Recuerdos

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #13: Un personaje se despierta con una cicatriz enorme y no sabe cómo se la ha hecho. Haz que recupere sus recuerdos durante el relato hasta que al final descubre la verdad.

Parpadea una, dos, tres veces hasta ser capaz de mantener la vista en un punto fijo. Sin compasión, la angustia extiende sus cabellos de serpientes. La aprisiona, pero sin asfixiarla. Respira sin agitarse.
Ella ha despertado en la cama de una habitación extraña. Su mirada inquieta empieza a recorrer cada objeto. Muy cerca, encuentra la compañía de un sillón de madera huérfano de cojines.

Le sigue una diosa, toda ella de piel azul luciendo muy orgullosa el brillante casco y la armadura. En la mano izquierda, sostiene con firmeza una lanza. Su imagen infunde valor.

Al fondo, dos lámparas de pie muestran transparentes pantallas donde revolotean mariposas de colores, impedidas de volar muy lejos. Y terminando el círculo, un carcomido mueble en cuya superficie descansan libros de carátulas lúgubres, así como un reloj de péndulo. El silencio tiene su propio sonido.

Del techo cuelgan discretas luces semejantes a pequeños faroles de una estrecha calle sin nombre ni historia.

Entonces, ella descubre algo en su rostro. El tacto que nunca le traiciona comprueba la existencia de unas vendas. La presión es ligera, pero el rechinar de las bisagras termina capturando toda su atención. Tras abrirse una puerta, aparece una figura vestida con una larga capa. Su color le recuerda la quietud de la noche. Paz.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Es un hospital? —interroga ella entre sollozos.
Ante la avalancha de preguntas, él la mira con ternura. Como si midiera cada paso con sus gastadas botas, llega a un viejo mueble. Ahí permanece de pie.
—Leopoldo. No estás en un hospital, pero las monjas curaron tus heridas.
—¿Es un convento?
—Algo así —hace una pausa y carraspea—. Te vas a recuperar. Ahora, descansa.
—Tengo mucho sueño —dijo ella con un hilo de voz, mientras la luz de sus ojos se fue apagando. Sentía que su existencia flotaba en una segura y cálida dimensión.

***

Cuando ella vuelve a despertar, quiere levantarse. Fallido intento. Deja escapar un quejido entre las mantas de lana.
—Me duele el cuerpo.
—Los calmantes pronto surtirán efecto. Ten fe y paciencia. Ya pasó lo peor.

El tic tac del reloj marca las pausas entre dos desconocidos que llegan a tutearse hasta que él retoma la palabra.
—¿Cuál es tu nombre?
—No lo recuerdo.
—Debes permanecer quieta. Tienes las costillas fracturadas.
—¿Dónde estamos? —pregunta con sumo interés.
—Es un secreto. Solo puedo decirte que es un lugar olvidado con gente que ayuda al prójimo sin esperar nada a cambio.
—¿Por qué llevas esa máscara?
—Estaré cerca por si necesitas algo. Descansa —contestó evadiendo la pregunta y a paso lento, abandonó la habitación.

El tiempo arrancó las hojas del almanaque, pero también le dio las fuerzas que ella necesitaba. Hasta que decidió salir de la cama. Leopoldo no estaba cerca y pensó en darle la sorpresa.

Logró ponerse de pie. Vestía un camisón remendado y llevaba encima un chal que parecía haber sido tejido a mano. Quizás era obra de las monjas.
Su cabello castaño estaba amarrado en una cola. Dio unos pasos. Tropezó y tuvo miedo de caer. Volvió a andar descalza. Con paciencia, sus dedos retiraron los ganchos que sujetaban las vendas de su rostro. Buscó entre los objetos de la habitación un espejo. Halló un tazón de metal, pero al verse en el fondo del mismo quedó horrorizada.
—¡Oh, Dios! ¡Noo, noo!

