Alas de libertad

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El atardecer se teñía de sangre. Hecha un manojo de nervios, caminaba entre los muros inexpugnables de la prisión en la Torre Blanca. El olor a muerte carcomía mis pulmones. Atraída por una extraña fuerza, me asomé a la ventana de vidrio pintado. El pánico se dibujó en mi rostro, pues contemplé a un grupo de hormigas laboriosas que armaban el rústico tablado de madera. Quedé atrapada por una avalancha de tétricas imágenes. Por una estrecha escalera, subía al cadalso y luego, andaba en el improvisado piso cubierto con abundante paja. Debajo del tocado, un gorro de lazos mantenía en su lugar a mi larga cabellera oscura y entregué sin protestar, el collar de perlas blancas que adornaba mi cuello de cisne.

El verdugo francés, que llevaba el rostro cubierto con una capucha negra, hizo una invitación con la mano. Debía arrodillarme. Empecé a sollozar y todo mi cuerpo temblaba. Incliné la cabeza. A toda velocidad, la delgada hoja de la espada cayó y el sonido del metal apagó mi último aliento.

Entonces, fui prisionera de la angustia y esta se transformó en una filosa daga que atravesó mi débil corazón. Las piernas ya no podían sostenerme y a toda prisa, busqué la silla que acogiera el peso de un cuerpo atormentado. Supliqué una gota de paz interior. Una y otra vez, pasé las manos por los mechones del cabello que caía sobre los hombros.

Víctima de un maldito complot, recaían sobre mí los cargos de brujería, adulterio y traición a su Majestad, el rey Alexander VII. El sorpresivo tintineo de las llaves y el rechinar de las bisagras me alejaron de los pensamientos sombríos. Levanté la vista. El corpulento monarca se había molestado en visitar el gélido y semioscuro aposento. Como de costumbre, un sombrero de fieltro con pluma blanca cubría parte de su cabellera rojiza. Vestía jubón y casaca de piel, pero su faz carecía de emociones humanas como una máscara mortuoria. Podía escuchar su respiración en el silencio resignado de la celda.

Avanzó hacia mí, dando pasos cortos, medidos, bien calculados. Se detuvo cerca de la ventana y vio a través de ella, el cadalso del patio central. Cuando nuestras miradas se encontraron, la suya estaba vacía, pero llena de soberbia y desprecio.

—Sara, eres una mujer valiente, hermosa, pero muy obstinada —dijo—. Dame el divorcio y este mal sueño quedará en el pasado.

—¡Jamás! —grité, sacando fuerzas de la nada—. ¡Nunca permitiré que te unas con la golfa de Andra!

—¡Quiero un hijo varón! ¡Tu hija Isabella no me sirve! —respondió con voz de trueno.

Una sonora bofetada sacudió aquel rostro de hielo y sus pupilas de aguamarina arrojaron dardos de cólera. Rodeado de una barba rala, apretó los labios delgados que alguna vez besé con el amor más cristalino bajo la sombra del árbol sagrado.

—Mañana, cuando los primeros rayos de luz se filtren por la ventana, los guardias vendrán por ti. Cuatro damas de honor y un sacerdote te asistirán —dijo e hizo una breve pausa—. Adiós, Sara.

Dándome la espalda, el soberano caminó hacia la reja y al traspasarla, la cerró con una tormenta de furia. Sabía que era demasiado tarde, pero corrí detrás de él y advertí que su gigantesca sombra se desvanecía por el infinito pasillo iluminado por diminutas antorchas.

—¡Jamás te amé! ¡Te engañé con todos los cortesanos! ¡Eres un monstruo! —vociferé. Aferrándome a los delgados barrotes, caí lentamente de rodillas. Resbalaban por mis mejillas, lágrimas de rabia y desesperación.

El tiempo se convirtió en mi peor suplicio. Empezaba a congelarme en aquella cárcel, pues solo llevaba puesto un vestido de seda gris de mangas campana. A través del único contacto con el mundo exterior, vi que el cielo era negro y no había rastro de estrellas. La luna brillaba por su ausencia y en la celda imperaba el murmullo de la soledad. Sentada al borde de la cama, los párpados comenzaban a cerrarse. De pronto, escuché una voz que era familiar.

