Rosa mística

(Lima colonial del siglo XVII. En la banca de un convento, una joven que viste el hábito de la orden dominica lee un libro. De pronto, una dama de la clase alta se aproxima…).

—He caminado tanto hoy. Solo espero que no me sangren los pies. Buenos días, ¿puedo acompañarla?
—Dios la guarde. Tome asiento.
—¡Y hace tanto frío que los huesos empiezan a crujir!
—Es el invierno que anuncia su llegada.
—Disculpe, creo que no me he presentado. Soy doña Inés de Lavalle Ampuero. Mi esposo era don Luis de Alcalá y Leiva, conde de Nieva.
—(Rosa asiente con la cabeza).
—Por casualidad ¿no será usted la hermana Rosa Flores?
—Sí, para servir a su merced.
—La gente habla mucho de su persona.
—…
—Está en boca de los nobles, los criollos e incluso de los indígenas y los negros.
—…
—Dicen que usted hace milagros, devuelve la salud a los enfermos y hace que llueva en bien de las cosechas.
—Yo no hago milagros; solo Dios puede hacerlos. Solo soy una humilde intercesora que pide con fervor.
—Y además habla con los animales como mosquitos, pájaros y gallos; y las plantas… Aunque a decir verdad, yo también acostumbro hacerlo y no tiene nada de extraño.
—Los animales y las plantas forman parte de la creación y por lo tanto, son criaturas del Señor.
—He oído que rechazó a varios pretendientes de familias pudientes. Supongo que les causó un enorme disgusto a sus padres.
—Yo los amo con todo el corazón y como hija les debo obediencia y respeto…
—…
—Pero yo vivo muy contenta con el amor hacia Jesús. Es la decisión que ellos supieron aceptar.
—Si yo fuese usted, una muchacha educada, de rostro tan bello y dueña de esas manos tan delicadas, habría aceptado el mejor partido.
—La belleza es un reino muy corto y el oro es la moneda que ofrece el mundo para perdernos.
—Quizás tenga razón, pero el dinero es un mal necesario y no hay nada más allá de este mundo material.
—Más allá solo hallaremos amor. Solo el amor puede vencer a la muerte, el amor es vida.
—Hablando de otro tema, le confesaré que aún guardo mi vestido de novia traído desde España. Es de tonalidad pastel y bordado con hilos de oro y plata. ¡Ay, ese vestido es un sueño! Para mala suerte la mía, solo tuve dos hijos varones y ninguna hija que pudiese lucirlo.
—Dichosa quien pueda usarlo en el altar.
—Se lo digo por si cambia de parecer porque usted no es monja de convento, ¿verdad?
—No lo soy y si estoy aquí es porque aguardo a mi confesor. ¡No sé por qué tarda tanto!
—…
—Hasta el fin de mis días llevaré esta túnica blanca de pureza y esta capa negra de penitencia.
—¿Dijo penitencia?
—Sí.
—Con mortificaciones del cuerpo…
—La mortificación es necesaria para ser colmados por el espíritu de Dios.
—¿Y no le parece algo extremo flagelarse, llevar cilicios que desgarran la piel y una corona de espinas bajo el velo?
—…
—No tema, yo no soy miembro del Tribunal de la Inquisición. Lo mío es simple curiosidad femenina. Esto es algo que solo quedará entre nosotras.
—Con mi dolor quiero compartir el sufrimiento de mi Señor. Aparte de la cruz, no existe otra escalera para llegar al cielo.
—…
—…
—¿Y dígame, puede ver a Cristo?
—…
—…
—Lo veo en cada ser humano, en todas las almas que sufren y en todos los que tocan a mi puerta con fe y esperanza. Él siempre está entre nosotros.
—Por lo tanto, si es capaz de verlo, también puede escuchar su voz…
—Igual que la escucho a usted.
—¿Y qué le dice?
—Sus palabras son únicas y vencen el paso inexorable del tiempo. Ellas brindan consejos y consuelan a los hermanos que saben guardar silencio.
—No lo tome a mal, pero esas visiones místicas que experimenta ¿no serán desvaríos debido a sus rigurosos ayunos?
—…
—¿Alguna vez se ha preguntado por qué los cristianos llegaron al Nuevo Mundo con guerras y destrucción si predicaban el amor al prójimo?
—…
—¿Por qué deben sufrir tantos indígenas en los obrajes?
—Yo también me lo he cuestionado desde que era niña, pero debo entender que el sufrimiento tiene un valor que nos redime.
—…
—…
—Veo que luce un anillo en el dedo. ¿Es una joya de familia?
—No.
—¿Entonces?
—Tiene su historia.
—Quizás le guste compartirla con esta humilde oyente.
—Un Domingo de Ramos, cuando oraba de rodillas ante la Virgen del Rosario, sentí que la imagen del niño Jesús dijo: “Rosa de mi corazón, yo te quiero por esposa”. Le pedí a mi hermano Hernando que se encargara del anillo y en el que debían grabarse las divinas palabras. Y en la mañana de Pascua, lo recibí de manos del sacerdote.
—…
—Es un anillo simbólico de mi unión perpetua con Cristo.
—…
—…
—Es usted una joven que sabe lo que desea alcanzar en la vida.
—Yo sé lo que debo hacer.
—…
—Usted sabe mucho acerca de mí…
—Me creería si yo le dijera que todo me lo contó un pajarito.
—(Temerosa, Rosa giró sobre sí) ¿Quién, quién es usted?
—¿¡No lo has adivinado aún!?
—…
—Te daré una pista. (Le coge el brazo izquierdo con fuerza). Soy quien te tortura cada vez que bajas a la despensa para recoger los víveres, el que despedaza tus malditos libros para arrojarlos al muladar, el que interrumpe con sonoras carcajadas tus largas y patéticas plegarias en la ermita del huerto, soy eso y mucho más, Rosa de Santa María. JAJAJA
—¡¡¡Eres … el sarnoso!!! ¡¡¡Aléjate!!!
—Desde ahora te digo que caerás gravemente enferma, tu madre derramará muchas lágrimas y tu agonía será tormentosa; sentirás que una lanza de fuego te atraviesa de pies a cabeza.
—¡¡¡Mi Señor, ayúdame!!!