Ella se desplomó sobre la cama, llorando con amargura, mientras cubría las profundas cicatrices con sus manos. No una sino varias imágenes pasaron por su mente. Diapositivas de aflicción. Le dolía la cabeza. Entonces, lo recordó todo. El secuestro, aquellos tipos desalmados, esa navaja que blandía en el aire…

Su nombre era Helena, hija de un acaudalado empresario de la ciudad. De golpe, alguien irrumpió en la habitación. Era Leopoldo. Quitándose la máscara, este preguntó con voz apacible:
—Dime Helena, ¿estás lista para regresar al mundo exterior?

Posando con el terror

#52RetosLiterup (12 Relatos) ¡Buenas con todos! Este es mi primer relato correspondiente al mes de enero (tras haber desatado una encarnizada batalla contra el síndrome del impostor😒). Espero que les guste y dejen un comentario. Gracias mil.

Reto: La aracnofobia es un reto muy común. Haz que tu protagonista la padezca.

Había llegado mi turno. Ahí estaba yo, vestida con un top negro y jean azul, cubierta de un aura de resignación sobre un banco de madera. Sentía que las luces bañaban mi rostro esculpido con colores pastel. Momentos antes frente al espejo, le di más trabajo al bueno de Andrés. Bajo las pestañas postizas, unas gotas de sal se habían deslizado sobre mis mejillas de rubor artificial.

Entonces, los miembros del equipo adornaron mis largos dedos con sortijas de diamantes que irradiaban una luz diferente, irreal, fuera de este mundo. Pero mi aliento se detuvo cuando la vi aproximarse. Sacudí la cabeza. ¡No puedo soportarla! ¡No quiero que me toque! ¡No quiero estar cerca de ella! Quería escapar del estudio, desplegar mis alas y emprender la huida, pero me había costado tanto esfuerzo y sacrificio participar en la competencia. Respiré hondo varias veces. “Tú puedes hacerlo, Ana”, me dije a mí misma.

Estire el brazo derecho y apoyé la mano ataviada con joyas a la altura de la sien como toda una diva. Mis ojos proyectaban la inmensa calma que no abrigaba en ningún espacio de mi ser. La observé con más atención. Ella era de tamaño colosal. Poseía un cuerpo y patas peludas de color café y mostraba un abdomen en forma de almendra.

Luego, la dejaron reposar sobre mi hombro desnudo y me convertí en una estatua de piedra. Uno de ellos advirtió el terror que mis ojos destilaban y sugirió que relajara la mano para que circule la sangre. Alguien del equipo la retiró. Alcé la vista y cerré los párpados. Otra vez las lágrimas me traicionaron. Ni siquiera estábamos en la mitad de la sesión.

—Lo siento —dije con la voz casi apagada. El director de fotografía se acercó con un pañuelo desechable y secó mis lágrimas.

—Tranquila. ¿Podemos continuar? —preguntó con una mirada piadosa y respondí que lo hicieran. Volví a posar y la colocaron en mi mano.

—Esto es lo que necesitas para convertirte en una profesional —aseguró el fotógrafo, un tipo gordo de cabello corto y lacio, pero de trato agradable.

Entonces, él disparó los flashes de su cámara en los cinco minutos más largos de mi vida.

Cuando la pesadilla acabó, cuando las fotos de belleza con la tarántula habían terminado, abandoné el estudio y busqué un lugar en los peldaños de la escalera.

Estaba orgullosa de mí porque conseguí hacerlo, pero me sentí muy mal por mostrarme tan indefensa. A pesar de haber enfrentado a uno de mis terribles miedos, no tuve fuerzas para impedir la explosión de llanto.

