Traición

#MismoInicioDiferenteFinal

Abrí los ojos en el momento que la alarma sonó: las 8 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía:

“Querida Paola, me gustaría que esta noche cenáramos juntos. Tengo algo muy importante que decirte. Te espero a las 8 p.m. en el restaurante Kala. Por favor, no faltes”.
Ella levantó una ceja. Caminando como una pesada androide, colocó las rosas amarillas en un florero de cristal. Lo dejó en una mesa cerca a la entrada principal. Sintió un extraña brisa y por instinto, cerró los ojos. Cruzó los brazos sobre su pecho y se vio ante el espejo de marco dorado. Ella era una sombra del ayer. Su mirada había perdido esa brillante luz de la que él se enamoró. Suspiró. Desvió la vista.

Entonces, volvió a leer la tarjeta de Dany Alexander, el hermano gemelo de su desaparecido esposo. “Tengo algo muy importante que decirte”, era una frase que despertó su curiosidad de mujer. ¿Qué podría ser? ¿Acaso debería abandonar la casa? ¿Renunciar a todo lo material?

Dio un corto paseo en la amplia sala decorada con pinturas costosas, jarrones de porcelana y cortinas de tul. Recordó que sus suegros nunca aprobaron la unión. La calificaron de ‘cazafortunas’. Cuando conoció a Dany, ella trabajaba como mesera en una cafetería. Empezaron a salir, a conocerse y se enamoraron. Al poco tiempo, sellaron su amor. Sabía que él estaba enfermo y que su vida se apagaría en corto tiempo. El dinero nunca le importó, pero Dany fue precavido. Hizo un testamento en el que ella figuraba como la única heredera de toda la inmensa fortuna.

Paola subió las escaleras. En el frio dormitorio, volvió a verse en el espejo. Lucía más delgada. Hace mucho que no salía a distraerse. Trabajaba en casa sentada frente a la computadora, entre cuatro paredes, en un exilio voluntario.
Minutos más tarde, tomaría una decisión. Esa noche cenaría con su cuñado y resolvería la incógnita.

***

Estacionó el auto rojo. No había mucho tráfico, algo inusual en aquella ciudad salvaje. Bajó del carro y contempló el local público. A medida que se acercaba a él podía escuchar las voces, las risas, los murmullos de la gente.
Ingresó al restaurante y un joven con terno gris se le acercó. Le dio las buenas noches y ella contestó con una débil respuesta.
—Busco a Dany Alexander Lamas.

El muchacho le pidió que la siguiera. Cuando llegaron a la mesa, su cuñado se levantó como un resorte. Le dio un suave beso en la mejilla y retiró la silla para que tome asiento. Ella agradeció en voz baja. Él la miraba extasiado. El vestido azul realzaba su belleza natural y una cadena plateada con dije en forma de letra D adornaba su delgado cuello. Sujetaba su melena castaña en un moño.

—¿Cómo has estado?
—Con el alma hecha pedazos, pero me he refugiado en el trabajo.
—Quizás suene repetitivo, pero la vida continúa, Paola.
—Sí, es la ley de la vida, todo pasa, todos moriremos. ¡Gran consuelo! —contestó con ironía y simulando una sonrisa.

Él la miró apenado y dio un largo sorbo a la copa de vino. Necesitaba valor, pero ella rompió el intermedio.
—¿Qué es eso tan importante que debes decirme? —preguntó a boca de jarro.
—Paola… te amo.
En la mesa, él intentó tocar la mano de su cuñada, pero ella la retiró de inmediato.
—¿Qué? —interrogó asombrada y abriendo los ojos más que de costumbre.
—Te amo desde la primera vez que te vi, pero estabas comprometida con mi hermano. Lo nuestro era imposible.
—No sabes lo que dices —balbuceo.
—Paola, sé que es muy pronto, pero dame una oportunidad. No me cierres las puertas de tu corazón.
—Tú y Dany son idénticos por fuera, pero tan diferentes por dentro… ¡Adiós! —dijo muy ofendida.
Ella abandonó la mesa. Sentía que las mejillas le ardían, la sangre quemaba en sus venas. Su cuñado la siguió.
—¡Paola! —gritó Dany a todo pulmón desde la entrada del restaurante.

Entonces, ella giró sobre sí para verle de lejos, por última vez. De pronto, un auto frenó. El rechinar de las llantas reventaron sus oídos. Paola estuvo a punto de ser embestida por ese vehículo. Temblando de pies a cabeza, ella corrió hacia el estacionamento. Abordó su auto y se alejó de allí a toda velocidad.

De regreso a casa, lo primero que hizo fue buscar una maleta en su habitación. Empacó lo necesario. Cuando giró sobre sí, volvió a verse en el espejo. Era otra mujer. ¿Por qué había de negarlo? Bajó las escaleras y antes de abandonar, musito: “Adiós, Dany. Eres parte de mi pasado, pero siempre vivirás en mi corazón”.

La puerta de aquella casa se cerró. Una nueva vida estaba a punto de comenzar.