(Rosa logra zafarse de la extraña mujer y en su lugar, aparece un mastín de pelaje negro que ladra muy furioso. El animal corre hacia la calle).

—Señor… gracias por haberme dado fuerzas y librado del peligro… Tu luz es la que me ilumina. Bendito seas por siempre. Amén. (Rosa cae de rodillas al suelo y empieza a orar).

El relato que acabas de leer está enmarcado en el #OrigiReto2019 Tiene 1.035 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_Objetivo #22: Escribe un relato con solo diálogos o una obra de teatro. Este objetivo puede hacerse a cuatro manos con alguien más del OrigiReto (contará para ambas partes).

_Objetos ocultos: #21 (un demonio) y #26 (un vestido de novia).

Pueden consultar las bases en los siguientes enlaces:

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Nota de redacción:

El relato de ficción “Rosa mística” se basa en algunos pasajes de la vida y milagros de la primera santa de América, Santa Rosa de Lima (valga la redundancia).

Lo escribí con mucho cariño y respeto. Gracias.

Café con un extraño


Entré a aquel café distraída y con un paso rápido. Un hombre de cabello blanco que sostenía un café en una mano y un croissant en la otra, se detuvo para darme el paso. No le di importancia al gesto de caballerosidad de aquel sujeto porque esa mañana mi cabeza estaba hecha un lío. Había tenido otra fuerte discusión con Lionel porque el quería mudarse de ciudad, mientras que yo me oponía rotundamente.

Ocupé una de las mesas de madera que estaba cerca a la ventana y pude advertir que pequeñas gotas empezaban a resbalar en los cristales. Era la señal inequívoca de otro día invernal en Lima. Sin embargo, eso pasó a un segundo plano, cuando el ambiente fue invadido por un agradable aroma a café recién pasado.