Desencarnados

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Bajo un cielo que llora a mares, las sirenas son incapaces de perturbar a la ciudad que nunca duerme. Aquella ambulancia que atraviesa velozmente las arterias del corazón de la Gran Manzana, traslada a una joven mujer que grita de dolor.
—Tranquila, Lizzy. Todo saldrá bien —dice Molly, la amiga que está a su lado, mientras le acomoda los rubios mechones que caen por su frente.
La sangre no deja de manar de sus partes íntimas y ha manchado la blancura de la camilla. Armado de una admirable dosis de calma, el paramédico coge una jeringuilla. La ampolla aliviará la crueldad del sufrimiento.
Cuando el vehículo llega a su destino, Elizabeth es conducida al área de emergencia. Molly corre detrás para asegurarse que ella reciba la atención médica adecuada.
—Ha perdido mucha sangre y tiene fuertes cólicos… Lleva tres meses de embarazo —advierte con la voz temblorosa.
—Nos ocuparemos. Espere afuera. Señorita, pídale los datos de la paciente.

La sala de espera hervía de gente. Los dedos temblaban tanto que Molly no pudo encender un ordinario cigarrillo y maldijo. Se preguntaba por qué tardaban tanto en llamarla, habían pasado casi cinco horas. Demonios, ¿qué estaba pasando detrás de esa puerta de vidrio?

De pronto, salió un médico, de aquellos con mil huellas en el rostro y de cabellos grises, y dijo su nombre. Ella corrió con el corazón en la mano.
—Hemos logrado estabilizarla. Sin embargo, lamento decirle que perdió al bebé —afirmó, mientras leía el informe médico.
—Por favor, quiero verla.
—Solo cinco minutos. Está sedada.

Elizabeth dormía en una cama. Parecía un ángel. De su brazo nacía aquella interminable vía unida por una cánula alargada a un frasco suero. Los latidos de su corazón era controlados por una máquina de sonido insoportable.
—Te pondrás bien, Lizzy. Ya lo verás —susurró, mientras tomaba con suavidad su mano y entonces, ya no pudo retener las lágrimas.

***

—Pide un deseo y sopla las velas —le dice al oído.
En una amplia mesa del comedor, Elizabeth estaba sentada frente a un enorme pastel de cumpleaños. Era su favorito: chocolate con fresas y abundante crema chantilly. Ella aprieta suavemente sus labios carnosos y luego, apaga las velas de un soplido. Estalla en pequeñas risas y aplaude divertida.
—Felicidades a la flamante heredera de una tía lejana —dijo Sam con una sonrisa forzada.

Entonces, ella hunde uno de sus dedos en la crema batida y lo lleva a su boca roja haciendo un movimiento sensual.
—¿Quieres hacerme una propuesta indecente? —pregunta él en voz baja y con un peculiar brillo en la mirada.
Ella sonríe. Él se levanta y la besa de a pocos. Ella responde con ternura y después, como un volcán en erupción. Sam la carga en sus brazos. La cama del dormitorio siempre está dispuesta. De día o de noche es lo que menos importa.

En la galería de arte, tibios rayos de luz se filtran por las ventanas. Elizabeth habla por teléfono y juega con un lapicero entre los dedos.
Tratando de pasar desapercibido, uno de sus compañeros le alcanza un ramo de rosas rojas que deja sobre el escritorio.
Deben ser de Sam. Ayer pasamos una noche inolvidable, piensa ella. Cuando lee la tarjeta, ésta dice: “Elizabeth, aléjate de él”.
¿De él? ¿quién es él? ¿quién ha enviado estas flores? ¿es una broma? No había terminado de procesar el mensaje rodeado de misterio, cuando Molly llegó hecha un torbellino.

—¿Sabes la noticia?
—No. ¿Qué pasó?
—Anoche en Bedford_Stuyvesant… una bala perdida le atravesó el corazón.
Elizabeth enmudeció, sus ojos azules parpadearon, temía preguntar.
—¿De quién hablas?
—De John Gray. Murió camino al hospital.

Quedó impactada al escuchar ese nombre. Habían pasado tres años desde la última vez que lo vio. Si bien no sabía nada de él, John siempre fue un enigma. Ahora, ya no estaba aquí. Nunca le deseó ningún mal, a pesar de la crueldad y las humillaciones aceptadas por voluntad propia. Fueron nueve semanas y media en las que su lado oscuro salió a flote y deseaba borrar de su pasado.
—Necesito respirar aire fresco —dijo, cogió un suéter blanco y salió a la calle.

