Desencarnados

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Bajo un cielo que llora a mares, las sirenas son incapaces de perturbar a la ciudad que nunca duerme. Aquella ambulancia que atraviesa velozmente las arterias del corazón de la Gran Manzana, traslada a una joven mujer que grita de dolor.
—Tranquila, Lizzy. Todo saldrá bien —dice Molly, la amiga que está a su lado, mientras le acomoda los rubios mechones que caen por su frente.
La sangre no deja de manar de sus partes íntimas y ha manchado la blancura de la camilla. Armado de una admirable dosis de calma, el paramédico coge una jeringuilla. La ampolla aliviará la crueldad del sufrimiento.
Cuando el vehículo llega a su destino, Elizabeth es conducida al área de emergencia. Molly corre detrás para asegurarse que ella reciba la atención médica adecuada.
—Ha perdido mucha sangre y tiene fuertes cólicos… Lleva tres meses de embarazo —advierte con la voz temblorosa.
—Nos ocuparemos. Espere afuera. Señorita, pídale los datos de la paciente.

La sala de espera hervía de gente. Los dedos temblaban tanto que Molly no pudo encender un ordinario cigarrillo y maldijo. Se preguntaba por qué tardaban tanto en llamarla, habían pasado casi cinco horas. Demonios, ¿qué estaba pasando detrás de esa puerta de vidrio?

De pronto, salió un médico, de aquellos con mil huellas en el rostro y de cabellos grises, y dijo su nombre. Ella corrió con el corazón en la mano.
—Hemos logrado estabilizarla. Sin embargo, lamento decirle que perdió al bebé —afirmó, mientras leía el informe médico.
—Por favor, quiero verla.
—Solo cinco minutos. Está sedada.

Elizabeth dormía en una cama. Parecía un ángel. De su brazo nacía aquella interminable vía unida por una cánula alargada a un frasco suero. Los latidos de su corazón era controlados por una máquina de sonido insoportable.
—Te pondrás bien, Lizzy. Ya lo verás —susurró, mientras tomaba con suavidad su mano y entonces, ya no pudo retener las lágrimas.

***

—Pide un deseo y sopla las velas —le dice al oído.
En una amplia mesa del comedor, Elizabeth estaba sentada frente a un enorme pastel de cumpleaños. Era su favorito: chocolate con fresas y abundante crema chantilly. Ella aprieta suavemente sus labios carnosos y luego, apaga las velas de un soplido. Estalla en pequeñas risas y aplaude divertida.
—Felicidades a la flamante heredera de una tía lejana —dijo Sam con una sonrisa forzada.

Entonces, ella hunde uno de sus dedos en la crema batida y lo lleva a su boca roja haciendo un movimiento sensual.
—¿Quieres hacerme una propuesta indecente? —pregunta él en voz baja y con un peculiar brillo en la mirada.
Ella sonríe. Él se levanta y la besa de a pocos. Ella responde con ternura y después, como un volcán en erupción. Sam la carga en sus brazos. La cama del dormitorio siempre está dispuesta. De día o de noche es lo que menos importa.

En la galería de arte, tibios rayos de luz se filtran por las ventanas. Elizabeth habla por teléfono y juega con un lapicero entre los dedos.
Tratando de pasar desapercibido, uno de sus compañeros le alcanza un ramo de rosas rojas que deja sobre el escritorio.
Deben ser de Sam. Ayer pasamos una noche inolvidable, piensa ella. Cuando lee la tarjeta, ésta dice: “Elizabeth, aléjate de él”.
¿De él? ¿quién es él? ¿quién ha enviado estas flores? ¿es una broma? No había terminado de procesar el mensaje rodeado de misterio, cuando Molly llegó hecha un torbellino.

—¿Sabes la noticia?
—No. ¿Qué pasó?
—Anoche en Bedford_Stuyvesant… una bala perdida le atravesó el corazón.
Elizabeth enmudeció, sus ojos azules parpadearon, temía preguntar.
—¿De quién hablas?
—De John Gray. Murió camino al hospital.

Quedó impactada al escuchar ese nombre. Habían pasado tres años desde la última vez que lo vio. Si bien no sabía nada de él, John siempre fue un enigma. Ahora, ya no estaba aquí. Nunca le deseó ningún mal, a pesar de la crueldad y las humillaciones aceptadas por voluntad propia. Fueron nueve semanas y media en las que su lado oscuro salió a flote y deseaba borrar de su pasado.
—Necesito respirar aire fresco —dijo, cogió un suéter blanco y salió a la calle.

El bullicio de la ciudad lo acaparaba todo hasta adueñarse de sus más íntimos secretos. Ella quiso zambullirse en el mar humano y caminó sin rumbo fijo.

En casa, no pudo conciliar el sueño aquella noche. Intranquila, se movía de un lado a otro acostada en la cama. El tic tac del reloj le producía un agradable trance hipnótico hasta que el teléfono rompió la magia. Como una gata mimosa, ella se levantó y caminó en medias blancas de algodón.
—¿Aló? —preguntó con esa voz tan dulce de niña inocente seguida de un largo hilo de silencio.
—¿Aló? —insistió y al no obtener respuesta, colgó. Giró sobre sí y el aparato volvió a sonar.
—¿Quién habla? —interrogó al tomar otra vez el auricular, mientras escuchaba de fondo los sonidos de autos en movimiento y diálogos indescifrables de la gente. Mortificada, soltó una palabrota y a punto de colgar, le pareció oír el murmullo de tres palabras.
—¿Qué estás sintiendo?