Advertí que la mesera de uniforme azul y melena recogida en una cola de caballo se acercaba, portando una pequeña libreta y un lapicero.
_ ¡Buenas! Quisiera un capuccino, por favor _ dije en tono muy amable, pero cuál sería mi sorpresa. Aquella joven me ignoró por completo, atendiendo a un tipo que había llegado después que yo y ocupaba la mesa contigua.
De pronto, sentí la mirada fugaz del hombre de cabello cano que estaba sentado a lo lejos y que tomaba a sorbos su café. Por momentos, escribía en un cuaderno de forma compulsiva. Pasaron los minutos y yo estaba pensando en Lionel, cuando él se aproximó.
_ Disculpe, ¿puedo sentarme?
_ Estoy esperando a mi esposo _ respondi con la firmeza de mi voz.
Bajando la mirada y algo avergonzado, él se alejó a paso lento, volviendo a su lugar. En eso, una señora vestida de negro y una niña de abrigo rosado y gorro blanco, ingresaron al local, sentándose conmigo.
_ Lo siento, señora, no puede ocupar este sitio. Espero a mi esposo.
Otra vez, la joven se acercó y tomó el pedido de aquella mujer, mientras que yo protestaba muy enojada. Sentí que mis mejillas se encendieron. La dulce voz de la nena con ojos verdes y largas trenzas apaciguó mi ira, pero me dejó desconcertada.
_ Tía Ana, ¿quién es la señorita que está a tu lado?
_ ¡Lourdes, por favor!_ replicó ella muy fastidiada _ En esta mesa solo estamos tú y yo.
La muchacha no tardó en regresar con unas bolsas de plástico. De forma mecánica, la mujer pagó la cuenta, tomó los pedidos y salió de la cafetería, cogiendo de la mano a la niña que giró sobre sí para regalarme una mirada compasiva.
El hombre de cabello cano volvió a abordarme.
_ Por favor, tengo algo muy importante que decirle _ dijo, sentándose a mi lado.
_ ¡Quiere dejarme en paz! _ grité, muy ofuscada.
_ Se trata de su esposo Lionel.
_ ¿Lo conoce? ¿De dónde? ¿Quién es usted?
El extraño guardó un breve silencio. La vida había dejado profundas huellas en su rostro iluminado por unas pupilas color avellana.

Sobre la mesa, él dejó un cuaderno que mostraba figuras góticas en la carátula y guardó el bolígrafo en el bolsillo de su saco gris.
_ Él está en el hospital, pero va a recuperarse. Fue un accidente de tránsito, donde usted… usted murió.
_ ¡Está demente!
_ Por favor, debe creerme. Intente tomar el servilletero de la mesa. ¡Vamos! ¡Hágalo!
_ ¡Qué estupidez! _ respondi muy molesta y alargue la mano derecha. Mis dedos se hundieron en ese objeto como si fuese el agua que caía de un arroyo. Era imposible que pudiera cogerlo. Mi mano era transparente. Sentí que un viento helado recorrió todo mi cuerpo.
_ Es una pesadilla y en cualquier momento voy a despertar. Esto no puede estar pasando… _ dije aterrada y a punto de quebrarme
_ ¡No se angustie! Ahora puede cruzar. Sus padres la esperan con los brazos abiertos.

En eso, la mesera se acercó y preguntó con mucha curiosidad:
_ Disculpe, señor. ¿Con quién habla?
_ Yo… yo estaba leyendo en voz alta. Soy escritor _ afirmó, mostrándole las páginas de su cuaderno, lleno de miles de párrafos escritos a mano.

No pude soportarlo más. Desesperada, apoyé mis manos en la cabeza y di un alarido de dolor. Alrededor, las tazas de fina porcelana estallaron, quedando en minúsculos pedazos esparcidos en las mesas y en el piso que brillaba como espejo.

La oscura bebida goteaba de sus rostros. Algunos clientes profirieron gritos y otros derramaron lágrimas. El resto de la gente trataba de calmarlos. Era un cuadro infernal. Envuelta en mi profundo dolor, desaparecí.

Lenguaje musical

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Obertura. En luminoso amanecer, Orfeo se internó en la espesura. Cantaba y rasgaba las cuerdas de mágica lira, cuyas notas viajaron a través del aire puro.

De pronto, el joven mortal escuchó una melodiosa voz. _ Ven, acércate, ven _ entonaba. Sin dejar de tocar, él llegó a un solitario roble que mostraba el símbolo α Lentamente, siguiendo el ritmo de la improvisada serenata, el tronco se abrió en dos.

Interludio. El asombro se dibujó en su rostro. El poeta contempló a la criatura más bella de nívea túnica que abandonaba su morada. Ninfa del bosque. Divino ser de largo cabello, blanca piel y ojos color violeta.

_ Hermosa doncella, soy el príncipe Orfeo _ dijo con la voz temblorosa _. ¿Cuál es tu nombre?

_ Eurídiceee _ respondió con un sonido que arrulló la floresta. Orfeo la quiso desde el primer instante. Su música la conquistó. Eran dos almas que hablaban el mismo lenguaje musical. Finale.

 

El microrrelato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 904 caracteres y cumple los siguientes puntos del reto: 

_ Objetivo 3: Escribe un relato en el que la música tenga un papel importante. 

_ Objetivo oculto 7: una letra del alfabeto griego. 

