Destacado

Viaje forzoso

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de julio “No dirá que no” de @Stiby2.

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/07/relato-origireto2019-no-dira-que-no.html?m=1

Se recomienda leer previamente dicho relato .

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Retiré la sábana que ocultaba su rostro frío, transparente y liviano. Yo estaba en mangas de camisa y acomodé la corbata que lucía algo torcida. La ventana estaba cerrada, pero sentí un viento muy extraño. Sorprendida, noté que los pequeños objetos cobraron vida y los pesados muebles de la habitación empezaron a dibujar círculos. En segundos, yo también fui arrastrada por el tornado que brotó del maldito espejo. En medio de luces multicolores, flotaba hasta que aterricé en una alfombra de verde césped. Al levantarme, mis botas negras atraparon una hoja impresa. La fecha: agosto de 2019.

Ante mis ojos se levantaba una iglesia que pude reconocer y caminé hacia ella. En el muro empedrado, advertí una placa rodeada de los colores del arco iris que decía: “Anne Lister 1791-1840 Lesbiana y diarista. Tomó el sacramento aquí para sellar su unión con Ann Walker. Pascua 1834”.

–¡Dios Santo! Si estoy soñando, no quiero despertar –dije, colocando las manos en mi cintura. Sonreí.

El microrrelato anterior está enmarcado en el  #OrigiReto2019. Tiene 981 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

-Objetivo  #11: Narra la aventura de alguien que viaja en el tiempo. 

-Objeto oculto  #17: Un tornado. 

Gracias a: @MUSAJUE http://plumakatty.blogspot.com

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Y aquí está la pegatina del mes de agosto: 

Pegatina

Atrapada en las redes

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de mayo de @Gema beyondallthestars.blogspot.com/2019/05/apaga-la-camara.html?m=1

Se recomienda leer previamente dicho relato.

***

En el último instante, me arrepentí. No quise escribir con sangre la palabra parricidio en las paredes de “mi dulce hogar”. Arrojé el arma al cilindro de la basura. Le servirá a alguien más.
Es de madrugada. Ellos duermen, mis hermanos también, pero el insomnio me ha robado el sueño. Busco el celular que me regaló el profesor Draper y lo fijo al selfie stick. Empiezo a grabar:

“Hola, soy Mandy. Tengo 14 años y vivo con mis padres y mis dos hermanos. Vendemos la imagen de la familia feliz, pero todo es falso. Me siento asquerosamente utilizada por ellos y ya no lo soporto más. Mis padres violan mi libertad personal desde que nací. Por favor, ayúdame a difundirlo…”.

Escuché unas pisadas cerca a la puerta. Apagué la luz. La sombra se alejó y subí el video a las redes. En una mochila, llevé algo de ropa y sin querer, unos lápices de colores quedaron regados en el suelo. Abandoné la casa paterna, sin mirar atrás, sin despedidas. Ahora, escribiría el libro de mi vida…¡Corten!

***

El microrrelato anterior cumple el objetivo # 8 del #OrigiReto2019: Crea un relato (post) apocalíptico/distopico y el objeto oculto es el #11 (lápices de colores).

Pueden consultar las bases en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

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Misericordia

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Atrapados en mortal nebulosa, ella escuchó los gritos de angustia. Otra vez, aquel monstruo onírico aparecía sumergido en el océano de tinta azul. Una vez más, la implacable pesadilla aniquilaba el descanso de Khuyana obligándola a dejar la suave litera de algas y estrellas de mar.

Alzar el vuelo, escabullirse, nadar lo más lejos de allí era lo único que le devolvía la paz interior. Las tortugas verdes y las mantarrayas moteadas, sus amigas incondicionales, la reconfortarían con sus apacibles movimientos en la fragilidad del agua. Sí, era una milagrosa medicina.

Cuando sentía que el dolor se marchaba muy lejos, ella quedó presa del asombro al distinguir una ballena de tamaño inimaginable que descendía y descendía con los ojos cerrados, en las sombrías aguas del Atlántico Norte.

Su curiosidad le ganó la partida y al acercarse un poco más a la criatura marina, advirtió que había caído en un grave error. En realidad se trataba de la nave más grandiosa y atemorizante que jamás había visto en su vida. Aquel trasatlántico era nueve veces el tamaño del animal más grande de la Tierra y no muy lejos, merodeaba un feroz ogro de hielo.