El bullicio de la ciudad lo acaparaba todo hasta adueñarse de sus más íntimos secretos. Ella quiso zambullirse en el mar humano y caminó sin rumbo fijo.

En casa, no pudo conciliar el sueño aquella noche. Intranquila, se movía de un lado a otro acostada en la cama. El tic tac del reloj le producía un agradable trance hipnótico hasta que el teléfono rompió la magia. Como una gata mimosa, ella se levantó y caminó en medias blancas de algodón.
—¿Aló? —preguntó con esa voz tan dulce de niña inocente seguida de un largo hilo de silencio.
—¿Aló? —insistió y al no obtener respuesta, colgó. Giró sobre sí y el aparato volvió a sonar.
—¿Quién habla? —interrogó al tomar otra vez el auricular, mientras escuchaba de fondo los sonidos de autos en movimiento y diálogos indescifrables de la gente. Mortificada, soltó una palabrota y a punto de colgar, le pareció oír el murmullo de tres palabras.
—¿Qué estás sintiendo?

Elizabeth soltó el auricular como si ardiera y este quedó oscilando en la mesa como un péndulo diabólico. El terror se reflejó en sus pupilas. Muy asustada, corrió y estuvo a punto de caer en el piso encerado, pero cruzó el umbral de su habitación.

***

Sentados en el cómodo sofá, él la rodeaba con sus brazos y ella hundía la cabeza en su pecho. Se sentía protegida, segura, a salvo como la típica niña que teme al monstruo encerrado en el armario. Elizabeth le mencionó la siniestra llamada y los detalles de la tóxica relación que tuvo con John.
—Querida, creo que tus nervios te traicionan… Debes superar el pasado. Ahora somos tú y yo —dijo, mientras le acariciaba la mejilla. Elizabeth cerró los ojos. Suspiró aliviada.
—Ah, gracias por las rosas que me enviaste ayer. ¡Eran preciosas!
Sam la miró con extrañeza. Le respondió que él no había enviado flores ni nada parecido.
—Quizás fue un admirador secreto —replicó mostrando la blancura de sus dientes.
Ella solo atinó a mirarle muy desconcertada. Luego, él sacó varios documentos de un portafolios. Elizabeth le había pedido que administrara una fortuna que ascendía a millones de dólares. Sam le dijo que debía firmar los escritos y ella, que confiaba ciegamente en él, estampaba su rúbrica sin previa lectura.

Tras un complicado día de trabajo, Molly y ella tomaron un café en el restaurante de la esquina.
Entonces, Elizabeth le contó los hechos extraños que habían ocurrido como el ramo de rosas (y los que continuaban llegando a la galería con frases que advertían un cercano peligro) y aquella voz susurrante que escuchó por teléfono.
—Lizzy, estás muy tensa. Necesitas distraerte. ¿Por qué no viajas con Sam?
—No lo sé. Puede parecer absurdo, pero me siento acechada.
—¿Acechada? ¿Por un fantasma o algo así? No me digas que… ¿acaso no será John?
—Eso no es gracioso. Regresemos a la oficina.

***

Un fin de semana, Sam y Elizabeth decidieron disfrutarlo en una villa llamada Aurora en el condado de Cayuga, a cuatro horas de Nueva York. Alquilaron una rústica cabaña rodeada de sauces frondosos, patos silvestres de brillantes plumajes y un lago de aguas tranquilas y azules donde abundaban los bagres.
Ella se sentía renovada. Dieron cortos paseos, tomados de la mano y robándose besos como dos adolescentes enamorados.
Cuando cayó el atardecer, Sam le pidió a ella que regresara a la cabaña, pues tenía que comprar algunos víveres. Se despidieron con un tierno beso.