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Y aquí está la pegatina del mes de julio. 

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Con Alma de ‘Muñeca’

Antes de pertenecer a Zaida, la bruja norteña de cabello plateado, yo solo era una preciosa gema que irradiaba el color del mar. Para mala suerte mía, ella invocó al señor de las tinieblas pronunciando extraños vocablos y quedé transformada en una joya maldita.
Entonces, adquirí el poder de otorgar la mejor puntería del mundo y la suficiente sangre fría a quien supiera lucirme con la cabeza en alto. Y fue así como llegué a las hábiles manos de Alma, una sicaria con rostro angelical de solo quince abriles.

Ella abrió los ojos por primera vez en un barrio invadido por la oscuridad, donde imperaba la ley del más fuerte, donde las armas de fuego hablaban por sí solas y donde la felicidad pasajera se vendía en paquetes precintados.

Aquella niña, cuya mirada abrazó una larga historia de melancolía, se ganó el apelativo de ‘Muñeca’ y creció a la deriva como una flor salvaje, mientras su progenitora se ahogaba en mares de alcohol y su padrastro entraba y salía de las cárceles como Pedro en su casa.
Y desde muy temprano, la naturaleza le concedió irresistibles encantos. Atraía a los hombres con la firmeza y redondez de sus senos y luego, seguía el juego de seducción en camas de hostales baratos donde los clientes sucumbían ante los frenéticos movimientos de sus ampulosas caderas.
Más tarde apareció en su vida, el ‘Chino Manolo’, un ex recluso de amplia trayectoria que solía cubrir las heridas de guerra de su cuerpo con diabólicos tatuajes y seleccionaba a jovencitas para adiestrarlas en el rentable oficio de la muerte.
Armado de la paciencia de Job, les enseñaba cómo manejar pistolas automáticas de 19 milímetros.

— Directo a la cabeza o al corazón porque lo primero es asegurarse sino ya perdieron  — aconsejaba, mientras tenía bajo sus pies alfombras bordadas con puchos de cigarros.

En un abrir y cerrar de ojos, el tiempo pasó y a sus 17 años ‘Muñeca’ se había convertido en una gatillera profesional. Yo, el zafiro azul embrujado, le daba protección y buena suerte para quitarle la vida a los demás y conservar la propia.
Los gruesos fajos de billetes en tonos azules y rosados le permitían comprar todo lo que una chica de su edad podía desear: muchas joyas, ropa de marca y un amasijo de caprichos.

Una gélida mañana de invierno, salió a cumplir un trabajo. Se trataba de asesinar a una madura empresaria que había sido vigilada por las jóvenes discípulas de Alma durante una semana.
Como de costumbre, ella me tomó amorosamente entre sus dedos para estamparme un beso de fe ciega y musitar palabras que nunca llegué a descifrar.
Vestida de negro de pies a cabeza, subió a la motocicleta y se colocó el casco que ocultaba su rostro aterciopelado. Dio varias vueltas al domicilio de su próxima víctima y aguardó que la señora saliera a la calle desierta para abordar su auto. Pasó muy cerca de ella y detuvo la marcha. Con la frialdad de un iceberg, la gatillera le apuntó con el arma.
Pero aquella indefensa mujer no dejó que el miedo la paralizara y su cerebro ordenó que las piernas empezaran a moverse. Corrió con dirección a su vivienda. Por desgracia, la fuerte llovizna había dejado la acera muy resbaladiza y la señora cayó de rodillas como si implorase piedad a la inhumana verduga. ‘Muñeca’ disparó tres veces. Directo a la cabeza. El silenciador que coronaba el cañón del arma no rompió la calma.
La mujer quedó inmóvil en la vereda donde comenzó a brotar un manantial de sangre. Eran las seis de la mañana.
Sin perder ni un segundo, la asesina emprendió la fuga como alma que lleva el diablo. De pronto, un auto de color oscuro y lunas polarizadas le cerró el paso. Para evitar la brutal colisión, Alma hizo un rápido viraje y acabó estrellándose contra un poste de alumbrado público. Los bajos espíritus la auxiliaron.
Como si no hubiese ocurrido nada, la pistolera se levantó e hizo lo mismo con la motocicleta que estaba a un lado de la calle. Y subió al vehículo para alejarse lo más rápido posible.

