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Vikingo

Dime Erik, por qué quieres ver mi rostro?/ Para embriagarme de tu belleza eterea y llevarte conmigo a la Tierra Verde. / Melena de fuego, serás desterrado a la región del hielo quebradizo y la nieve perpetua. No temes la furia de Odin? / Doncella, más temo morir sin el calor de tu amor.

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Un sueño llamado Oryon

Golden estaba en silencio y el cielo perdía sus colores brillantes. En la muralla principal del castillo que se alzaba sobre el monte Jaru, aguardaba ansioso el rey Henry. Giró sobre sí y lo divisó. Batiendo sus enormes alas de murciélago, Sigfrido anunciaba su llegada con agudos gritos y escupiendo bolas de fuego. Aterrizó como la pluma más ligera.

— ¡Hola, amigo! ¿Cómo estuvo el viaje? ¿Todo bien? —  preguntaba con gran interés, mientras le acariciaba la piel escamosa y de tono dorado. Moviendo la infinita cola que terminaba en punta, el dragón le respondió con otro grito.

  — ¡Calma, calma que ya estás en casa! — dijo y abrió el morral que llevaba cruzado al pecho para extraer una carta. — Descansa, amigo, te lo has ganado. La criatura alzó vuelo y se marchó.

El soberano que era tan alto como un torreón y vigoroso gladiador, bajó las escaleras hasta llegar al salón principal. El inclemente frío obligó a cubrir las paredes con gruesas alfombras, mientras el fuego ardía en la chimenea. Permaneciendo de pie, el monarca sacó la misiva que había guardado en su chaqueta y la leyó con atención.

«Amado mío, dejar de pensar en ti, es imposible. No olvido la primera vez que te vi en el cruce de caminos, allá en el caluroso Janko.Tus ojos grises siempre aparecen en mis sueños y en mis pensamientos. Eres el dulce tormento de mi espíritu. A pesar que no podamos estar juntos, tuyo es por siempre mi corazón. Layla».

Una enérgica voz lo trajo de vuelta.

— ¿Otra carta de la hechicera darkiense? — preguntó con sutileza  Wyatt, el consejero real. Henry sonrió. A paso lento, caminó hasta ocupar su trono: un pedazo de madera forrado de terciopelo escarlata.

— El amor es un poder sobrenatural que hace posible toda empresa imposible.

Su interlocutor tuvo un mal presentimiento. Lo conocía bien. El soberano tramaba algo que cambiaría la rutinaria vida en el reino.

— Iré a Dark, Wyatt. Le pediré al rey Axel I, la mano de su hija, la princesa Layla.

La sorpresiva y desagradable noticia hizo que frunciera el ceño, pero no tardó en responder.

— ¿Ha perdido la razón, Su Majestad? — exclamó sin perder la calma. — Axel es el dictador más sanguinario que ha existido en Oryon.

Henry calló. Se rascó una oreja y respiró hondo. Bajó la mirada y golpeando uno de los brazos del trono, dijo:

— Está decidido. Me presentaré como un enviado de Golden.

— Perdóneme, mi Señor, podría enviar a un mensajero y no ser carne de cañón — sugirió con habilidad.

El rey goldiense levantó una ceja como gesto desaprobatorio. — Si Axel se niega, tomaremos el castillo — afirmó, mientras contemplaba el paisaje celestial a través de la ventana acristalada. — Y que el dios Zun nos ayude.

Cuando el cielo recuperó sus tonos cálidos, un regimiento de caballería luciendo yelmos y armaduras de plata al mando del rey Henry, partió hacia Dark. Cruzaron extensos bosques donde las montañas de siete colores rasgaban la atmósfera y un desierto infernal donde una sola criatura goldiense era exquisito manjar para los animales salvajes.

Finalmente, divisaron la fortificación que reposaba sobre una montaña rojiza.

— ¡Alto! ¡Deténganse o atacaremos! — gritaron al unísono los guardias darkienses ante la presencia de los intrusos. Uno de estos respondió:

— Soy un enviado del rey Henry de Golden. Traigo un mensaje para su majestad, el rey Axel I.