En la casa, Elizabeth quiso encender la televisión, pero los ruidos del exterior llamaron más su atención y entonces, se asomó a la ventana.
A escasos metros, divisó una ambulancia y dos vehículos policiales, rodeados de hombres con uniformes y otros con mascarillas y guardapolvos blancos. Muchos curiosos se acercaban y algunos eran interrogados por los miembros del orden.
Decidió salir para ver qué había pasado cerca a las orillas del lago Cayuga. Preguntó a varias personas, pero ninguna le respondía. Entonces, vio que colocaban un cuerpo cubierto sobre la camilla.
Cuando uno de los hombres descubrió el rostro de la víctima le preguntó a otro de barba y contextura gruesa si podía reconocerla.
—Sí, su nombre es Elizabeth McGraw. Alquiló esa cabaña con un tipo alto y delgado llamado Sam Roberts.
Ella tambaleó. Se vio a sí misma en aquella camilla y se cubrió la boca con ambas manos. Ella era el cadáver que trasladaban esos extraños.
—¡Elizabeth! ¡Elizabeth! —escuchó una voz masculina que la llamaba con insistencia. —¡Perdóname, no pude detenerlo!
Cuando ella volteó, sintió que un fuerte escalofrío la recorrió de pies a cabeza. No podía creerlo. Era imposible, pero ahí estaba él frente a ella, a poca distancia con esa mirada que la estremecía y le quitaba el control de su propia voluntad.
Sintió que la puesta del sol, el inmenso muelle de madera, los frondosos sauces y las eternas voces empezaban a girar alrededor de ella cada vez a mayor velocidad.
No pudo soportar la furia del vendaval y ella se desvaneció en unos largos brazos que aguardaban estrecharle y quizás pertenecían a un hombre que la había amado a su manera.

Este relato participa en el #OrigiReto2019, tiene 1.536 palabras y cumple con el Objetivo #17: Haz un fanfic. Está basado en la mítica película ” Nueve semanas y media” (1986) y es la adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre escrita por Elizabeth McNeill. He cambiado el género de la historia por el suspenso.

Objetos ocultos: #3 (una jeringuilla) y #6 (un informe médico).

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

http: //nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

http://plumakatty.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de mayo:

Merlina

Por trigésima vez, sus brillantes pupilas recorrieron el espejo ovalado. Con los dedos que terminaban en uñas largas y pintadas de blanco, peinó el cerquillo dorado y rebelde.

Del joyero forrado de suave terciopelo azul, tomó una sortija con amatista y la colocó en su dedo anular izquierdo. Entonces, ella batió sus alas y susurró un hasta pronto al dormitorio de paredes celestiales.

Como de costumbre, Merlina se deslizó en el viejo pasamanos de la escalera como el tren más veloz de Japón. Pero hizo un mal cálculo y estuvo a punto de aterrizar encima de Perseo que descansaba en una mullida cama. Soltando un ruidoso maullido, el minino supo esquivar al peligroso misil. Con el pelaje erizado, corrió y se refugió bajo el sofá, dejando un gran charco de orina.
Muy alborotada, la joven de ojos grandes y saltones cogió la botella con jugo de naranja y los cuatro panes con torreja que le preparaba su mamá para guardarlos en una mochila que llevó al hombro.

Caminando a la universidad, devoró el desayuno con apetito voraz, regando las migajas por el suelo como si dejara un rastro perceptible e imitara a Gretel, la niña del clásico cuento.
Terminadas las clases de enfermería, Merlina corrió al parque para sentarse bajo la sombra de su olivar favorito. Sacó un libro de su mochila y empezó a buscar la página donde había dejado su lectura. El marcapáginas con pompón rojo siempre era su salvador.
De pronto, las tinieblas la envolvieron. Alzó la vista. Era Jenny, su mejor y única amiga, la que sabía comprender su espíritu solitario y adicto a los buenos libros.
—¡Hola, Merlina! —saludó con un agradable timbre de voz—. Quería invitarte a mi fiesta de Halloween en casa. ¿Vendrás?
—“Querías”: tiempo pretérito imperfecto.
—Vamos, no seas tan susceptible. Sabes que me encanta tu forma de ser —dijo, mientras un inesperado viento revolvía su melena de ébano—. Te espero la noche del jueves. ¡No olvides el disfraz!

