Merlina

Por trigésima vez, sus brillantes pupilas recorrieron el espejo ovalado. Con los dedos que terminaban en uñas largas y pintadas de blanco, peinó el cerquillo dorado y rebelde.

Del joyero forrado de suave terciopelo azul, tomó una sortija con amatista y la colocó en su dedo anular izquierdo. Entonces, ella batió sus alas y susurró un hasta pronto al dormitorio de paredes celestiales.

Como de costumbre, Merlina se deslizó en el viejo pasamanos de la escalera como el tren más veloz de Japón. Pero hizo un mal cálculo y estuvo a punto de aterrizar encima de Perseo que descansaba en una mullida cama. Soltando un ruidoso maullido, el minino supo esquivar al peligroso misil. Con el pelaje erizado, corrió y se refugió bajo el sofá, dejando un gran charco de orina.
Muy alborotada, la joven de ojos grandes y saltones cogió la botella con jugo de naranja y los cuatro panes con torreja que le preparaba su mamá para guardarlos en una mochila que llevó al hombro.

Caminando a la universidad, devoró el desayuno con apetito voraz, regando las migajas por el suelo como si dejara un rastro perceptible e imitara a Gretel, la niña del clásico cuento.
Terminadas las clases de enfermería, Merlina corrió al parque para sentarse bajo la sombra de su olivar favorito. Sacó un libro de su mochila y empezó a buscar la página donde había dejado su lectura. El marcapáginas con pompón rojo siempre era su salvador.
De pronto, las tinieblas la envolvieron. Alzó la vista. Era Jenny, su mejor y única amiga, la que sabía comprender su espíritu solitario y adicto a los buenos libros.
—¡Hola, Merlina! —saludó con un agradable timbre de voz—. Quería invitarte a mi fiesta de Halloween en casa. ¿Vendrás?
—“Querías”: tiempo pretérito imperfecto.
—Vamos, no seas tan susceptible. Sabes que me encanta tu forma de ser —dijo, mientras un inesperado viento revolvía su melena de ébano—. Te espero la noche del jueves. ¡No olvides el disfraz!

De regreso a casa, Merlina sentada frente a la cómoda, cepillaba su largo y liso cabello y pensaba si sería buena idea, asistir a la reunión de Jenny. No sabía bailar, tenía dos pies izquierdo y tampoco le agradaba la música a todo volumen. La mayoría de los jóvenes la tildaba de aburrida. Al final, deshojaría margaritas frescas, mientras se balanceaba en el viejo columpio del patio.

La última tarde de octubre, ella abrió su armario de par en par y buscó el único disfraz que tenía: si era de bruja mala o buena, no lo sabía con certeza. Era una interminable capa con capucha en tono lila que solía combinar con pantalones y un par de botines negros. Se maquilló un poco más de lo acostumbrado y al no encontrar la blusa adecuada, optó por un escotado bividi que descubría sus generosos encantos.
—Quizás, esto sirva para que algún chico se fije en mí —pensó.

Y en el camino a la fiesta, Merlina tuvo que sortear a un grupo de monstruos enanos que exigían dulces a diestra y siniestra. Cuando llegó a la casa de su amiga, dos pies mutilados y bañados en sangre colgaban de la puerta vestida de telarañas. Rodeaban la entrada, una hilera de cráneos que reposaba en calderos de hechizos y calabazas sonrientes con velas encendidas.
Tocó el timbre y desde el interior se escuchaba la música que reventaba los tímpanos. Jenny le abrió.
—Pasa, Merlina.
En la sala, cortinas de telarañas pendían de las paredes y ventanas, así como pequeñas sombras de murciélagos y arañas. Globos naranjas y negros con rostros terroríficos intentaban robar un susto al más despistado.
Bajo una lámpara del techo se mecía un terceto de fantasmas de papel y este a su vez, contemplaba un grupo sui generis que danzaba: hombres vampiros que pretendían a chicas góticas, novias maltrechas que eran seducidas por ángeles caídos y poderosas hechiceras que revivían a zombis de cuerpos putrefactos.
Merlina se sentó en un rincón, al lado de un esqueleto abandonado, aguardando que algún engendro la sacara a bailar. ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! Las horas dejaban huellas en el aire.