Cuando esto llego a los oídos del dictador, escupió el vino que bebía y maldijo. Piero, su mano derecha, sugirió:

— Mi Señor, ¿usamos las catapultas? ¿Flechas envenenadas? ¿Arrojamos cal viva?

Al escuchar que su amado estaba en peligro, la princesa Layla corrió a arrodillarse ante su padre.

— Le suplico. Suspenda el ataque.

Esa dulce voz y aquellos ojos oscuros llenos de angustia ablandaron su corazón de piedra, pero todas sus sospechas se convirtieron en certezas.

El gigante de piel aceitunada y barba larga decidió que recibiría a los inusuales visitantes, pero ordenó a los soldados que no bajaran la guardia.

En las afueras del castillo, el viento desató su furia. El vestido púrpura de Layla se agitaba como un débil pañuelo y su corazón enamorado latió con más rapidez.

— Su Majestad, el rey Henry pide que le conceda la mano de su hija en matrimonio — gritó el emisario del rostro cubierto. Muy extrañados, los súbditos de Axel se miraron unos a otros. El autócrata rompió el hielo.

— Aceptaré gustoso la solicitud, bajo una pequeña condición. Quiero el cetro mágico de Kylian.

El asombro y el horror aparecieron en las caras goldienses. Aquel báculo le daría el poder absoluto en Oryon. Quitándose el yelmo, el mensajero desnudó su identidad. Layla reconoció aquel rostro.

— Eso es imposible. Sobre mi cadáver — respondió con voz firme.

El tirano lo miró con desprecio y dispuso que lo tomaran prisionero junto con sus soldados. Los amantes furtivos se miraron una vez más.

— ¡Nooo, nooo! — gritó Layla, desesperada, intuyendo el nefasto destino, pero su padre la arrastró hacia el interior del castillo. Sin embargo, dos guardias goldienses escaparon con vida y llegaron a casa. Al amanecer, los generales encabezarían los ejércitos que marcharían a Dark para tomar el castillo.

Mientras tanto, Axel descansaba en sus aposentos. Le dolía el pecho. Los brebajes medicinales ya no surtían efecto. Sentía que una filosa espada le traspasaba el corazón y que la soledad era su fiel compañera. El cansancio lo derrotó.

En oscura y estrecha mazmorra, Henry pensaba en cómo escapar del impenetrable castillo con Layla. De pronto, la puerta de barrotes se abrió para dejar paso a una sombra que cobró vida. Era Axel.

— Vengo a darle una segunda oportunidad, rey Henry — dijo con voz ronca y pasando los dedos por las cicatrices de su rostro. — Si me entrega el cetro, vivirá para contarlo, sino…

— Esta es mi respuesta. Nunca lo tendrá.

Una sonrisa torcida apareció en la faz de Axel. — Bien, cuando la luz venza la oscuridad, su cabeza quedará separada de su cuerpo.

Las tinieblas cubrieron Dark que dormía, pero el sueño fue interrumpido de forma abrupta. De una criatura alada provenían gritos agudos. Dibujando círculos, la enorme figura sobrevoló el castillo.

— ¡Sigfrido, estás aquí! — exclamó Henry poniéndose de pie y aferrándose a los barrotes. Un pandemónium se desató afuera. Desesperados, los soldados darkienses le arrojaban lanzas, flechas y rocas al osado dragón que repelía el ataque con océanos de fuego y zarpazos mortales.

Henry escuchó un grito de dolor. La puerta de su celda volvió a abrirse. Abandonó la prisión. Solo alcanzó a ver una figura de capa oscura que desaparecía al comenzar los peldaños que llevaban a la superficie. En el suelo yacía el carcelero y una espada. Le quitó las llaves y liberó a sus soldados. Sintió una presencia detrás de sí y estaba listo para atacar. Era Layla. Ambos se unieron en un breve, pero largo beso.

— Los llevaré a las afueras del castillo. Conozco un túnel secreto — aseguró ella. Sin embargo, alguien apareció para impedir la fuga. La princesa corrió en dirección contraria con los soldados, pero Henry lo enfrentó. Era Axel.