De regreso a casa, Merlina sentada frente a la cómoda, cepillaba su largo y liso cabello y pensaba si sería buena idea, asistir a la reunión de Jenny. No sabía bailar, tenía dos pies izquierdo y tampoco le agradaba la música a todo volumen. La mayoría de los jóvenes la tildaba de aburrida. Al final, deshojaría margaritas frescas, mientras se balanceaba en el viejo columpio del patio.

La última tarde de octubre, ella abrió su armario de par en par y buscó el único disfraz que tenía: si era de bruja mala o buena, no lo sabía con certeza. Era una interminable capa con capucha en tono lila que solía combinar con pantalones y un par de botines negros. Se maquilló un poco más de lo acostumbrado y al no encontrar la blusa adecuada, optó por un escotado bividi que descubría sus generosos encantos.
—Quizás, esto sirva para que algún chico se fije en mí —pensó.

Y en el camino a la fiesta, Merlina tuvo que sortear a un grupo de monstruos enanos que exigían dulces a diestra y siniestra. Cuando llegó a la casa de su amiga, dos pies mutilados y bañados en sangre colgaban de la puerta vestida de telarañas. Rodeaban la entrada, una hilera de cráneos que reposaba en calderos de hechizos y calabazas sonrientes con velas encendidas.
Tocó el timbre y desde el interior se escuchaba la música que reventaba los tímpanos. Jenny le abrió.
—Pasa, Merlina.
En la sala, cortinas de telarañas pendían de las paredes y ventanas, así como pequeñas sombras de murciélagos y arañas. Globos naranjas y negros con rostros terroríficos intentaban robar un susto al más despistado.
Bajo una lámpara del techo se mecía un terceto de fantasmas de papel y este a su vez, contemplaba un grupo sui generis que danzaba: hombres vampiros que pretendían a chicas góticas, novias maltrechas que eran seducidas por ángeles caídos y poderosas hechiceras que revivían a zombis de cuerpos putrefactos.
Merlina se sentó en un rincón, al lado de un esqueleto abandonado, aguardando que algún engendro la sacara a bailar. ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! Las horas dejaban huellas en el aire.

Con la cara enrojecida de cólera, ella se levantó para dirigirse al baño que estaba al fondo del pasillo. A punto de ingresar, escuchó ruidos que parecían provenir de uno de los dormitorios. Eran como los rasguños que hace un perro en la puerta cuando está encerrado.
A paso lento, caminó hacia ella. Su mano derecha giró la manija y en un abrir y cerrar de ojos, la muchacha fue arrastrada por una fuerza sobrenatural.
Dentro de aquella habitación, la oscuridad imperaba y a tientas, sus largos dedos buscaron el interruptor. Cuando el lugar se inundó de luz, sus pupilas azules se encontraron con los ojos quietos de una avestruz disecada. Merlina gritó horrorizada, llamando a su mamá.
—¡Cálmate! ¡Tranquilízate! —dijo una serena, pero firme voz. Cruzando las piernas, una señora que ya peinaba canas y lucía vestido púrpura y zapatos de tacón, descansaba en un vetusto sillón.
—Te esperaba, Merlina.
En forma desmesurada, la joven abrió los ojos y como siempre le ocurría al estar nerviosa, comenzó a tartamudear.
—¿Có-có-cómo sa-sa-be mi-mi nom-bre se-se-ñora?
—Me llamo Amanda y soy la abuela de Jenny —respondió luego de carraspear y ponerse de pie.
—Iré al grano, niña. ¡Soy una bruja!

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Merlina y después, siguió un arsenal de risitas burlonas. Por su mente ingenua, cruzó la idea de que la doña había bebido todo el ponche de la fiesta o quizás, su delirio era producto de los caramelos rellenos de licor.

—¡Y tú eres la elegida!

