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—¡Bájate, Luz Marina! ¡Vas a caerte! ¡Niña traviesa! —gritaba mamita al verme en lo alto del pequeño arbusto, mientras comía guayabas que había arrancado con muchas energías. Sin embargo, poco tiempo después yo caería en cama, víctima de la fiebre terciana.

Pasé los primeros años de mi infancia junto a mis abuelos maternos, a quienes nunca llamé por esos nombres. A ella solía decirle ‘mamita’ y a él, ‘papá’. Como todos los hombres en el campo, papá Florencio era parcelero y además, guardián de la huerta.

Crecí entre las paredes de una casita de adobe y barro en la Hacienda La Quebrada que estaba a dos horas de Lima. Los primeros rayos de luz que se filtraban por la ventana y la orquesta sinfónica de gallos con plumas naranjas me hacían abandonar la cama desde muy temprano y luego, desayunaba un pocillo enorme con leche fresca de vaca y panes con gruesas rebanadas de queso. No hay palabras que puedan describir cuánta felicidad había en mi interior en aquella etapa de mi vida. Hasta que el dolor y la tristeza llegaron sin avisar.

Tras sufrir un accidente de auto, mi tío Hernando murió. Sus deseos de estudiar en la capital quedaron truncados. No recuerdo bien si pasaron dos, tres o cuatro semanas cuando ocurrió algo inexplicable.

Mi hermanito Jorge y yo regresabamos a casa, luego de llevar una canasta de frutas frescas a mi madrina María que vivía en un pueblo cercano.

Tocamos la puerta de madera varias veces, pero nadie abría.

—¡Mamita, mamita! —grité y cansada de no obtener respuesta, tomé de la mano a mi hermanito para ir al otro lado de la casa donde había un muro de poca altura.

Como Jorge pesaba menos, le ayudé a subir para que viera si había alguien en el patio y pudiese abrir la puerta principal. Apenas estuvo arriba, su rostro cambió de color.

—¡Bájame, bájame! —suplicó y cuando llegó al suelo, él estalló en lágrimas, cubriéndose los ojos con sus manitas temblorosas. Le pregunté qué había visto, pero él seguía llorando. La curiosidad palpitaba en mis sienes. Entonces, trepe la pared como pude.

En el patio, mi tio Hernando que vestía una mortaja, caminaba de un lado a otro con un cuaderno abierto entre sus manos como acostumbraba hacer antes de rendir un examen escolar. Luego, se sentó en una silla de madera. Parecía cansado.

Confieso que en ningún momento tuve miedo. Al contrario, mi corazón rebosaba de alegría al volver a verlo. Pensé que había regresado al hogar, con los suyos, que había salido victorioso en la obligada batalla contra la muerte, pero cometí un error. Bastó que parpadeara un instante, un solo segundo para que él desaparezca y mi alma se cubriera de luto. Mientras, mi hermanito sentado en el pasto no dejaba de llorar…

#52 Retos Literup (12 Relatos)

Reto #9: Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia.

2 comentarios sobre “Medium

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