— Has sido capaz de poner a mi propia hija en contra mía. ¡Te mataré! — gritó enfurecido.

Los soberanos se batieron a duelo. Dentro de aquellas paredes solo se escuchaba el ruido de los metales cuando chocan entre sí. Por cogerse el brazo izquierdo, el dictador dejó caer su pesada espada. El sonido sacudió el lugar. Henry advirtió que su rostro reflejaba dolor y sintió compasión. El gigante cayó de rodillas. El aire dejó de llenar sus pulmones. Él se desplomó. El rey Axel I de Dark habia muerto.

Año 30.419. Las infinitas y apocalípticas guerras han terminado en el planeta de color azul violeta. Los ancianos y líderes espirituales asisten al soberano que ha conseguido la paz tan buscada entre todos los reinos. ¿Cuál es su nombre? Axel II, primogénito del rey Henry de Golden y la princesa Layla de Dark. ¡Larga vida al rey en el inmenso Cosmos!

El relato que acabas de leer está enmarcado en el reto de escritura del #OrigiReto2019. Tiene 1.283 palabras y cumple lo siguiente:

-Objetivo número 7: escribe un relato que no suceda en la Tierra.

-Objetos ocultos: una espada (número 1) y una criatura mitológica (número 4)

Gracias a

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Chloe’s band

Dentro de un viejo baúl quedaron los recuerdos de una infancia feliz. Les impedía escapar un enorme candado. Era el mundo de juguete que decía así: muñecas de porcelana con bellos rostros que vencían el paso del tiempo. Coquetos atuendos. Un poco más allá, peludos y tiernos osos renuentes a despertar. En un rincón, el cerdito de esponja que reclamaba más espacio para soñar. Y casi al fondo, descansaba Chloe. Patilarga muñeca de trapo con trenzas de lana y vestido azul. Algo despeinada, pero siempre con ganas de cantar una nana.

El microrrelato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 566 caracteres y cumple lo siguiente:

Objetivo Número 6: Escribe un relato en el que no aparezcan seres vivos.

Objeto oculto número 31: un candado.

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Prisionera

Cuando ella bailaba, exorcizaba a los demonios internos. Un, dos, tres: seguía el compás que marcaba el bastón. Cuando ella danzaba, todo desaparecía; su poderosa mente creaba un mundo perfecto, una zona blanca, el séptimo cielo.

La música instrumental guiaba sus movimientos delicados, bien estudiados con los brazos, la cabeza y con todo el cuerpo en una emotiva armonía. Simplemente, ella tenia el don de bailar con el alma.

Antes de empezar, los ejercicios eran esenciales y reinaba la concentración. Entonces, Vania era testigo de cómo cada uno de sus miembros se estiraban en aquel sótano olvidado por el tiempo. Porque el hecho de danzar en solitario era todo un privilegio y por lo tanto, la prisionera no podía pensar en nada ni en nadie. Y con los pies descalzos o teniendo las zapatillas puestas, ella era la dueña y señora de un ilimitado universo de bellas coreografías. Quizás el escenario era un bosque encantado, un infernal campo de batalla o un desierto apocalíptico.

Cuando ingresaba una tenue luz por la estrecha ventana, ella decía en voz baja: -Ya es hora. Daba unos pasos hacia un pequeño armario para dejar en su interior un viejo abrigo de lana, pantalones, blusa y una gorra y coger aquel maillot color lila, falda negra, mallas y una camiseta. El tosco calzado era cambiado por frágiles zapatillas de punta. Terminaba el ritual recogiendo el largo cabello en un coqueto moño.

Había olvidado en qué momento fue encerrada en esa habitación de fantasmal casa por un grupo de secuestradores que no toleraban sus delirios de fantasía.

Una helada noche invernal, Vania dejó de girar sobre sí, de trazar caprichosas figuras y dar pequeños saltos al vacío. Se quedó quieta en el vetusto sillón donde esperaba el momento de bailar y disfrutar del único placer que le permitía su desdichada existencia, agitando los brazos hasta morir como el cisne blanco.