De regreso a su departamento, ella se percató que solo se había ganado varios rasguños en los brazos y en las piernas. Con la sangre hirviendo en las venas, arrojó las prendas que llevaba al cesto de ropa sucia y luego, desnuda entró a la ducha para que los chorros de agua fría lavaran el pecado mortal del quinto mandamiento.
Con suma delicadeza, secó su cuerpo y lo cubrió con una bata de felpa rosada. Caminó hacia el dormitorio, buscó el celular en su cartera de cuero y vio en la pantalla un mensaje de texto que decía: ‘Muñeca’, hoy es sábado chico. Te espero a las 10 p.m. en el lugar de siempre. Te quiere. Nacho”.
Cuando colocó la mano derecha en el cuello, ella palideció. Se dio cuenta que le faltaba algo. Ya no estaba. Había perdido el zafiro azul.  — ¡Maldición!  —dijo mortificada, pasando las manos por su cabello largo y dorado. — Tranquila, Alma. Debe estar en algún lugar del departamento. Vamos a buscar. Lo encontraremos.
Aunque dejara la habitación de cabeza, nunca me hallaría. Yo estaba abandonado en aquella vía donde tuvo el accidente.
En medio de tantos cachivaches, halló un microscopio llavero que antes de arrojarlo por la ventana, lo examinó con mucha curiosidad.
— ¡Mierda! ¿Dónde estás? Quizás lo perdí en… ¡Nooo! Ni cagando regreso ahí.
Envuelta en sus pensamientos, buscó un cigarrillo y lo mantuvo cautivo entre sus labios lujuriosos.
— La bruja me advirtió que nunca dejara de llevarlo, ni me lo quitara para bañarme  — recordó y entonces, el maldito teléfono sonó.
— Reina, no olvides nuestra cita.
— Mira, Nacho, no estoy de humor. Será otro día.
— Si no vienes, iré por ti, amorcito.
— ¡Nooo! Levantarías sospechas… Está bien, nos vemos — exclamó sin ocultar su fastidio y colgó. Nunca aprendió a decir que no al único hombre que la hacía sentir viva, aunque no tuviese ni una pizca de amor hacia él, un curtido pistolero.
Se acostó en la cama cubierta con edredón de plumas de ganso y sábanas de seda. El cansancio y la preocupación actuaron en complicidad y Alma cayó en un sueño profundo. Ella pudo ver que un inmenso círculo negro absorbía al brillante Sol y todo quedaba envuelto en penumbras. Intentó dar unos pasos, pero no podía. Sintió que la cogían fuertemente de los brazos y de las piernas. Una, dos, tres, las figuras sin rostros se multiplicaban. _ Ha llegado tu hora, Alma _ sentenció una voz de inframundo. Los seres mostraron sus caras y ella las reconoció. Dio un desgarrador grito y entonces, despertó. Todo el cuerpo le temblaba y no pudo más. Estalló en un mar de lágrimas.

Se arregló sin ganas. Solo retoco sus labios voluptuosos de rojo pasión. Se puso unos leggins negros y una polera con capucha del mismo color. Recogió la frondosa cabellera en un moño. Las pulseras de oro en la muñeca izquierda; las gafas oscuras y la pistola oculta daban el toque final. Bajó como una robot androide y abordó un taxi que no tardó en hacerla llegar a su destino.
La cantina de siempre estaba atiborrada de clientes. Sujetos avezados y chicas malas conversando en voz alta, fumando marihuana, libando licor y riendo a carcajadas en un ambiente de fraudulenta neblina.
En una mesa cercana a la entrada, Nacho aguardaba con una mirada de pocos amigos. Cuando Alma llegó, él improvisó su mejor sonrisa y se saludaron con un roce de labios. La procesión iba por dentro.
— ¿Qué pasa, reina? Te noto muñequeada — preguntó con esa voz que raspaba como lija.
— Perdí una joya muy valiosa.
— Te compraré mil joyas, mi reina. Sonríe y brindemos. ¡Salud!  — dijo alegremente y levantó su vaso de ron mezclado con gaseosa oscura para chocarlo con el de ella.
Los labios delgados de Nacho se movían sin parar, pero Alma no les prestaba atención porque su mente estaba muy lejos.
Las manecillas del reloj avanzaron y el huarique estaba quedando vacío. Solo permanecían dos sujetos de tez trigueña que vestían poleras con capuchas y shorts. Seguían fumando hierba y tomando cerveza. Con frecuencia, la miraban por el rabillo del ojo.
Ella podía verlos en el espejo rectangular colgado en la pared de enfrente que estaba garabateada con frases picantes. Tuvo un mal presentimiento y rara vez se equivocaba. — ¡Maldito hijo de perra! — dijo para sus adentros.
Fingió que ya estaba borracha y empezó a balbucear. Simuló quedarse dormida en la mesa y con lentitud, deslizó su mano derecha por la cintura para coger el arma. Nacho no tardó en levantarse, pero ella lo hizo con más rapidez. Apuntó el fierro y jalo del gatillo. La bala le dejó un enorme agujero en medio de los ojos. El río de sangre lo salpicó todo y Nacho se desplomó.
Antes de escapar, ella giró sobre sí y ejecutó varios disparos a los tipos que ocupaban la mesa contigua, pero lograron esquivar los proyectiles. Los matones corrieron detrás de ella, derribando antes las sillas y todo objeto que estorbaba en su camino.
En calles desoladas, la garúa amenazaba con desatar su furia. Alma seguía huyendo de sus posibles victimarios, sin dejar de jalar el gatillo, pero los esbirros respondían con más fuego. Hasta que ‘Muñeca’ dio un grito y se derrumbó sobre montículos de basura esparcidos en el suelo. Gruesos hilos de sangre nacían en su boca. Agonizaba y sus pupilas color avellana estaban apagándose. Los sicarios la alcanzaron y apuntando sus pistolas, descargaron una brutal lluvia de balas sobre su hermoso cuerpo. Alma se sacudía en la vía como la más vulnerable muñeca de trapo.