Con la cara enrojecida de cólera, ella se levantó para dirigirse al baño que estaba al fondo del pasillo. A punto de ingresar, escuchó ruidos que parecían provenir de uno de los dormitorios. Eran como los rasguños que hace un perro en la puerta cuando está encerrado.
A paso lento, caminó hacia ella. Su mano derecha giró la manija y en un abrir y cerrar de ojos, la muchacha fue arrastrada por una fuerza sobrenatural.
Dentro de aquella habitación, la oscuridad imperaba y a tientas, sus largos dedos buscaron el interruptor. Cuando el lugar se inundó de luz, sus pupilas azules se encontraron con los ojos quietos de una avestruz disecada. Merlina gritó horrorizada, llamando a su mamá.
—¡Cálmate! ¡Tranquilízate! —dijo una serena, pero firme voz. Cruzando las piernas, una señora que ya peinaba canas y lucía vestido púrpura y zapatos de tacón, descansaba en un vetusto sillón.
—Te esperaba, Merlina.
En forma desmesurada, la joven abrió los ojos y como siempre le ocurría al estar nerviosa, comenzó a tartamudear.
—¿Có-có-cómo sa-sa-be mi-mi nom-bre se-se-ñora?
—Me llamo Amanda y soy la abuela de Jenny —respondió luego de carraspear y ponerse de pie.
—Iré al grano, niña. ¡Soy una bruja!

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Merlina y después, siguió un arsenal de risitas burlonas. Por su mente ingenua, cruzó la idea de que la doña había bebido todo el ponche de la fiesta o quizás, su delirio era producto de los caramelos rellenos de licor.

—¡Y tú eres la elegida!

La última frase sacudió la cabeza de la joven como si hubiese sido golpeada con un bate de béisbol. Su hilaridad se apagó, pero el cuerpo fue abrasado por un frío helado.
Amanda giró sobre sí y abrió un armario, del cual extrajo un báculo, cuyo mango mostraba el cráneo de un animal engarzado a una verde esfera.
—Te servirá para hacer los hechizos —aseguró mostrando el peculiar bastón—. Y además será tuyo este libro: “Aprenda magia blanca en dos semanas” que incluye el decálogo de las brujas wacamole.

—Disculpe, señora, pero yo no quiero ser una bruja.

Desconcertada ante la inesperada respuesta, Amanda levantó una ceja y se quedó boquiabierta, mientras observaba que Merlina se disponía a abandonar el lugar. Pero al abrir la puerta, un enorme perro de tres cabezas que ladraba furioso, asomó los hocicos para morderla. Pálida del susto, la cerró ipso facto y corrió hacia la ventana que estaba abierta. Apenas sacó la pierna al exterior, ella sintió algo húmedo y pegajoso. Su sorpresa fue enorme cuando vio el tentáculo de un pulpo gigante. Le picó el ojo con el taco del botín y en menos de lo que canta un gallo, también cerró la ventana.
—¿Qué está pasando? ¡No puedo salir de aquí! —protestó a punto de quebrarse.
—No puedes escapar de tu destino.
En pocas palabras, Merlina se hallaba entre la espada y la pared. Asumió la derrota e inclinó la cabeza. Sacó de un bolsillo, un pañuelo blanco que agitó con resignación en el aire.

El siguiente paso fue la ceremonia de iniciación y para ello, Amanda y Merlina vistieron largas capas azules con destellos dorados. La joven que aún temblaba como gelatina ocupó el centro de la habitación, mientras Amanda regaba puñados de sal alrededor de ella formando un círculo. Con la punta de la vara mágica, tocó suavemente la cabeza de Merlina y pronunció:

Bidiba, bidibu

Invoco a los espíritus de mis ancestras

Para que todo mi poder sea otorgado

A esta niña llamada Merlina”.