Un pez con traje azul y plateado le murmuró a Khuyana que el monumental témpano hirió de muerte al barco, asestándole un profundo corte en la proa.  Los brillantes ojos de la joven sirena fueron mudos testigos de cómo cientos de humanos se aferraban con desesperación a la vida, mientras que otros cuerpos vencidos por la gélida temperatura navegaban inertes a la deriva.

Khuyana, tiritando de pánico, pensó que lo mejor era regresar con su abuela en Ñawpa Ilacta, la ciudad sagrada que descansaba en el lecho marino.  En eso, sintió que algo golpeó su cola de escamas verdes y plateadas. Muy temerosa, giró sobre sí y vio a una humana pequeña que flotaba como una marioneta rota trazando un camino de burbujas. Su rostro era tan blanco como el despiadado iceberg.

La hija del mar no dudó en seguirla y se desplazó con movimientos ondulatorios. Al alcanzarla, ella extendió los brazos, rodeando el pecho de la criatura terrestre que era tan liviana como una cajita de perlas blancas. Cuando cruzó el enorme arco de piedra de marfil que señalaba la entrada de la ciudad, los habitantes formados por sirenas y tritones, clavaron la vista en el extraño ser que ella acunaba con mucha ternura en sus brazos.

Nadó hasta la plaza central y sobre una banca de piedra pómez, colocó a la humana con mucha suavidad,  dejándola boca arriba. Sin perder tiempo, Khuyana se dirigió al templo y en sus largos pasadizos, buscó a los sabios doctores. Como toda nativa de Ñawpa Illacta, ella recurrió a su capacidad extrasensorial para imponer su presencia.

—¡Ayuda, necesito ayuda! —gritó.

—¡Guarda silencio! ¡Estás en lugar sagrado! —le reprendió con dureza un aprendiz de barba rala.

Uno de los galenos, que llevaba un manto de color verde jade cruzado al pecho, dejó su labor para ver lo que pasaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó al escuchar el griterío.

Con la mirada llena de compasión en su carita de luna, Khuyana le rogó que la siguiera. Rodeaban a la infante, muchos pobladores que habían abandonado sus actividades diarias para saber en qué acabaría el asunto. La presencia de humanos en la ciudad no era signo de buen augurio.

—Está muerta —sentenció él apenas la vio.

—¡Pero usted puede devolverle la vida!

—Eso es imposible… Yo me encargaré —afirmó y colocando una mano en su hombro, musitó— Regresa a tu hogar, Khuyana.

El corazón de la joven se oscureció de tristeza e impotencia. De retorno a casa, su abuela que también abrigaba compasión por los humanos aunque estos dañaban el mar, le repetía que ya no podía hacerse nada por la infante.

—Resignación, mi niña —dijo Nayarak, mientras acariciaba el largo cabello verdoso de la nieta, coronado por una tiara con estrellas de mar. El tiempo se encargaría de cicatrizar las heridas del alma y del cuerpo.

***

Una mañana, tras asistir a sus clases en la academia Killari, la sirena regresaba a casa cuando al pasar cerca del templo vio a una pequeña muy parecida a la que rescató.  Aquella escuchaba muy atenta los discursos de los doctores. Su melena era rizada y misteriosa como la profundidad del manto azul; y lo más importante, desplegaba olas de alegría.

Khuyana pensó equivocarse, sin embargo esperó a que los adultos se marcharan y la dejaran sola. Entonces, ella se le acercó.

—Nunca te había visto  —dijo Khuyana con una marcada timidez.

—Hace poco llegué a la ciudad. Vengo de una tierra muy lejana.

Sin cansancio, la joven sirena agitó la cola de felicidad, haciendo brotar una infinidad de burbujas. Algo le gritaba en su corazón que la humana que llevó a Ñawpa Ilacta era aquella niña.

—Mi nombre es Khuyana.

—Yo soy Illari.

Y ese fue el comienzo de una gran amistad que no era vista con buenos ojos por parte de Hakan, el médico novato. Y fue precisamente este envidioso tritón que urdió un malévolo plan para que Illari sintiese un profundo odio hacia Khuyana.

Poco tiempo después, a la pequeña le fue revelado que sus recuerdos habían sido convertidos en polvo y sus piernas unidas y transformadas en cola de pescado; ahora, ella era capaz de respirar bajo el agua con branquias artificiales… Ella era la pieza clave de un trascendental experimento científico.

La humana renegó de su existencia y acusó a la joven sirena de ser la principal responsable de su desgracia.

