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Vikingo

Dime Erik, por qué quieres ver mi rostro?/ Para embriagarme de tu belleza eterea y llevarte conmigo a la Tierra Verde. / Melena de fuego, serás desterrado a la región del hielo quebradizo y la nieve perpetua. No temes la furia de Odin? / Doncella, más temo morir sin el calor de tu amor.

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Adorable fantasma

Por las noches, en aquel departamento ocupado por la soledad, las luces parpadeaban como  seductoras miradas de cortesanas palaciegas. Libros, sillas y mesas se movían por voluntad propia en el mundo de los seres que abandonaron sus cuerpos.

Tomás fumaba cigarrillos desde que era un adolescente y ahora, aunque no podía darse el lujo de dar largas pitadas, se conformaba con tener uno de ellos atrapado entre sus labios delgados e imaginar que aspiraba la venenosa nicotina. Había visto la dichosa luz de la que tanto mencionaban océanos de textos, películas sosas y videntes aburridas. Sin embargo, no quiso entrar en ella, a pesar que reconoció a seres queridos que le habían tomado la delantera. Decidió quedarse un poco más en el mundo de los vivos al que ya no pertenecía. Pensaba que sería más útil aquí que en el más allá, sinsaber exactamente el por qué.

Tomás era como un roble macizo y cuando murió (o mejor dicho, lo mataron), aún llevaba muy corto el oscuro y lacio cabello y tenía varios días sin afeitarse. Los jeans desteñidos, las camisetas y zapatillas de colores inciertos eran parte de su look descuidado. Se ganaba la vida como locutor radial, pero en el fondo era un escritor frustrado. Adoraba la temática urbana de Julio Ramón Ribeyro, la prosa sencilla y clara de Isabel Allende, así como el realismo mágico de Julio Cortázar.

Ahora, él no trabajaba, no comía, no dormía, no soñaba. Había perdido el amplio concepto de la vida y solo releía los libros cubiertos de cúmulos de polvo y olvido.

Hasta que una mañana de primavera, la lúgubre habitación se iluminó con  la llegada de una encantadora princesa. Fue amor a primera vista. Se enamoró de sus ojos verdes como esmeraldas y esos graciosos hoyuelos que aparecían en las comisuras de sus labios. Su larga cabellera de ébano era tan oscura como una mágica noche.

De un portagatos salió una minina de pelaje bicolor: blanco y gris con un vestido rojo pasión a cuadros y una placa de identidad alrededor del cuello. Su nombre era Tabys. El problema empezó con la felina. Cuando Tomás estaba cerca, la gata maullaba como si alguien  la marcara con una vara de hierro candente.

_ ¿Qué pasa Tabys? ¿Por qué estás agresiva?_ preguntaba ella, mientras la ponía en su regazo para acariciarla.

_ ¡Qué envidia! _ pensó _ . ¿Y si entro en su cuerpo peludo?… No, mejor no. No me gusta su vestido.

Los días siguieron su rumbo dentro y fuera de aquel departamento, donde existía una delgada línea entre la ficción y la realidad, y Tomás se conformó con observar a sus huéspedes de honor. Había lugares de prohibido ingreso como el cuarto de baño de losetas inmaculadas y el dormitorio de paredes color rosa.

La bella Sofía se levantaba con los primeros rayos del Sol, tomaba un baño y desayunaba café, jugo de naranja y tostadas con mermelada. Ella era el tipo de persona que se ponía encima lo primero que veía en los ganchos del armario. Tomás dedujo esto porque ninguna de sus prendas combinaban entre sí. Pero cada vez que ella salía al mundo exterior, él sentía que hundían una daga de cristal en su pobre corazón. _ ¿A qué se dedicará? _ preguntó.

Mientras, él mataba el tiempo. Al azar, cogía un libro del estante y se enfrascaba en la lectura con un cigarrillo sin encender entre los labios y la obligada compañía de Tabys, con la que había firmado una tregua de galletas con sabor a pescado. Cuando su amor platónico regresaba a casa por las noches, la gata esperaba cerca a la puerta, moviendo su larga y esponjosa cola. Sofía volvía a ducharse, comía algo ligero y jugaba con el control remoto hasta que los párpados la vencían. _ ¿Tendrá novio? _ se interrogaba.

Pero una noche rompió el código de caballeros y entró al dormitorio de paredes color rosa, cruzando la puerta como la más suave gelatina. Solo quería verla dormir. Parecía un ángel con aquella pijama de gatitos blancos corriendo por todos lados. _ Buenas noches, Sofía _ susurró y regresó a la sala para seguir leyendo en el sofá. Las luces de la calle iluminaban las hojas de los libros. Había devorado varias páginas, cuando escuchó sollozos. Se levantó con lentitud y dejó el texto encima de la mesa de noche. Volvió a atravesar la puerta y esta vez, como un cuchillo a la más cremosa mantequilla y vio a Sofía sentada en la cama, llorando con un pañuelo entre las manos. Tomás quería consolarla, pero no sabía cómo. En su desesperación, decidió que había llegado el momento de manifestar su peculiar presencia.

_¡Hola! Mi nombre es Tomás. ¿Por qué lloras?_preguntó con mucho interés. De pronto, ella dejó de lagrimear y miró con extrañeza el lugar de donde provenía la voz. Recorrió la habitación con la húmeda mirada. No había nadie más. Solo estaba ella y ese dolor hiriente que no cicatrizaba. De un brinco, dejó la cama para dirigirse al baño y lavarse el rostro. Mientras lo secaba dando suaves palmaditas con la toalla, volvió a escuchar esa voz.