(sé que no rima, pero nunca fui buena para escribir poesía).

De la cabeza a los pies, un potente y cegador baño de luz, que duró apenas escasos segundos, cubrió a la joven. Y sin que ella misma pudiera explicárselo, sintió una inmensa y repentina felicidad en su interior: era como si hubiese vuelto a nacer.
—Listo. El ritual se acabó —dijo Amanda y abrazando a la flamante hechicera, agregó— Escucha, Merlina, mañana Jenny llevará el libro junto con el bastón sagrado a tu casa.
—¡Oh, está bien!
—Y nunca olvides esto: somos brujas blancas y hacer maldades no es lo nuestro —hizo una breve pausa—. Si necesitas un consejo, búscame. Siempre estaré aquí. Allez allez!
Con suavidad, Amanda empujó a Merlina hacia la puerta y apenas ella salió al pasillo, la habitación se cerró más rápido que el viento.

De regreso en la fiesta, los hombres vampiros, demonios y zombis la rodearon como las moscas a la miel, pero ella les dio calabazas. Más bien, llamó su atención un muchacho que estaba solo en un rincón.

De sus ojos brotaban lágrimas azules, pero sus labios pintados de rojo traducían una alegría infinita. Su cabello era tan verde como un campo de brócolis maduros y vestía un traje marrón rojizo que gritaba sus deseos de vivir.

Armada de una tímida sonrisa y extendiendo su mano, ella lo invitó a bailar. Él aceptó con una cómplice mirada y ambos sacudieron los esqueletos toda la noche de brujas. Muy pronto, Merlina escribiría un nuevo capítulo en el libro de su vida.

El relato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 1.531 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_Objetivo #24: Utiliza una de las dos imágenes sugeridas para basar tu relato en ella.

_Objetos ocultos:

#14 (avestruz disecada)

#33 (decálogo)

Pueden consultar las bases en los siguientes blogs:

@Musajue http://plumakatty.blogspot.com

@Stiby2

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de octubre:

Destacado

Viaje forzoso

Este microrrelato está enlazado al relato del mes de julio “No dirá que no” de @Stiby2.

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/07/relato-origireto2019-no-dira-que-no.html?m=1

Se recomienda leer previamente dicho relato .

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Retiré la sábana que ocultaba su rostro frío, transparente y liviano. Yo estaba en mangas de camisa y acomodé la corbata que lucía algo torcida. La ventana estaba cerrada, pero sentí un viento muy extraño. Sorprendida, noté que los pequeños objetos cobraron vida y los pesados muebles de la habitación empezaron a dibujar círculos. En segundos, yo también fui arrastrada por el tornado que brotó del maldito espejo. En medio de luces multicolores, flotaba hasta que aterricé en una alfombra de verde césped. Al levantarme, mis botas negras atraparon una hoja impresa. La fecha: agosto de 2019.

Ante mis ojos se levantaba una iglesia que pude reconocer y caminé hacia ella. En el muro empedrado, advertí una placa rodeada de los colores del arco iris que decía: “Anne Lister 1791-1840 Lesbiana y diarista. Tomó el sacramento aquí para sellar su unión con Ann Walker. Pascua 1834”.

–¡Dios Santo! Si estoy soñando, no quiero despertar –dije, colocando las manos en mi cintura. Sonreí.

El microrrelato anterior está enmarcado en el  #OrigiReto2019. Tiene 981 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto:

-Objetivo  #11: Narra la aventura de alguien que viaja en el tiempo. 

-Objeto oculto  #17: Un tornado. 

Gracias a: @MUSAJUE http://plumakatty.blogspot.com

@Stiby2 http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

Y aquí está la pegatina del mes de agosto: 

Pegatina