—¿Por qué no me dejaste morir junto con los míos? —preguntó  con la cara roja de ira.

—Quería salvarte de la muerte —respondió bajando la mirada.

—Hiciste más mal que bien. ¡Tu gente me ha convertido en un monstruo! —gritó llena de furia.

Khuyana no pudo soportar más los duros reproches y se marchó a casa, derramando lágrimas de perlas.

Durante la noche, Illari planeó su huida. Quería abandonar la ciudad acuática y regresar a la civilización terrestre, al lugar donde pertenecía.  Mostrando una falsa preocupación, Hakan buscó a Khuyana y le contó las intenciones de Ilari. Sin pensarlo dos veces, ella la siguió hasta casi llegar a la superficie.

Para mala suerte, la doncella marina quedó atrapada en las enormes redes de pesca. Mientras más movimientos dibujaba su delgado cuerpo para liberarse, más aprisionada quedaba. Entonces, le suplicó a Illari que le ayudara, pero esta ignoró los ruegos mentales.

Mostrando una actitud maligna, la mitad humana-mitad sirena volteó para arrojarle una mirada de desprecio y se alejó nadando con dirección a Ñawpa Ilacta.

Desesperada y tratando en vano de zafarse de las redes, Khuyana gritaba a través de las aguas, mientras era arrastrada más allá del universo azul: ¡Ilakipaay! ¡Ilakipaay! (¡Misericordia! ¡Misericordia!).

Este relato participa en el  #OrigiReto2019, tiene 1.123 palabras y cumple con el Objetivo#16: Escribe un relato que transcurra al completo bajo el agua. 

Los objetos ocultos son: #27 (El Titanic) y #34 (Una resurrección). 

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

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Y aquí está la pegatina de noviembre:

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Pesadilla

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de julio “El Monstruo” de @danipsicologa80 https://laestacionliteraria.blogspot.com/2019/07/relato-mes-de-julio-origireto2019-el.html?m=1

Se recomienda leer previamente dicho relato.

La espesa bruma cedió ante la presencia de manchas gigantescas. Con inusitada fuerza, sacudían las ramas de los árboles como si fuesen de papel, espantando a las aves de todos los tamaños y sobre todo a las de grandes ojos y narices aguileñas.
Movida por su instinto de supervivencia, Amy se ocultó detrás de arbustos espinosos. Cuando ella alzó la vista, no podía creerlo. Decenas de gusanos colosales avanzaban en el bosque y a su paso, engullían las plantas con sus dientes afilados. Los pegajosos cuerpos eran del color de la tierra húmeda y sus deformes cabezas mostraban cuatro antenas. Amy respiró aliviada, cuando los moluscos gigantes pasaron de largo.

De pronto, ella escuchó gritos desgarradores a lo lejos y luego, un absoluto silencio. Poniéndose de pie, Amy retomó la huida con la capa hecha jirones. Esta vez nada ni nadie impediría que volviera a la residencia universitaria.

El microrrelato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 893 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

Objetivo #21: Cuenta una historia que suceda en un parque de atracciones.

Objeto oculto #18 : Una plaga de babosas.

Pueden consultar las bases del reto en los siguientes blogs:

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Desencarnados

Bajo un cielo que llora a mares, las sirenas son incapaces de perturbar a la ciudad que nunca duerme. Aquella ambulancia que atraviesa velozmente las arterias del corazón de la Gran Manzana, traslada a una joven mujer que grita de dolor.
—Tranquila, Lizzy. Todo saldrá bien —dice Molly, la amiga que está a su lado, mientras le acomoda los rubios mechones que caen por su frente.
La sangre no deja de manar de sus partes íntimas y ha manchado la blancura de la camilla. Armado de una admirable dosis de calma, el paramédico coge una jeringuilla. La ampolla aliviará la crueldad del sufrimiento.
Cuando el vehículo llega a su destino, Elizabeth es conducida al área de emergencia. Molly corre detrás para asegurarse que ella reciba la atención médica adecuada.
—Ha perdido mucha sangre y tiene fuertes cólicos… Lleva tres meses de embarazo —advierte con la voz temblorosa.
—Nos ocuparemos. Espere afuera. Señorita, pídale los datos de la paciente.

La sala de espera hervía de gente. Los dedos temblaban tanto que Molly no pudo encender un ordinario cigarrillo y maldijo. Se preguntaba por qué tardaban tanto en llamarla, habían pasado casi cinco horas. Demonios, ¿qué estaba pasando detrás de esa puerta de vidrio?