Cazador de conejos

Sentí que una corriente helada cubrió mi larga espina dorsal y solo atiné a buscar calor debajo de la manta a cuadros, dejando a la vista la húmeda nariz y la barba abundante que caía graciosamente. Algo extraño que flotaba en el ambiente, presagió un día gélido y sobretodo interminable.

En el campo, la vida es más dura y los humanos suelen levantarse con el canto del gallo y los primeros rayos de tibia luz. A mi lado, Alvin dormía como un tronco y al verle, nadie hubiese pensado que era un infatigable cazador. En la sala, mamá Susan nos había reservado un lugar debajo de las escaleras para dibujar sueños a colores y los míos fueron rotos por los ruidos de una sombra gigantesca que solo se detuvo para cruzar el umbral.

Con lentitud, abandoné el lecho y clavé los ojos en la puerta de vidrio y entonces, reconocí a papá Alex que, montando una vieja bicicleta se alejaba de casa hacia la fábrica de algodón. Bostecé y cuando giré sobre sí, mamá revoloteaba en la cocina como una mariposa queriendo encontrar la salida. Al verme dio unos pasos y acariciándome la cabeza de largo y enredado pelaje, dijo:

— ¡Hola, Heidi! Madrugaste hoy. Pronto saldremos a pasear.

Le respondí con suaves ladridos y sin querer desperté a mi hermano Alvin que no tardó en apoyarse en sus patas cortas para estirar su infinito cuerpo. Bostezó varias veces y sus fuertes ladridos estremecieron todos los rincones de la vivienda.

El paseo matinal iba a empezar y como siempre, mamá nos colocó los arneses y sujetos a estos, unas extensas correas para cuidar nuestras delicadas espaldas. Como señal de alegría, movimos las colas de un lado a otro como intentando despegar del suelo y salir volando por los aires.

— ¡Vamos, niños! — exclamó Susan y salimos a la calle donde el fuerte viento silbaba, jugando con las ramas de los árboles y las hojas caían resignadas. Alvin y yo olfateamos todo a nuestro paso, lo cual disgustaba mucho a mamá, pero el paseo fue breve porque el clima era horrendo.

De regreso a casa, los arneses y las correas quedaron abandonadas en un solitario rincón y en el jardín trasero, vaciamos pronto el contenido de cuatro tazones. Dos de ellos con infinitos huesillos de buen sabor y los otros recipientes con abundante agua fresca.

De repente, ella pronunció con su dulce voz:
— Niños, debo salir para entregar unos pedidos de repostería. Pórtense bien, los quiero mucho —. Si bien nos cubrió con cálidos besos y abrazos, ella también terminó cruzando la puerta principal.

Recordé a mi pollo sin cabeza y lo busqué dentro de mi casita de madera para mordisquearlo sin cansancio, mientras que Alvin cavaba hoyos en la tierra como si buscara valiosos tesoros de piratas. Cerré los ojos y el sueño me atrapó. Desperté con el cerrar de una puerta y gruñí por instinto. Advertí que mamá había vuelto y su rostro se iluminó de alegría al verme. Luego, abrio la puerta trasera haciéndome pasar a la cocina y para no causar molestias, me acosté en una esquina y observé todo en silencio.

Ella abrió la despensa y sacó una lata de conservas, pero al tenerla entre las manos dijo mortificada:

— ¡Caramba! Este producto está vencido. Bueno, saldré a comprar otro en la bodega.

Cuando ella volvió, empezó a mezclar infinidad de cosas en vasijas que sonaban como campanas y entonces, un agradable aroma invadió la casa, despertando mi apetito voraz.

Mamá se lavó las manos, secándose con una toalla y empezó a llamar a Alvin y la verdad es que yo no le veía desde la mañana en el jardín. Ella salió a la calle para seguir llamando a mi hermano, pero no obtuvo respuesta. En ocasiones, Alvin desaparecía durante horas y retornaba con algo atrapado en el hocico como un pañuelo hecho jirones, una pelota desinflada e incluso, un pequeño y asustado conejo.

Cuando el cielo se oscureció, llegó papá. Susan corrió a su encuentro y él presintió que algo malo sucedía.

— Alex, estoy muy preocupada. No encuentro a Alvin.