_Sabes, no es fácil ser un fantasma. Todos me ignoran_protestó.

Sofía levantó la mirada y al verse en el espejo, exclamó muy enojada:

_Lo que me faltaba. Ahora soy esquizofrénica. ¡Maldición!_dijo y regresó a la habitación dando un portazo.

_Nooo, no soy una alucinación auditiva. ¡Estoy aquí!_gritó.

Al no obtener respuesta, agachó la cabeza y regresó al lugar de siempre. Volvió a tomar el libro que había dejado, lo abrió y se lo puso en la cabeza a modo de sombrero.

El alba llegó. Sofía era como una muerta viviente. El producto tangible de las pastillas blancas y de alegres colores. Quedó incapacitada para el llanto con ese rostro petrificado. Descalza y en pijama  llegó a la cocina. Se sentó en la mesa como un robot y tomó un café dando largos sorbos, mordiendo sin ganas una tostada.

_Sabes, me siento solo. ¿Tienes novio?_preguntó.

Al levantarse, ella tropezó con la pata de la mesa y maldijo su suerte. Cojeando llegó al pequeño escritorio para encender la computadora y ponerse a trabajar. Tomás se acercó.

_Ah, escribes. Me gustan los relatos de fantasía y las novelas históricas, pero no creo que sea eso.

_Redacto una crónica. Ahora, necesito concentrarme. Haz el favor de cerrar esa bocota.

Tomás se sintió ofendido en lo más profundo de su ser y otra vez, buscó refugio en los libros del estante. Un teléfono sonó y Sofía, visiblemente mortificada se alejó para contestar la llamada. Él alcanzó a escuchar algunas palabras como reducción de personal, liquidación y otro empleo. Se sentía como un cohibido ratón en su oscura madriguera. Minutos después, ella volvió y se quedó de pie, apoyada en la pared. Cruzó los largos brazos y el interrogatorio empezó.

_¿Qué te pasó? ¿Cómo moriste?

_Hubo un forcejeo y el arma se disparó.

_¿Quién te mató?

_Mi mejor amigo se entendía con mi novia.

_¿Y qué pasó después?

_No lo recuerdo, no recuerdo nada.

Con esta última respuesta, la inquisidora del pijama terminó su labor y se marchó dejando un manto de frialdad en el ambiente. Tomás clavó la vista en el techo de nubes blancas como si buscara la memoria perdida y al sentir que la angustia le oprimía el pecho, desapareció.

El departamento fue invadido por un mal presentimiento. En el dormitorio, Sofía caminaba de un lado a otro como león enjaulado. De repente, se quedó viendo una antigua cómoda de cedro y recordó que el tercer cajón estaba cerrado con llave. Empezó a buscar por todos lados: debajo de la alfombra, del colchón, dentro del armario… Todo el cuarto fue mancillado hasta que encontró lo que buscaba dentro de un florero de cerámica sin agua y sin flores.

Muy despacio, abrió la gaveta y contempló un arma del color de la noche. Se quedó viéndolo por largos segundos que pasaron a ser eternos minutos. Lo tomó entre sus manos. No era muy pesado. Una idea descabellada cruzó por su cabeza. Primero, lo colocó a la altura de la sien derecha, pero recordó a uno de sus escritores favoritos y quiso emularlo. Puso el cañón en su boca e hizo un gesto desagradable. Tragó saliva varias veces y sus manos temblaban como hojas azotadas por una fuerte tempestad. Dejó escapar un grito ahogado y jaló del gatillo. El clic sacudió su cerebro. No se recuperaba del susto cuando escuchó esa voz.

_La conducta autoeliminatoria no es la solución. Además, esa pistola no tiene balas.

_La dejaste allí a propósito. ¡Eres un maldito infeliz!_gritó, arrojando el arma hacia la puerta con todas sus fuerzas.

Pero esta vez, él no huyó como solía hacerlo ni buscó refugio en los libros cubiertos de polvo y olvido. Esta vez, Tomás explotó.

_¡Maldita sea! ¿Acaso no entiendes? Estás viva y tienes que VIVIR. ¡Cómo quisiera estar en tu lugar!

Con la vista en algún punto de la nada, la frustrada suicida musitó:

_Déjame sola.

El adorable fantasma se arrodilló ante ella y dijo:

_Estoy cansado de bailar el mismo vals. Estoy cansado de querer sin ser correspondido. Estoy cansado de verte languidecer cada día_suspiró_. Eres una bella persona y mereces una segunda oportunidad. Adiós, Sofía.

Una suave brisa la envolvió y agitó con suavidad las blancas cortinas de la ventana. En silencio, Tabys entró al lugar y con agilidad felina, llegó a las rodillas de su dueña que aún temblaban de miedo, yerro y esperanza.

El relato que acabas de leer está enmarcado en el #OrigiReto2019 . Tiene 1.595 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_ Objetivo número 4. Haz un relato que transcurra en una casa encantada

_ Objetos ocultos: 12 (una mascota) y 30 (una llave)

@MUSAJUE plumakatty.blogspot.com

@Stiby2 nosoyadictaaloslibros.blogspot.com