¡Ay, querida mía! Solo fuiste una víctima de las circunstancias, pero tarde o temprano, la vida pasa factura cuando el dinero llega fácil.

En otro lugar, muy lejos de allí, yo seguía olvidado en el pavimento hasta que una mano pequeña me recogió. Extasiada, la niña contempló mi belleza exterior y se alejó conmigo, saltando de alegría. — Si quieres puedes quedártelo, cariño —   le contestó su mamá. La infante sonrió… Lo siento, querida, temo que la historia volverá a empezar.

El relato anterior está enmarcado en el #OrigiReto2019. Tiene 1.697 palabras y cumple los siguientes puntos del reto:

_ Objetivo 1: Haz que el protagonista principal del relato sea un botijo o un objeto maldito (o ambas) o que la historia se centre en él.

_ Objeto oculto 13: un mensaje instantáneo.

_ Objeto oculto 22: un microscopio.

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Un sueño llamado Oryon

Golden estaba en silencio y el cielo perdía sus colores brillantes. En la muralla principal del castillo que se alzaba sobre el monte Jaru, aguardaba ansioso el rey Henry. Giró sobre sí y lo divisó. Batiendo sus enormes alas de murciélago, Sigfrido anunciaba su llegada con agudos gritos y escupiendo bolas de fuego. Aterrizó como la pluma más ligera.

— ¡Hola, amigo! ¿Cómo estuvo el viaje? ¿Todo bien? —  preguntaba con gran interés, mientras le acariciaba la piel escamosa y de tono dorado. Moviendo la infinita cola que terminaba en punta, el dragón le respondió con otro grito.

  — ¡Calma, calma que ya estás en casa! — dijo y abrió el morral que llevaba cruzado al pecho para extraer una carta. — Descansa, amigo, te lo has ganado. La criatura alzó vuelo y se marchó.

El soberano que era tan alto como un torreón y vigoroso gladiador, bajó las escaleras hasta llegar al salón principal. El inclemente frío obligó a cubrir las paredes con gruesas alfombras, mientras el fuego ardía en la chimenea. Permaneciendo de pie, el monarca sacó la misiva que había guardado en su chaqueta y la leyó con atención.

«Amado mío, dejar de pensar en ti, es imposible. No olvido la primera vez que te vi en el cruce de caminos, allá en el caluroso Janko.Tus ojos grises siempre aparecen en mis sueños y en mis pensamientos. Eres el dulce tormento de mi espíritu. A pesar que no podamos estar juntos, tuyo es por siempre mi corazón. Layla».

Una enérgica voz lo trajo de vuelta.

— ¿Otra carta de la hechicera darkiense? — preguntó con sutileza  Wyatt, el consejero real. Henry sonrió. A paso lento, caminó hasta ocupar su trono: un pedazo de madera forrado de terciopelo escarlata.

— El amor es un poder sobrenatural que hace posible toda empresa imposible.

Su interlocutor tuvo un mal presentimiento. Lo conocía bien. El soberano tramaba algo que cambiaría la rutinaria vida en el reino.