Elizabeth soltó el auricular como si ardiera y este quedó oscilando en la mesa como un péndulo diabólico. El terror se reflejó en sus pupilas. Muy asustada, corrió y estuvo a punto de caer en el piso encerado, pero cruzó el umbral de su habitación.

***

Sentados en el cómodo sofá, él la rodeaba con sus brazos y ella hundía la cabeza en su pecho. Se sentía protegida, segura, a salvo como la típica niña que teme al monstruo encerrado en el armario. Elizabeth le mencionó la siniestra llamada y los detalles de la tóxica relación que tuvo con John.
—Querida, creo que tus nervios te traicionan… Debes superar el pasado. Ahora somos tú y yo —dijo, mientras le acariciaba la mejilla. Elizabeth cerró los ojos. Suspiró aliviada.
—Ah, gracias por las rosas que me enviaste ayer. ¡Eran preciosas!
Sam la miró con extrañeza. Le respondió que él no había enviado flores ni nada parecido.
—Quizás fue un admirador secreto —replicó mostrando la blancura de sus dientes.
Ella solo atinó a mirarle muy desconcertada. Luego, él sacó varios documentos de un portafolios. Elizabeth le había pedido que administrara una fortuna que ascendía a millones de dólares. Sam le dijo que debía firmar los escritos y ella, que confiaba ciegamente en él, estampaba su rúbrica sin previa lectura.

Tras un complicado día de trabajo, Molly y ella tomaron un café en el restaurante de la esquina.
Entonces, Elizabeth le contó los hechos extraños que habían ocurrido como el ramo de rosas (y los que continuaban llegando a la galería con frases que advertían un cercano peligro) y aquella voz susurrante que escuchó por teléfono.
—Lizzy, estás muy tensa. Necesitas distraerte. ¿Por qué no viajas con Sam?
—No lo sé. Puede parecer absurdo, pero me siento acechada.
—¿Acechada? ¿Por un fantasma o algo así? No me digas que… ¿acaso no será John?
—Eso no es gracioso. Regresemos a la oficina.

***

Un fin de semana, Sam y Elizabeth decidieron disfrutarlo en una villa llamada Aurora en el condado de Cayuga, a cuatro horas de Nueva York. Alquilaron una rústica cabaña rodeada de sauces frondosos, patos silvestres de brillantes plumajes y un lago de aguas tranquilas y azules donde abundaban los bagres.
Ella se sentía renovada. Dieron cortos paseos, tomados de la mano y robándose besos como dos adolescentes enamorados.
Cuando cayó el atardecer, Sam le pidió a ella que regresara a la cabaña, pues tenía que comprar algunos víveres. Se despidieron con un tierno beso.

En la casa, Elizabeth quiso encender la televisión, pero los ruidos del exterior llamaron más su atención y entonces, se asomó a la ventana.
A escasos metros, divisó una ambulancia y dos vehículos policiales, rodeados de hombres con uniformes y otros con mascarillas y guardapolvos blancos. Muchos curiosos se acercaban y algunos eran interrogados por los miembros del orden.
Decidió salir para ver qué había pasado cerca a las orillas del lago Cayuga. Preguntó a varias personas, pero ninguna le respondía. Entonces, vio que colocaban un cuerpo cubierto sobre la camilla.
Cuando uno de los hombres descubrió el rostro de la víctima le preguntó a otro de barba y contextura gruesa si podía reconocerla.
—Sí, su nombre es Elizabeth McGraw. Alquiló esa cabaña con un tipo alto y delgado llamado Sam Roberts.
Ella tambaleó. Se vio a sí misma en aquella camilla y se cubrió la boca con ambas manos. Ella era el cadáver que trasladaban esos extraños.
—¡Elizabeth! ¡Elizabeth! —escuchó una voz masculina que la llamaba con insistencia. —¡Perdóname, no pude detenerlo!
Cuando ella volteó, sintió que un fuerte escalofrío la recorrió de pies a cabeza. No podía creerlo. Era imposible, pero ahí estaba él frente a ella, a poca distancia con esa mirada que la estremecía y le quitaba el control de su propia voluntad.
Sintió que la puesta del sol, el inmenso muelle de madera, los frondosos sauces y las eternas voces empezaban a girar alrededor de ella cada vez a mayor velocidad.
No pudo soportar la furia del vendaval y ella se desvaneció en unos largos brazos que aguardaban estrecharle y quizás pertenecían a un hombre que la había amado a su manera.

Este relato participa en el #OrigiReto2019, tiene 1.536 palabras y cumple con el Objetivo #17: Haz un fanfic. Está basado en la mítica película ” Nueve semanas y media” (1986) y es la adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre escrita por Elizabeth McNeill. He cambiado el género de la historia por el suspenso.

Objetos ocultos: #3 (una jeringuilla) y #6 (un informe médico).

Pueden consultar las bases del reto en los blogs de @Stiby2 y @Musajue

http: //nosoyadictaaloslibros.blogspot.com

http://plumakatty.blogspot.com

Y aquí está la pegatina de mayo:

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