—¡Sara! ¡Sara! —repetía. Abrí los ojos. No podía creer que él estuviese ahí. El alma me regresó al cuerpo y corrí a su encuentro.

—Sir William, ¿cómo es posible?

Con dulzura, sus brazos me estrecharon y el calor que guardaba en su pecho hizo que olvidara la hora cercana de mi muerte.

—El rey ha viajado, pero pronto volverá —dijo, muy preocupado—. Sara, no tengo mucho tiempo.

De su chaqueta, sacó una pequeña botella con líquido transparente. Suavemente, cogió mi mano derecha y la dejó reposar en mi palma extendida.

—¿Qué es esto? —pregunté asombrada.

—Escucha, Sara. Es una poción mágica, muy poderosa. Deberás tomarla a medianoche y mañana habrás escapado de un trágico destino.

Como es natural, no comprendía el significado de sus palabras. Era demasiada información para una mente que vagaba en la incertidumbre.

—Solo que al hacerlo, ya no serás la misma de antes —dijo con una sombra de tristeza en su voz—. Confía en mí, Sara. Yo cuidaré de tu adorada Isabella.

Antes de abandonar el presidio, volvió a cobijarme entre sus fuertes brazos. Era la despedida de un amor platónico.

El mejunje descansaba sobre una mesa antigua y pequeña. Las horas pasaron. Tardaba en adoptar una decisión correcta o equivocada. Si bebía el contenido de esa pócima, “ya no sería la misma de antes”. ¿Qué intentó decirme sir William? ¿Acaso me perdería en una demencial nebulosa? ¿Me convertiría en una estatua de piedra?

El viento trajo a mis oídos los sonoros tañidos de las campanas. Había llegado la medianoche y debía darme prisa. Alargué la mano. Los dedos temblorosos rodearon el frasco. Con mucho cuidado, lo destapé y lo llevé a mis labios dudosos, mientras escuchaba el ritmo acelerado de mi corazón. De un solo sorbo, bebí todo el líquido. Suspiré. A mi alrededor, todo empezó a dar vueltas. Entonces, perdí el sentido.

No sé en qué momento, desperté. Tenía la garganta seca y tragué saliva. Me sentía rara, extraña, increíble. Quise hablar y suaves chillidos huyeron de mi boca. Con estupor, vi que mis brazos, piernas y el resto del cuerpo estaban cubiertos de plumas de color castaño oscuro, pero aún respiraba.

En pleno descubrimiento de mi nuevo ser, escuché pisadas. Serían los guardias que venían por mí. El final estaba cerca. Movida por un instinto de sobrevivencia, tomé impulso con las poderosas garras en aquel reducido espacio y me elevé batiendo con fuerza aquellas alas de fantásticas dimensiones. Las enormes y filosas garras rompieron el vidrio pintado de la ventana. Los pedazos llovieron en todas direcciones causando un ruido ensordecedor. Yo volaba con alas de libertad. El injusto encierro había quedado en el olvido y la fuga estaba consumada. A la reina de los cielos, nunca le alcanzaría la oscuridad.

El relato anterior tiene 1.124 palabras y está enmarcado en el #OrigiReto2019. Cumple los siguientes objetivos: 

Objetivo #5: Escribe sobre una fuga.

Objeto oculto #32: un árbol sagrado.

Objeto oculto #36: una estatua de piedra. 

Gracias a 

@Stiby2 https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com 

@MUSAJUE  https://plumakatty.blogspot.com

 

4 comentarios sobre “Alas de libertad

  1. Vaya, guau… He sacado varías conclusiones tras leer tu relato. La primera y principal es que tengo que leerte mucho más, escribes genial. Tu historia es redonda, tiene épica, romance, desesperación, magia, libertad… pero sobre todo, destaca porque las palabras encajan como un reloj. Es un gusto leerte. Felicidades.

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    1. Hola, Raúl! Tus palabras me animan a seguir escribiendo y a mejorar en el largo camino. Como lo habrás notado, he tomado como referencia el trágico final de la reina inglesa Ana Bolena. Que la historia le juzgue. En lo personal, considero injusta y cruel su ejecución. Cuestiones políticas de la época. Gracias por leerme.

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  2. Esto me suena y ya sabes por qué xD Genial relato ^^ es bastante descorazonador y triste, pero el final aviva el ánimo y en general está bien narrado, bien hecho :3

    .KATTY.

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