural y una cadena plateada con dije en forma de letra D adornaba su delgado cuello. Sujetaba su melena castaña en un moño.

—¿Cómo has estado?
—Con el alma hecha pedazos, pero me he refugiado en el trabajo.
—Quizás suene repetitivo, pero la vida continúa, Paola.
—Sí, es la ley de la vida, todo pasa, todos moriremos. ¡Gran consuelo! —contestó con ironía y simulando una sonrisa.

Él la miró apenado y dio un largo sorbo a la copa de vino. Necesitaba valor, pero ella rompió el intermedio.
—¿Qué es eso tan importante que debes decirme? —preguntó a boca de jarro.
—Paola… te amo.
En la mesa, él intentó tocar la mano de su cuñada, pero ella la retiró de inmediato.
—¿Qué? —interrogó asombrada y abriendo los ojos más que de costumbre.
—Te amo desde la primera vez que te vi, pero estabas comprometida con mi hermano. Lo nuestro era imposible.
—No sabes lo que dices —balbuceo.
—Paola, sé que es muy pronto, pero dame una oportunidad. No me cierres las puertas de tu corazón.
—Tú y Dany son idénticos por fuera, pero tan diferentes por dentro… ¡Adiós! —dijo muy ofendida.
Ella abandonó la mesa. Sentía que las mejillas le ardían, la sangre quemaba en sus venas. Su cuñado la siguió.
—¡Paola! —gritó Dany a todo pulmón desde la entrada del restaurante.

Entonces, ella giró sobre sí para verle de lejos, por última vez. De pronto, un auto frenó. El rechinar de las llantas reventaron sus oídos. Paola estuvo a punto de ser embestida por ese vehículo. Temblando de pies a cabeza, ella corrió hacia el estacionamento. Abordó su auto y se alejó de allí a toda velocidad.

De regreso a casa, lo primero que hizo fue buscar una maleta en su habitación. Empacó lo necesario. Cuando giró sobre sí, volvió a verse en el espejo. Era otra mujer. ¿Por qué había de negarlo? Bajó las escaleras y antes de abandonar, musito: “Adiós, Dany. Eres parte de mi pasado, pero siempre vivirás en mi corazón”.

La puerta de aquella casa se cerró. Una nueva vida estaba a punto de comenzar.