— Iré a Dark, Wyatt. Le pediré al rey Axel I, la mano de su hija, la princesa Layla.

La sorpresiva y desagradable noticia hizo que frunciera el ceño, pero no tardó en responder.

— ¿Ha perdido la razón, Su Majestad? — exclamó sin perder la calma. — Axel es el dictador más sanguinario que ha existido en Oryon.

Henry calló. Se rascó una oreja y respiró hondo. Bajó la mirada y golpeando uno de los brazos del trono, dijo:

— Está decidido. Me presentaré como un enviado de Golden.

— Perdóneme, mi Señor, podría enviar a un mensajero y no ser carne de cañón — sugirió con habilidad.

El rey goldiense levantó una ceja como gesto desaprobatorio. — Si Axel se niega, tomaremos el castillo — afirmó, mientras contemplaba el paisaje celestial a través de la ventana acristalada. — Y que el dios Zun nos ayude.

Cuando el cielo recuperó sus tonos cálidos, un regimiento de caballería luciendo yelmos y armaduras de plata al mando del rey Henry, partió hacia Dark. Cruzaron extensos bosques donde las montañas de siete colores rasgaban la atmósfera y un desierto infernal donde una sola criatura goldiense era exquisito manjar para los animales salvajes.

Finalmente, divisaron la fortificación que reposaba sobre una montaña rojiza.

— ¡Alto! ¡Deténganse o atacaremos! — gritaron al unísono los guardias darkienses ante la presencia de los intrusos. Uno de estos respondió:

— Soy un enviado del rey Henry de Golden. Traigo un mensaje para su majestad, el rey Axel I.

Cuando esto llego a los oídos del dictador, escupió el vino que bebía y maldijo. Piero, su mano derecha, sugirió:

— Mi Señor, ¿usamos las catapultas? ¿Flechas envenenadas? ¿Arrojamos cal viva?

Al escuchar que su amado estaba en peligro, la princesa Layla corrió a arrodillarse ante su padre.

— Le suplico. Suspenda el ataque.

Esa dulce voz y aquellos ojos oscuros llenos de angustia ablandaron su corazón de piedra, pero todas sus sospechas se convirtieron en certezas.

El gigante de piel aceitunada y barba larga decidió que recibiría a los inusuales visitantes, pero ordenó a los soldados que no bajaran la guardia.

En las afueras del castillo, el viento desató su furia. El vestido púrpura de Layla se agitaba como un débil pañuelo y su corazón enamorado latió con más rapidez.

— Su Majestad, el rey Henry pide que le conceda la mano de su hija en matrimonio — gritó el emisario del rostro cubierto. Muy extrañados, los súbditos de Axel se miraron unos a otros. El autócrata rompió el hielo.

— Aceptaré gustoso la solicitud, bajo una pequeña condición. Quiero el cetro mágico de Kylian.

El asombro y el horror aparecieron en las caras goldienses. Aquel báculo le daría el poder absoluto en Oryon. Quitándose el yelmo, el mensajero desnudó su identidad. Layla reconoció aquel rostro.

— Eso es imposible. Sobre mi cadáver — respondió con voz firme.

El tirano lo miró con desprecio y dispuso que lo tomaran prisionero junto con sus soldados. Los amantes furtivos se miraron una vez más.

— ¡Nooo, nooo! — gritó Layla, desesperada, intuyendo el nefasto destino, pero su padre la arrastró hacia el interior del castillo. Sin embargo, dos guardias goldienses escaparon con vida y llegaron a casa. Al amanecer, los generales encabezarían los ejércitos que marcharían a Dark para tomar el castillo.

Mientras tanto, Axel descansaba en sus aposentos. Le dolía el pecho. Los brebajes medicinales ya no surtían efecto. Sentía que una filosa espada le traspasaba el corazón y que la soledad era su fiel compañera. El cansancio lo derrotó.

En oscura y estrecha mazmorra, Henry pensaba en cómo escapar del impenetrable castillo con Layla. De pronto, la puerta de barrotes se abrió para dejar paso a una sombra que cobró vida. Era Axel.

— Vengo a darle una segunda oportunidad, rey Henry — dijo con voz ronca y pasando los dedos por las cicatrices de su rostro. — Si me entrega el cetro, vivirá para contarlo, sino…

— Esta es mi respuesta. Nunca lo tendrá.

Una sonrisa torcida apareció en la faz de Axel. — Bien, cuando la luz venza la oscuridad, su cabeza quedará separada de su cuerpo.

