Alienígena

La puerta había quedado entreabierta. Mientras Elena veía televisión acostada en su cama, Boris entró al dormitorio de paredes grises. De un salto, el felino de pelaje blanco con manchas color beige aterrizó en la cama para dejar otro regalo: un roedor que permanecía inmóvil. Espantada, la mujer se levantó como un resorte.

—¡Boris, te he dicho que no traigas más animales muertos! —gritó.

El minino mostró sus argumentos con una ráfaga de maullidos. Cuando acabó la ruidosa defensa, él bajó de la cama y abandonó la habitación con total indiferencia.

Elena cambió el edredón por otro limpio, mientras maldecía al díscolo gato que al parecer solo obedecía su instinto cazador.

Varias semanas transcurrieron y la entrega de regalos a domicilio había cesado. Elena respiraba aliviada.

Una tarde de otoño, ella trabajaba en la computadora cuando sintió algo esponjoso en su tobillo. Por unos segundos, apartó la vista de la pantalla y confirmó la presencia de Boris. Le sonrió. La mujer se levantó para encender la impresora y notó que había pisado algo. Bajó la vista. Tuvo que ponerse los lentes, pues creía ver un trozo de madera. Ella se equivocó. Ante sus ojos apareció un dedo índice bañado en sangre. Elena gritó horrorizada.

En la siguiente ocasión, el felino dejó a los pies de su dueña, un ojo humano con los nervios colgantes como hilos y luego, una oreja en descomposición. La mujer decidió que el gato no volvería a entrar en la casa, aunque este se dio las mañas para estar adentro. Pero Boris no era peligroso, pensó. Más bien ella se preguntaba de qué macabro lugar el felino recogía esos órganos y quiénes eran los monstruos y autores de semejantes barbaries.

Una noche de sábado, ella leía un libro en el sofá. Boris estaba acostado cerca de la puerta. Elena no le quitaba la vista de encima. Tras darse un baño gatuno en la alfombra, el felino atravesó la sala, tomó impulso con las piernas traseras y salió por la ventana que estaba abierta. Ella lo siguió. Caminó cerca de un kilómetro de distancia. Sudorosa y cansada, ella advirtió que el gato se detuvo en un paraje solitario para escabullirse detrás de unos matorrales.

Las estrellas habían escapado del cielo y el silencio solo era interrumpido por el canto de los grillos. De pronto, una luz muy intensa la obligó a cubrirse el rostro. El terror se apoderó de su espíritu, pero de manera inexplicable la emoción negativa desapareció. Ella sentía una paz infinita.

Aquel brillante objeto en forma de platillo la atrajo como el imán lo hace con las agujas. Elena flotaba y ascendía como una muñeca de porcelana a la silenciosa nave. Quizás algún día recuerde el tiempo perdido.

#sábadofelino

Contexto: Son los amos del misterio. Una noche de sábado decides seguir a tu mascota y te sorprende y aterra lo que hace y lo que encuentras.

Consigna: Narra desde el momento en que tu curiosidad se despierta hasta que acaba.

El microrrelato tiene 454 palabras y está escrito en tercera persona.

Muchas gracias a Gabriel Martín Cuvillas Perez por crear #sábadofelino

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