De pronto, salió un médico, de aquellos con mil huellas en el rostro y de cabellos grises, y dijo su nombre. Ella corrió con el corazón en la mano.
—Hemos logrado estabilizarla. Sin embargo, lamento decirle que perdió al bebé —afirmó, mientras leía el informe médico.
—Por favor, quiero verla.
—Solo cinco minutos. Está sedada.

Elizabeth dormía en una cama. Parecía un ángel. De su brazo nacía aquella interminable vía unida por una cánula alargada a un frasco suero. Los latidos de su corazón era controlados por una máquina de sonido insoportable.
—Te pondrás bien, Lizzy. Ya lo verás —susurró, mientras tomaba con suavidad su mano y entonces, ya no pudo retener las lágrimas.

***

—Pide un deseo y sopla las velas —le dice al oído.
En una amplia mesa del comedor, Elizabeth estaba sentada frente a un enorme pastel de cumpleaños. Era su favorito: chocolate con fresas y abundante crema chantilly. Ella aprieta suavemente sus labios carnosos y luego, apaga las velas de un soplido. Estalla en pequeñas risas y aplaude divertida.
—Felicidades a la flamante heredera de una tía lejana —dijo Sam con una sonrisa forzada.

Entonces, ella hunde uno de sus dedos en la crema batida y lo lleva a su boca roja haciendo un movimiento sensual.
—¿Quieres hacerme una propuesta indecente? —pregunta él en voz baja y con un peculiar brillo en la mirada.
Ella sonríe. Él se levanta y la besa de a pocos. Ella responde con ternura y después, como un volcán en erupción. Sam la carga en sus brazos. La cama del dormitorio siempre está dispuesta. De día o de noche es lo que menos importa.

En la galería de arte, tibios rayos de luz se filtran por las ventanas. Elizabeth habla por teléfono y juega con un lapicero entre los dedos.
Tratando de pasar desapercibido, uno de sus compañeros le alcanza un ramo de rosas rojas que deja sobre el escritorio.
Deben ser de Sam. Ayer pasamos una noche inolvidable, piensa ella. Cuando lee la tarjeta, ésta dice: “Elizabeth, aléjate de él”.
¿De él? ¿quién es él? ¿quién ha enviado estas flores? ¿es una broma? No había terminado de procesar el mensaje rodeado de misterio, cuando Molly llegó hecha un torbellino.

—¿Sabes la noticia?
—No. ¿Qué pasó?
—Anoche en Bedford_Stuyvesant… una bala perdida le atravesó el corazón.
Elizabeth enmudeció, sus ojos azules parpadearon, temía preguntar.
—¿De quién hablas?
—De John Gray. Murió camino al hospital.

Quedó impactada al escuchar ese nombre. Habían pasado tres años desde la última vez que lo vio. Si bien no sabía nada de él, John siempre fue un enigma. Ahora, ya no estaba aquí. Nunca le deseó ningún mal, a pesar de la crueldad y las humillaciones aceptadas por voluntad propia. Fueron nueve semanas y media en las que su lado oscuro salió a flote y deseaba borrar de su pasado.
—Necesito respirar aire fresco —dijo, cogió un suéter blanco y salió a la calle.

El bullicio de la ciudad lo acaparaba todo hasta adueñarse de sus más íntimos secretos. Ella quiso zambullirse en el mar humano y caminó sin rumbo fijo.

En casa, no pudo conciliar el sueño aquella noche. Intranquila, se movía de un lado a otro acostada en la cama. El tic tac del reloj le producía un agradable trance hipnótico hasta que el teléfono rompió la magia. Como una gata mimosa, ella se levantó y caminó en medias blancas de algodón.
—¿Aló? —preguntó con esa voz tan dulce de niña inocente seguida de un largo hilo de silencio.
—¿Aló? —insistió y al no obtener respuesta, colgó. Giró sobre sí y el aparato volvió a sonar.
—¿Quién habla? —interrogó al tomar otra vez el auricular, mientras escuchaba de fondo los sonidos de autos en movimiento y diálogos indescifrables de la gente. Mortificada, soltó una palabrota y a punto de colgar, le pareció oír el murmullo de tres palabras.
—¿Qué estás sintiendo?

Elizabeth soltó el auricular como si ardiera y este quedó oscilando en la mesa como un péndulo diabólico. El terror se reflejó en sus pupilas. Muy asustada, corrió y estuvo a punto de caer en el piso encerado, pero cruzó el umbral de su habitación.