— Siempre se escapa y regresa. Ya aparecerá — contestó sin perder la calma.

— Por favor, Alex, salgamos a buscarlo — pidió ella, a punto de quebrarse.

Quise seguirlos, pero mamá no lo permitió. Los vi alejarse a través de la puerta de vidrio y apoyándome en mis patas delanteras, ladré hasta que mi voz se apagó. Más tarde, ellos retornaron al hogar, pero sin Alvin.

— ¿Qué le habrá pasado? ¿Se habrá ahogado? El día estuvo horrible — afirmó mamá con la angustia en las manos.

— No te preocupes, Susan. Mañana saldremos muy temprano y lo encontraremos. Todo saldrá bien — y decía estas palabras, mientras la abrazaba y besaba para reconfortarla. Ambos fueron a dormir, pero yo no pegué un ojo en toda aquella larga noche.

A la mañana siguiente, mamá me sacó a pasear antes de continuar la búsqueda de mi hermano. No habíamos andado mucho, cuando detuve la marcha al pasar por unos montículos de tierra. Algo familiar atrajo mi nariz de aceituna. Durante segundos olfateé y traté de cavar con mis patas cortas. Ladré y agité el rabo, y mamá sintió un vuelco en su corazón.

— ¿Qué te pasa, Heidi? ¿Qué has encontrado? ¿Alvin? — preguntó y le contesté con más ladridos y meneos de cola. (Mamá, es Alvin. Lo encontré, estoy segura. Vamos, pronto, sácalo de allí porque se le está acabando el oxígeno). Ella corrió más rápido que el viento y regresó con papá que trajo una pala. Con mucho cuidado, él excavó durante horas ante la atenta mirada de mamá que me cargaba entre sus brazos. De pronto, vi que apareció su cabeza de pelaje oscuro cubierto de mucha tierra. Tenía la mirada extraviada. Había quedado atrapado en una estrecha madriguera de conejo y una vez liberado, ladró con fuerza y sacudió todo el cuerpo.
— ¡Mi pequeño Alvin! — gritó mamá muy emocionada y feliz de verlo aún con vida. Lo cubrieron con una manta para llevarlo al veterinario y tras ser atendido, regresó al hogar.

Ha pasado una semana y Alvin retomó su vida normal: marcar su territorio, destrozar plantas y cavar hoyos en el jardín. Esperemos que haya aprendido la lección y deje de perseguir a esponjosos conejos. Modestia aparte, mamá está orgullosa de mí porque dice que fui la salvadora de Alvin y eso me deja el corazón rebosante de alegría. ¡Guau!

El relato anterior está enmarcado en el
# OrigiReto2019. Tiene 1.067 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

Objetivo número 19: Básate en una noticia o hecho real para escribir un relato. Fuente: http://www.planetacurioso.com Un perro es hallado atascado en la cueva de un conejo (29/03/19)

Objeto oculto número 35: una bicicleta

Objeto oculto número 9: una lata de conservas caducada.

Gracias a:

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El gato y el canario

Una tarde primaveral, los ocupantes de una vivienda salieron, pero olvidaron cerrar la ventana, lo que aprovechó un gato callejero que siempre acechaba.

Dando ágiles saltos entre los muebles y el piano, el felino alcanzó la jaula, donde había un canario. Tras abrirla, apresó al ave entre sus garras. Temblando, el canario rogó por su vida y el gato le dijo:

—Tu canto sonoro me conmueve y adoro tu plumaje suave como la seda. Si bien eres pequeño, tu belleza es singular. Hasta la vista, baby.

El minino devolvió al pájaro en su jaula y salió por donde vino. Recuperado del susto, el canario sentenció:

—Me gusta su estilo.

Moraleja: Alabemos las cualidades de los demás, cuando tengamos la oportunidad de hacerlo.

El microrrelato anterior está enmarcado en el
#OrigiReto2019. Tiene 716 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

Objetivo Número 10: crea una fábula (cuento con moraleja en el que los personajes deben ser animales).

Objeto Oculto Número 10: un instrumento musical (el piano)

Gracias a las organizadoras:

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