Las tinieblas cubrieron Dark que dormía, pero el sueño fue interrumpido de forma abrupta. De una criatura alada provenían gritos agudos. Dibujando círculos, la enorme figura sobrevoló el castillo.

— ¡Sigfrido, estás aquí! — exclamó Henry poniéndose de pie y aferrándose a los barrotes. Un pandemónium se desató afuera. Desesperados, los soldados darkienses le arrojaban lanzas, flechas y rocas al osado dragón que repelía el ataque con océanos de fuego y zarpazos mortales.

Henry escuchó un grito de dolor. La puerta de su celda volvió a abrirse. Abandonó la prisión. Solo alcanzó a ver una figura de capa oscura que desaparecía al comenzar los peldaños que llevaban a la superficie. En el suelo yacía el carcelero y una espada. Le quitó las llaves y liberó a sus soldados. Sintió una presencia detrás de sí y estaba listo para atacar. Era Layla. Ambos se unieron en un breve, pero largo beso.

— Los llevaré a las afueras del castillo. Conozco un túnel secreto — aseguró ella. Sin embargo, alguien apareció para impedir la fuga. La princesa corrió en dirección contraria con los soldados, pero Henry lo enfrentó. Era Axel.

— Has sido capaz de poner a mi propia hija en contra mía. ¡Te mataré! — gritó enfurecido.

Los soberanos se batieron a duelo. Dentro de aquellas paredes solo se escuchaba el ruido de los metales cuando chocan entre sí. Por cogerse el brazo izquierdo, el dictador dejó caer su pesada espada. El sonido sacudió el lugar. Henry advirtió que su rostro reflejaba dolor y sintió compasión. El gigante cayó de rodillas. El aire dejó de llenar sus pulmones. Él se desplomó. El rey Axel I de Dark habia muerto.

Año 30.419. Las infinitas y apocalípticas guerras han terminado en el planeta de color azul violeta. Los ancianos y líderes espirituales asisten al soberano que ha conseguido la paz tan buscada entre todos los reinos. ¿Cuál es su nombre? Axel II, primogénito del rey Henry de Golden y la princesa Layla de Dark. ¡Larga vida al rey en el inmenso Cosmos!

El relato que acabas de leer está enmarcado en el reto de escritura del #OrigiReto2019. Tiene 1.283 palabras y cumple lo siguiente:

-Objetivo número 7: escribe un relato que no suceda en la Tierra.

-Objetos ocultos: una espada (número 1) y una criatura mitológica (número 4)

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Prisionera

Cuando ella bailaba, exorcizaba a los demonios internos. Un, dos, tres: seguía el compás que marcaba el bastón. Cuando ella danzaba, todo desaparecía; su poderosa mente creaba un mundo perfecto, una zona blanca, el séptimo cielo.

La música instrumental guiaba sus movimientos delicados, bien estudiados con los brazos, la cabeza y con todo el cuerpo en una emotiva armonía. Simplemente, ella tenia el don de bailar con el alma.

Antes de empezar, los ejercicios eran esenciales y reinaba la concentración. Entonces, Vania era testigo de cómo cada uno de sus miembros se estiraban en aquel sótano olvidado por el tiempo. Porque el hecho de danzar en solitario era todo un privilegio y por lo tanto, la prisionera no podía pensar en nada ni en nadie. Y con los pies descalzos o teniendo las zapatillas puestas, ella era la dueña y señora de un ilimitado universo de bellas coreografías. Quizás el escenario era un bosque encantado, un infernal campo de batalla o un desierto apocalíptico.

Cuando ingresaba una tenue luz por la estrecha ventana, ella decía en voz baja: -Ya es hora. Daba unos pasos hacia un pequeño armario para dejar en su interior un viejo abrigo de lana, pantalones, blusa y una gorra y coger aquel maillot color lila, falda negra, mallas y una camiseta. El tosco calzado era cambiado por frágiles zapatillas de punta. Terminaba el ritual recogiendo el largo cabello en un coqueto moño.

Había olvidado en qué momento fue encerrada en esa habitación de fantasmal casa por un grupo de secuestradores que no toleraban sus delirios de fantasía.

Una helada noche invernal, Vania dejó de girar sobre sí, de trazar caprichosas figuras y dar pequeños saltos al vacío. Se quedó quieta en el vetusto sillón donde esperaba el momento de bailar y disfrutar del único placer que le permitía su desdichada existencia, agitando los brazos hasta morir como el cisne blanco.