***

Sentados en el cómodo sofá, él la rodeaba con sus brazos y ella hundía la cabeza en su pecho. Se sentía protegida, segura, a salvo como la típica niña que teme al monstruo encerrado en el armario. Elizabeth le mencionó la siniestra llamada y los detalles de la tóxica relación que tuvo con John.
—Querida, creo que tus nervios te traicionan… Debes superar el pasado. Ahora somos tú y yo —dijo, mientras le acariciaba la mejilla. Elizabeth cerró los ojos. Suspiró aliviada.
—Ah, gracias por las rosas que me enviaste ayer. ¡Eran preciosas!
Sam la miró con extrañeza. Le respondió que él no había enviado flores ni nada parecido.
—Quizás fue un admirador secreto —replicó mostrando la blancura de sus dientes.
Ella solo atinó a mirarle muy desconcertada. Luego, él sacó varios documentos de un portafolios. Elizabeth le había pedido que administrara una fortuna que ascendía a millones de dólares. Sam le dijo que debía firmar los escritos y ella, que confiaba ciegamente en él, estampaba su rúbrica sin previa lectura.

Tras un complicado día de trabajo, Molly y ella tomaron un café en el restaurante de la esquina.
Entonces, Elizabeth le contó los hechos extraños que habían ocurrido como el ramo de rosas (y los que continuaban llegando a la galería con frases que advertían un cercano peligro) y aquella voz susurrante que escuchó por teléfono.
—Lizzy, estás muy tensa. Necesitas distraerte. ¿Por qué no viajas con Sam?
—No lo sé. Puede parecer absurdo, pero me siento acechada.
—¿Acechada? ¿Por un fantasma o algo así? No me digas que… ¿acaso no será John?
—Eso no es gracioso. Regresemos a la oficina.

***

Un fin de semana, Sam y Elizabeth decidieron disfrutarlo en una villa llamada Aurora en el condado de Cayuga, a cuatro horas de Nueva York. Alquilaron una rústica cabaña rodeada de sauces frondosos, patos silvestres de brillantes plumajes y un lago de aguas tranquilas y azules donde abundaban los bagres.
Ella se sentía renovada. Dieron cortos paseos, tomados de la mano y robándose besos como dos adolescentes enamorados.
Cuando cayó el atardecer, Sam le pidió a ella que regresara a la cabaña, pues tenía que comprar algunos víveres. Se despidieron con un tierno beso.

En la casa, Elizabeth quiso encender la televisión, pero los ruidos del exterior llamaron más su atención y entonces, se asomó a la ventana.
A escasos metros, divisó una ambulancia y dos vehículos policiales, rodeados de hombres con uniformes y otros con mascarillas y guardapolvos blancos. Muchos curiosos se acercaban y algunos eran interrogados por los miembros del orden.
Decidió salir para ver qué había pasado cerca a las orillas del lago Cayuga. Preguntó a varias personas, pero ninguna le respondía. Entonces, vio que colocaban un cuerpo cubierto sobre la camilla.
Cuando uno de los hombres descubrió el rostro de la víctima le preguntó a otro de barba y contextura gruesa si podía reconocerla.
—Sí, su nombre es Elizabeth McGraw. Alquiló esa cabaña con un tipo alto y delgado llamado Sam Roberts.
Ella tambaleó. Se vio a sí misma en aquella camilla y se cubrió la boca con ambas manos. Ella era el cadáver que trasladaban esos extraños.
—¡Elizabeth! ¡Elizabeth! —escuchó una voz masculina que la llamaba con insistencia. —¡Perdóname, no pude detenerlo!
Cuando ella volteó, sintió que un fuerte escalofrío la recorrió de pies a cabeza. No podía creerlo. Era imposible, pero ahí estaba él frente a ella, a poca distancia con esa mirada que la estremecía y le quitaba el control de su propia voluntad.
Sintió que la puesta del sol, el inmenso muelle de madera, los frondosos sauces y las eternas voces empezaban a girar alrededor de ella cada vez a mayor velocidad.
No pudo soportar la furia del vendaval y ella se desvaneció en unos largos brazos que aguardaban estrecharle y quizás pertenecían a un hombre que la había amado a su manera.

Este relato participa en el #OrigiReto2019, tiene 1.536 palabras y cumple con el Objetivo #17: Haz un fanfic. Está basado en la mítica película ” Nueve semanas y media” (1986) y es la adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre escrita por Elizabeth McNeill. He cambiado el género de la historia por el suspenso.