La última frase sacudió la cabeza de la joven como si hubiese sido golpeada con un bate de béisbol. Su hilaridad se apagó, pero el cuerpo fue abrasado por un frío helado.
Amanda giró sobre sí y abrió un armario, del cual extrajo un báculo, cuyo mango mostraba el cráneo de un animal engarzado a una verde esfera.
—Te servirá para hacer los hechizos —aseguró mostrando el peculiar bastón—. Y además será tuyo este libro: “Aprenda magia blanca en dos semanas” que incluye el decálogo de las brujas wacamole.

—Disculpe, señora, pero yo no quiero ser una bruja.

Desconcertada ante la inesperada respuesta, Amanda levantó una ceja y se quedó boquiabierta, mientras observaba que Merlina se disponía a abandonar el lugar. Pero al abrir la puerta, un enorme perro de tres cabezas que ladraba furioso, asomó los hocicos para morderla. Pálida del susto, la cerró ipso facto y corrió hacia la ventana que estaba abierta. Apenas sacó la pierna al exterior, ella sintió algo húmedo y pegajoso. Su sorpresa fue enorme cuando vio el tentáculo de un pulpo gigante. Le picó el ojo con el taco del botín y en menos de lo que canta un gallo, también cerró la ventana.
—¿Qué está pasando? ¡No puedo salir de aquí! —protestó a punto de quebrarse.
—No puedes escapar de tu destino.
En pocas palabras, Merlina se hallaba entre la espada y la pared. Asumió la derrota e inclinó la cabeza. Sacó de un bolsillo, un pañuelo blanco que agitó con resignación en el aire.

El siguiente paso fue la ceremonia de iniciación y para ello, Amanda y Merlina vistieron largas capas azules con destellos dorados. La joven que aún temblaba como gelatina ocupó el centro de la habitación, mientras Amanda regaba puñados de sal alrededor de ella formando un círculo. Con la punta de la vara mágica, tocó suavemente la cabeza de Merlina y pronunció:

Bidiba, bidibu

Invoco a los espíritus de mis ancestras

Para que todo mi poder sea otorgado

A esta niña llamada Merlina”.

(sé que no rima, pero nunca fui buena para escribir poesía).

De la cabeza a los pies, un potente y cegador baño de luz, que duró apenas escasos segundos, cubrió a la joven. Y sin que ella misma pudiera explicárselo, sintió una inmensa y repentina felicidad en su interior: era como si hubiese vuelto a nacer.
—Listo. El ritual se acabó —dijo Amanda y abrazando a la flamante hechicera, agregó— Escucha, Merlina, mañana Jenny llevará el libro junto con el bastón sagrado a tu casa.
—¡Oh, está bien!
—Y nunca olvides esto: somos brujas blancas y hacer maldades no es lo nuestro —hizo una breve pausa—. Si necesitas un consejo, búscame. Siempre estaré aquí. Allez allez!
Con suavidad, Amanda empujó a Merlina hacia la puerta y apenas ella salió al pasillo, la habitación se cerró más rápido que el viento.

De regreso en la fiesta, los hombres vampiros, demonios y zombis la rodearon como las moscas a la miel, pero ella les dio calabazas. Más bien, llamó su atención un muchacho que estaba solo en un rincón.

De sus ojos brotaban lágrimas azules, pero sus labios pintados de rojo traducían una alegría infinita. Su cabello era tan verde como un campo de brócolis maduros y vestía un traje marrón rojizo que gritaba sus deseos de vivir.

Armada de una tímida sonrisa y extendiendo su mano, ella lo invitó a bailar. Él aceptó con una cómplice mirada y ambos sacudieron los esqueletos toda la noche de brujas. Muy pronto, Merlina escribiría un nuevo capítulo en el libro de su vida.

El relato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 1.531 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_Objetivo #24: Utiliza una de las dos imágenes sugeridas para basar tu relato en ella.

_Objetos ocultos:

#14 (avestruz disecada)

#33 (decálogo)

Pueden consultar las bases en los siguientes blogs:

@Musajue http://plumakatty.blogspot.com

@Stiby2

http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de octubre: