Pueblo chico



Una luminosa mañana de sábado abordé el primer autobús a San Pablo, un pueblo que estaba a tres horas de la ciudad donde vivía. No era un viaje de paseo. La empresa donde trabajaba me nombró administradora de la sucursal en esa localidad. Sí, fue una oferta que no pude rechazar. Además, me mudaría al campo donde el aire no estaba contaminado por la mano del hombre.

En esa localidad vivía Julia, una amiga de la infancia que ya estaba casada. Le llamé por teléfono para contarle la buena nueva y quedó en comunicarse.

Cargada de ilusiones llegué a mi destino. Bajé del vehículo con una liviana maleta y me dirigí al único hotel para alquilar una habitación. Al no haber ninguna disponible, el dueño me sugirió que podría encontrar hospedaje en una casa que estaba al final de la calle y así lo hice.

Allí estaba yo tocando la puerta, pues el timbre no funcionaba. Pasarían unos segundos cuando se asomó un rostro surcado de arrugas y ojos cristalinos como dos diamantes.

—Buenos días. Quisiera rentar un cuarto, por favor —dije.

La anciana me hizo pasar. Dijo llamarse Lucía. Ingresé a una vivienda antigua con techos y pisos de madera que crujían a cada paso. Subimos las escaleras y ella me mostró la habitación. Había un sillón floreado cerca a la ventana de cortinas amarillas y una cama. También tenía baño propio. Ella y yo acordamos el precio del alquiler. Advertí que era una mujer de pocas palabras y le rodeaba un aura misteriosa. Cuando Lucía salió, desempaqué la ropa y luego, tomé un baño.

Horas más tarde, timbró mi celular. Reconocí la voz de Julia que me invitaba a su vivienda. Me pidió que llegara al promediar las siete de la noche. Le dije que allí estaría y colgué.

Yo estaba maquillándome ante un pequeño espejo cuando las luces de la habitación se encendieron y apagaron. Quedé un poco aturdida con el fuerte olor a sahumerio que invadió el cuarto. Bajé para pedirle velas a la señora Lucía, pero no la encontré. Lo que más me llamó la atención fue la infinidad de cruces en la puerta principal. No recordaba haberlas visto al llegar. Sacudí la cabeza y subí otra vez. Pensé en tocar las otras habitaciones, pero me arrepentí. Uno nunca sabe.

Regresé al cuarto y al cruzar el umbral, sentí escalofríos. Me pareció extraño, pues era un verano muy caluroso. Cogí la manta de la cama para abrigarme y escuché el desgarrador llanto de una mujer. Parecía venir de la habitación contigua. Sentí una ligera punzada en el pecho. En eso, las luces parpadearon otra vez. Quise abrir la puerta, pero la manija no giraba hacia ningún lado. ¡Cómo podía ser posible! No pude soportarlo y empecé a respirar en forma agitada. Mis manos temblaban. Sentí que era observada, que alguien más estaba allí. Las luces no dejaban de parpadear.

Recordé que siendo niña, mis primos me asustaban cubiertos de sábanas blancas en el sótano de la casa. Desde entonces tuve fobia a los fantasmas. Nunca lo superé y ahora esto. No, no. ¡No puede estar pasando! Cerré los ojos y apreté los puños. Muy despacio a la velocidad de un caracol terrestre, giré sobre sí y la vi. Una mancha oscura luchaba por salir de la pared. Su olor era nauseabundo. Aumentaba de tamaño y adquirió la forma de una criatura sin cabeza. Desesperada, golpeé la puerta. Quise huir de la sentencia de muerte. Grité hasta quedarme sin voz y rompí en llanto suplicando ayuda. Las luces se apagaron.


#sábadodefobia
Consigna: Narra un sábado donde una fobia alteró las decisiones y vida de tu personaje.

El microrrelato tiene 594 palabras y está escrito en primera persona.

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