Objetos ocultos: #3 (una jeringuilla) y #6 (un informe médico).

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

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Y aquí está la pegatina de mayo:

Adiós

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de enero “Dentro de mí” de @perlasnarrativ3

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Se recomienda leer previamente dicho relato.

Según la última ecografía, mi bebé sería varón. Al saber la noticia, la felicidad le brotaba por los poros, aunque pude advertir un velo de tristeza en la mirada de Jhon.
Mientras tanto, dos ángeles de la guarda llamadas Stiby y Katty se preocupaban mucho por mí en la oficina, pues ya tenía cinco meses en la dulce espera.
Una noche que esperaba a Jhon, jugaba Pac-Man en el celular, cuando este sonó.
—¿Señora Andrea Ramirez?
—Si, ella habla.
—Lamento informarle que su esposo Jhon Gómez tuvo un grave accidente…

No recuerdo más, solo el nombre del hospital. Cogí mi cartera, salí corriendo a la calle y abordé el primer taxi que apareció. Lloraba en silencio. Cuando llegué al nosocomio, pregunté por él.
El médico, un tipo alto de cabello cano, bajó la mirada y dijo con voz piadosa:
—Debe ser fuerte, señora. Hicimos todo lo que pudimos.
Si grité o estalle en lágrimas, no recuerdo bien. Me acostaron en una camilla y tras aplicarme una ampolla, empecé a soñar imágenes en blanco.

El microrrelato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 996 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

Objetivo #23 : Relata la historia de un embarazo fuera de lo corriente (o conciencia sobre algo conocido del tema) en que la futura madre sea la absoluta protagonista y no el bebé.

Objeto oculto #29 : un videojuego

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Merlina

Por trigésima vez, sus brillantes pupilas recorrieron el espejo ovalado. Con los dedos que terminaban en uñas largas y pintadas de blanco, peinó el cerquillo dorado y rebelde.

Del joyero forrado de suave terciopelo azul, tomó una sortija con amatista y la colocó en su dedo anular izquierdo. Entonces, ella batió sus alas y susurró un hasta pronto al dormitorio de paredes celestiales.

Como de costumbre, Merlina se deslizó en el viejo pasamanos de la escalera como el tren más veloz de Japón. Pero hizo un mal cálculo y estuvo a punto de aterrizar encima de Perseo que descansaba en una mullida cama. Soltando un ruidoso maullido, el minino supo esquivar al peligroso misil. Con el pelaje erizado, corrió y se refugió bajo el sofá, dejando un gran charco de orina.
Muy alborotada, la joven de ojos grandes y saltones cogió la botella con jugo de naranja y los cuatro panes con torreja que le preparaba su mamá para guardarlos en una mochila que llevó al hombro.

Caminando a la universidad, devoró el desayuno con apetito voraz, regando las migajas por el suelo como si dejara un rastro perceptible e imitara a Gretel, la niña del clásico cuento.
Terminadas las clases de enfermería, Merlina corrió al parque para sentarse bajo la sombra de su olivar favorito. Sacó un libro de su mochila y empezó a buscar la página donde había dejado su lectura. El marcapáginas con pompón rojo siempre era su salvador.
De pronto, las tinieblas la envolvieron. Alzó la vista. Era Jenny, su mejor y única amiga, la que sabía comprender su espíritu solitario y adicto a los buenos libros.
—¡Hola, Merlina! —saludó con un agradable timbre de voz—. Quería invitarte a mi fiesta de Halloween en casa. ¿Vendrás?
—“Querías”: tiempo pretérito imperfecto.
—Vamos, no seas tan susceptible. Sabes que me encanta tu forma de ser —dijo, mientras un inesperado viento revolvía su melena de ébano—. Te espero la noche del jueves. ¡No olvides el disfraz!

De regreso a casa, Merlina sentada frente a la cómoda, cepillaba su largo y liso cabello y pensaba si sería buena idea, asistir a la reunión de Jenny. No sabía bailar, tenía dos pies izquierdo y tampoco le agradaba la música a todo volumen. La mayoría de los jóvenes la tildaba de aburrida. Al final, deshojaría margaritas frescas, mientras se balanceaba en el viejo columpio del patio.

La última tarde de octubre, ella abrió su armario de par en par y buscó el único disfraz que tenía: si era de bruja mala o buena, no lo sabía con certeza. Era una interminable capa con capucha en tono lila que solía combinar con pantalones y un par de botines negros. Se maquilló un poco más de lo acostumbrado y al no encontrar la blusa adecuada, optó por un escotado bividi que descubría sus generosos encantos.
—Quizás, esto sirva para que algún chico se fije en mí —pensó.

Y en el camino a la fiesta, Merlina tuvo que sortear a un grupo de monstruos enanos que exigían dulces a diestra y siniestra. Cuando llegó a la casa de su amiga, dos pies mutilados y bañados en sangre colgaban de la puerta vestida de telarañas. Rodeaban la entrada, una hilera de cráneos que reposaba en calderos de hechizos y calabazas sonrientes con velas encendidas.
Tocó el timbre y desde el interior se escuchaba la música que reventaba los tímpanos. Jenny le abrió.
—Pasa, Merlina.
En la sala, cortinas de telarañas pendían de las paredes y ventanas, así como pequeñas sombras de murciélagos y arañas. Globos naranjas y negros con rostros terroríficos intentaban robar un susto al más despistado.
Bajo una lámpara del techo se mecía un terceto de fantasmas de papel y este a su vez, contemplaba un grupo sui generis que danzaba: hombres vampiros que pretendían a chicas góticas, novias maltrechas que eran seducidas por ángeles caídos y poderosas hechiceras que revivían a zombis de cuerpos putrefactos.
Merlina se sentó en un rincón, al lado de un esqueleto abandonado, aguardando que algún engendro la sacara a bailar. ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! Las horas dejaban huellas en el aire.

Con la cara enrojecida de cólera, ella se levantó para dirigirse al baño que estaba al fondo del pasillo. A punto de ingresar, escuchó ruidos que parecían provenir de uno de los dormitorios. Eran como los rasguños que hace un perro en la puerta cuando está encerrado.
A paso lento, caminó hacia ella. Su mano derecha giró la manija y en un abrir y cerrar de ojos, la muchacha fue arrastrada por una fuerza sobrenatural.
Dentro de aquella habitación, la oscuridad imperaba y a tientas, sus largos dedos buscaron el interruptor. Cuando el lugar se inundó de luz, sus pupilas azules se encontraron con los ojos quietos de una avestruz disecada. Merlina gritó horrorizada, llamando a su mamá.
—¡Cálmate! ¡Tranquilízate! —dijo una serena, pero firme voz. Cruzando las piernas, una señora que ya peinaba canas y lucía vestido púrpura y zapatos de tacón, descansaba en un vetusto sillón.
—Te esperaba, Merlina.
En forma desmesurada, la joven abrió los ojos y como siempre le ocurría al estar nerviosa, comenzó a tartamudear.
—¿Có-có-cómo sa-sa-be mi-mi nom-bre se-se-ñora?
—Me llamo Amanda y soy la abuela de Jenny —respondió luego de carraspear y ponerse de pie.
—Iré al grano, niña. ¡Soy una bruja!

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Merlina y después, siguió un arsenal de risitas burlonas. Por su mente ingenua, cruzó la idea de que la doña había bebido todo el ponche de la fiesta o quizás, su delirio era producto de los caramelos rellenos de licor.

—¡Y tú eres la elegida!

La última frase sacudió la cabeza de la joven como si hubiese sido golpeada con un bate de béisbol. Su hilaridad se apagó, pero el cuerpo fue abrasado por un frío helado.
Amanda giró sobre sí y abrió un armario, del cual extrajo un báculo, cuyo mango mostraba el cráneo de un animal engarzado a una verde esfera.
—Te servirá para hacer los hechizos —aseguró mostrando el peculiar bastón—. Y además será tuyo este libro: “Aprenda magia blanca en dos semanas” que incluye el decálogo de las brujas wacamole.

—Disculpe, señora, pero yo no quiero ser una bruja.

Desconcertada ante la inesperada respuesta, Amanda levantó una ceja y se quedó boquiabierta, mientras observaba que Merlina se disponía a abandonar el lugar. Pero al abrir la puerta, un enorme perro de tres cabezas que ladraba furioso, asomó los hocicos para morderla. Pálida del susto, la cerró ipso facto y corrió hacia la ventana que estaba abierta. Apenas sacó la pierna al exterior, ella sintió algo húmedo y pegajoso. Su sorpresa fue enorme cuando vio el tentáculo de un pulpo gigante. Le picó el ojo con el taco del botín y en menos de lo que canta un gallo, también cerró la ventana.
—¿Qué está pasando? ¡No puedo salir de aquí! —protestó a punto de quebrarse.
—No puedes escapar de tu destino.
En pocas palabras, Merlina se hallaba entre la espada y la pared. Asumió la derrota e inclinó la cabeza. Sacó de un bolsillo, un pañuelo blanco que agitó con resignación en el aire.

El siguiente paso fue la ceremonia de iniciación y para ello, Amanda y Merlina vistieron largas capas azules con destellos dorados. La joven que aún temblaba como gelatina ocupó el centro de la habitación, mientras Amanda regaba puñados de sal alrededor de ella formando un círculo. Con la punta de la vara mágica, tocó suavemente la cabeza de Merlina y pronunció:

Bidiba, bidibu

Invoco a los espíritus de mis ancestras

Para que todo mi poder sea otorgado

A esta niña llamada Merlina”.

(sé que no rima, pero nunca fui buena para escribir poesía).

De la cabeza a los pies, un potente y cegador baño de luz, que duró apenas escasos segundos, cubrió a la joven. Y sin que ella misma pudiera explicárselo, sintió una inmensa y repentina felicidad en su interior: era como si hubiese vuelto a nacer.
—Listo. El ritual se acabó —dijo Amanda y abrazando a la flamante hechicera, agregó— Escucha, Merlina, mañana Jenny llevará el libro junto con el bastón sagrado a tu casa.
—¡Oh, está bien!
—Y nunca olvides esto: somos brujas blancas y hacer maldades no es lo nuestro —hizo una breve pausa—. Si necesitas un consejo, búscame. Siempre estaré aquí. Allez allez!
Con suavidad, Amanda empujó a Merlina hacia la puerta y apenas ella salió al pasillo, la habitación se cerró más rápido que el viento.

De regreso en la fiesta, los hombres vampiros, demonios y zombis la rodearon como las moscas a la miel, pero ella les dio calabazas. Más bien, llamó su atención un muchacho que estaba solo en un rincón.

De sus ojos brotaban lágrimas azules, pero sus labios pintados de rojo traducían una alegría infinita. Su cabello era tan verde como un campo de brócolis maduros y vestía un traje marrón rojizo que gritaba sus deseos de vivir.

Armada de una tímida sonrisa y extendiendo su mano, ella lo invitó a bailar. Él aceptó con una cómplice mirada y ambos sacudieron los esqueletos toda la noche de brujas. Muy pronto, Merlina escribiría un nuevo capítulo en el libro de su vida.

El relato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 1.531 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_Objetivo #24: Utiliza una de las dos imágenes sugeridas para basar tu relato en ella.

_Objetos ocultos:

#14 (avestruz disecada)

#33 (decálogo)

Pueden consultar las bases en los siguientes blogs:

@Musajue http://plumakatty.blogspot.com

@Stiby2

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de octubre:

El último refugio

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de abril “Una amistad eterna” de @Kalen76 http://lasombraescondida.blogspot.com/2019/04/una-amistad-eterna-relato-de-abril-para.html?=1

Se recomienda leer previamente dicho relato.

Como escenas retocadas por la bruma, recuerdo que dejamos la finca para ocultarnos en una mina donde mucho tiempo atrás, el gobierno la había explotado y ahora, estaba abandonada.
Entonces, me había convertido en un zombi hambriento y mi sexto sentido gritaba que los miembros del ejército nos pisaban los talones.
Si bien era un muerto viviente, ávido de sangre y carne humana, no aspiraba ser un conejillo de indias en un laboratorio de científicos dementes.
Durante el día, Sandy y Manso jugaban dentro de la mina, pero en las noches, él y yo salíamos a buscar vegetales y cerebros frescos.
Un día, mi hermana dejó de gruñir y arrastrar los pies. Se quedó inmóvil en un rincón, abrazando su juguete favorito: un pez de colores. Cuando alcé la vista, advertí que un sinnúmero de rocas plateadas y grises brillaban en las paredes. ¿Será uranio? Muy furioso, las golpeé con unas manos que se caían a pedazos. Entonces, tuve un maldito presentimiento. Habíamos llegado al último refugio.

El microrrelato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 997 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

_Objetivo # 2: Crea un relato en el que aparezcan zombis.

_Objeto oculto #24: Un pez de colores.

Gracias a @MUSAJUE http://plumakatty.blogspot.com

y a @Stiby2 http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com